13 de diciembre de 2020

Testimonio

Un recorrido por la lucha social de Ana Rojas

Ana Rojas es Defensora de Derechos Humanos que ha dedicado gran parte de su vida a apoyar luchas y procesos sociales. Después de haber sido desplazada de Florida, Valle, se radica en Miranda, Cauca, y retoma sus luchas populares. Este testimonio es un pequeño recorrido por la vida de una mujer que sueña con una Colombia diferente.

Por: Angélica Guzmán

 

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Casi nazco en la mina de sal. A mi mamá le dio un antojo de ir a Zipaquirá y, estando allá, tuvieron que correr conmigo y nací en Bogotá, en la clínica Marly. Duré dos días en Bogotá. De ahí me trajeron en incubadora a Cali y rapidito me bautizaron, yo digo que soy caleña porque mucho tiempo viví ahí y mis raíces son de Cali.

Estudié con monjas, estudié siempre defendiendo los derechos de las niñas, de todos los grupos. Desde muy joven empecé con ese liderazgo, además me gradué como docente. Entonces eso ayuda a manejar mejor los perfiles de las personas, a entenderlas. Poco a poco fui creciendo como persona en derechos. Siempre me gustaron los derechos humanos, defenderlos.

Soy bachiller pedagógica y hace muchos años empecé a trabajar como docente en Bogotá en unas escuelas del distrito. Hubo un tiempo en que no me pagaron. En ese momento estaba estudiando contaduría en la Universidad Central, cuando falleció mi madre, de 50 años.  Me desubiqué porque éramos las dos solas: ella muere y empecé a vivir con mi abuela y mi tía en Cali. Paré mis estudios y cuando quise regresar al año siguiente había cambiado el pensum universitario: de sexto semestre me bajaban a primero, entonces dije: “¡No, qué pereza!” y para estar sola en Bogotá, no quise. Me devolví para Cali y estando allí conocí a mi novio, a mi esposo y a mi compañero de toda la vida. 

Duramos 15 años juntos, cuando tenía 40 años nace mi hijo y cuando nace, a los 4 meses muere mi esposo. Entonces me he quedado con el niño, ya él tiene 21 años, se me creció el pitufo: hemos compartido los dos porque es muy difícil después de una relación tan bonita conseguir otra persona y tampoco estaba en ese plan. Entonces decidí más bien trabajar por la comunidad, trabajé en las juntas de acción comunal, en la vereda donde yo vivía me eligieron por votaciones municipales y veredales. Fue rico el susto y todo, pero siempre preparándome para eso. 

Después de la muerte de mi esposo me radiqué en Florida, Valle, voltié y voltié y llegué a una finca a ordeñar vacas, a coger café y la comunidad decidió elegirme como presidenta de junta y empecé a trabajar por la comunidad. Puse a estudiar a mi hijo en una escuela pública y a trabajar en el campo igual que yo. Eso también le servía a él como formación: aprendió a coger café, a ordeñar, a trabajar en el campo y seguía estudiando en la escuela. Estando en esas se presentaron problemas de contaminación de agua, de muchas cosas, empecé a averiguar y pisé callos que no debía y me sacaron. Cuando me sacan de la vereda hace 7 años, en el 2013, la amenaza fue: “O me salía de la vereda o se me llevaban a mi hijo, que tenía 13 años, para luchar por la causa”. Para mí fue durísimo y tuve que salir, dejar los animales, dejé la siembra, dejar todo lo que tenía y venirme a un municipio donde no conocía yo a nadie. 

Llegué a Miranda, Cauca, hace 7 años, desplazada de Florida, Valle. Llegué con mi hijo a una habitación, después logré conseguir un apartamentico y ya estábamos los dos allí. Para mí fue muy difícil el cambio porque ya estaba acostumbrada al campo, a los animales, a las gallinas, a la huerta y tener que llegar a encerrarme a un apartamentico muy bonito y todo pero no tenía espacio. Duré como dos años encerrada, ensimismada y luego ya las mismas personas de la comunidad donde yo estaba antes me encontraron: “Ay, doña Ana, ayúdeme, por favor”, y empecé otra vez a retomar el liderazgo y a trabajar por las víctimas del conflicto. 

Una vez, fue antes de que a nosotros nos desplazaron, eso fue como un 30 de septiembre, me dijeron que por qué era que estábamos ayudando a tanto a la gente. Les llamaba la atención de que todo el mundo hablaba de Ana Rojas y querían saber qué era lo que pasaba conmigo, si era que yo era una informante o que qué era lo que yo estaba haciendo. Y bajaron ocho personas encapuchadas, armadas, con unos fusiles largos y grandes. Llegaron armados a la casa. En ese momento estaba con mi hijo y lo primero que hice fue sacarlo por la parte de atrás y escucharlos a ver qué era lo que querían, qué era lo que se les ofrecía, si en algo yo les podía servir, porque siempre es con el lema: “Dígame con qué le puedo ayudar, con qué le puedo servir”. Lo que ellos querían saber era por qué todo el mundo hablaba de mí , porque yo no estaba en una institución, o si trabaja con una ong, pues no, yo siempre he trabajado sola, no pertenezco a ninguna entidad. 

Después entendí el por qué y era porque yo tenía el conocimiento de la contaminación en el agua y si era la presidenta de la junta lo mínimo que yo podía hacer era mandar a revisar, porque yo veía que había muchas enfermedades en los niños. Entonces llamé a Cali para que hicieran los análisis y ahí fue que empezaron los problemas. Salió una contaminación bastante fuerte desde la parte alta de la bocatoma y eso era lo que nos estaba dañando el agua, no era potable y bajo mi responsabilidad estaban 220 familias de 5 veredas, era un corregimiento. ¿Cómo iba a permitir que eso continuara? Tenía que enseñarles a las personas a hacer los filtros de agua normales para no comprarlos, aprendí cómo hacerlos, cómo poner el carbón, la arena, todo lo que se necesita para filtrar y además hervir muy bien el agua. Aparte de eso, tratar de que las personas tuvieran la conciencia y el cuidado de que esa agua no la podían tomar. A raíz de eso fue que vino la amenaza y el desplazamiento.

Ya estando en Miranda, se empezaba a hablar del Acuerdo de Paz que se estaba haciendo, que se estaba construyendo. Empezamos a trabajar en el plebiscito, a apoyar el Sí y votamos por el Sí. Aquí en el Cauca ganamos, pero a nivel nacional perdimos el plebiscito, sin embargo, la idea era empezar a trabajar con reincorporados, a apoyar el Acuerdo Humanitario. Me lo leí apenas salió, me pareció súper interesante todos los puntos en cuanto pensaban mucho en el campesinado, en las personas de la parte rural, en la mujer, en las tierras, en las necesidades que se tenían, sobre todo para la paz y terminar un conflicto de tantos años. Eso para mí fue espectacular y ser yo testigo de ese proceso, fabuloso. 

Empecé a trabajar acá en el municipio de Miranda, Cauca, con Derechos Humanos en algo que se llamó La Carpa Azul, una estrategia que estaba dentro del Acuerdo. En esa carpa nos reuníamos todas las ÍAS, Fiscalía, Contraloría, Procuraduría, Personería, Comisaría de la Familia, Inspector de Policía, la ONU, Ejército, Reincorporados, Posconflicto y Derechos Humanos. Empecé a participar de esas reuniones y empezó a incluirse la academia porque la academia quería ser testigo y ser partícipe en el sentido de documentar lo que estaba sucediendo en ese momento a través de video, entrevistas. Empezamos a trabajar desde lo no gubernamental acompañando a la academia y seguí trabajando con reincorporados.

Hice un diplomado sobre Transformación en Conflictos, Liderazgos Sociales y estaban incluidos los chicos reincorporados. Empezamos a tener esa relación más cercana de vecinos, no de que ellos son los reincorporados y yo soy la víctima, no, porque si nosotros realmente queremos tener una paz como dice el Acuerdo, estable y duradera, tenemos que hacerla realidad en nuestro territorio. Empecé a trabajar con ellos, estudiando, compartiendo, conociendo sus historias de vida, que también son muy fuertes, y me di cuenta de que también eran víctimas. Fue como entender la situación y tratar de que ellos empezaran a socializar con las personas del pueblo, con las víctimas y procurar que desde la institución se hicieran reuniones, o desde la academia, sitios o espacios que pudiéramos compartir. 

Como la solución era abrir espacios, empezamos a estudiar grupos de reincorporados con indígenas, afros, hacer diplomados, y luego se vio la necesidad de que había que salir y empezamos a pensar cómo ayudar a las mujeres reincorporadas. En ese momento ellas estaban haciendo unas muñecas y fue muy bonito porque vi desde el principio todo el proceso. Pude ver cómo una niña reincorporada llega con su bebé en brazos: ya tenía seis meses y quería hacerle una muñeca a su niña y no tenía con qué. Y la veo yo y ella empieza a desbaratar el uniforme para hacerle la muñequita a su bebita, quitándole el bolsillo, todas las piecitas a la camisa, sin dañarla, para poderle hacer el vestido a la muñequita. A raíz de eso empezó el proyecto de reincorporadas sobre: “Muñecas por la Paz”: fue un proyecto muy lindo que apoyó la ONU, varias instituciones. No era solamente estar con el proyecto de las muñecas, sino pensar como promocionarlas.

Viendo todo lo que estaba pasando, le propuse a un profesor de la Universidad del Valle que hiciéramos un mercado en donde pudiéramos llevar pequeñas microempresas de Miranda como panes integrales, productos en base a marihuana, el café y también las muñecas. Al profe le pareció muy chévere y se abrió el espacio en la Universidad del Valle, luego en la Autónoma, luego en la Javeriana. Íbamos como Mercados por la Paz, empezamos a funcionarlo cada mes y luego hicimos La Feria por la Paz. Fue muy bueno porque ver a los chicos que están en la universidad y que quieran compartir con las personas, que las acojan. A mí no me interesaba mucho que compraran los panes que llevábamos, a mí me interesaba más de que ellos socializaran con las personas que los estaban recibiendo, atendiendo y eran el punto de atención. Fueron muy buenos espacios porque empezaron ellas a empoderarse de su producto, de su cuento y ya hablaban un poquito más duro porque era muy difícil para ellas salir a la ciudad y acompañarlas en ese proceso. Fue genial.

En esta pandemia me certifiqué con el Sena como Educador de Riesgo de Minas. Ahora estoy haciendo unas prácticas y por tal motivo no tengo salario. ¿Cómo hago para vivir? Ofrezco los refrigerios para las reuniones que tenga que hacer, entonces por ejemplo vino Ruta Pacífica, ellas ayudan a los jóvenes y más en estas épocas y en cosas, así es que doy los refrigerios.

También administro un lindo salón de eventos que se llama “El Patio de doña Leo” y allí yo trabajo por horas: voy, reviso, si hay que limpiarlo, si hay que recoger mangos, hojas, hago un poquito de ese oficio. A las 7 de la noche empiezan a llegar las personas: “Doña Ana, necesito que me ayude con este joven que tuvo unos disparos y no lo han atendido en la clínica tal”, y yo les digo  qué documentos se necesitan para hacer una tutela y así. Después, entre 8: 30 y 9 de la noche termino de atender la gente y ya como que me recuesto un poquito: un buen baño, un buen libro y ya a las 12 de la noche me acuesto a dormir porque a las 6 de la mañana comienzo a trabajar.

Me motiva muchísimo poder servir a las personas. Poderles ayudar y orientar. Me gusta mucho trabajar con las mujeres. Yo pienso que ayudar a la mujer hoy en día en pleno siglo XXI es de las mejores retribuciones que tenemos, incluso ahora estoy tratando y luchando con un grupo para que haya una paridad en muchos aspectos para la mujer. 

Mi hijo hace parte y representa a la población LGBTI dentro del municipio en La Mesa de Víctimas y también a nivel departamental. Aceptar a las personas que definen ser homosexuales es también luchar por nuestros hijos y por esa población que es tan vulnerable.

Quisiera que hubiera en Colombia un dirigente que ayudara a implementar el Acuerdo Humanitario. No lo encuentro dentro de la parte central ni de la derecha, no lo veo, entonces toca buscar por otro lado. Con la implementación del Acuerdo en su totalidad estaríamos haciendo demasiado.

Yo me siento muy realizada, creía que iba a vivir hasta que cumpliera mis 60 años porque he tenido demasiados problemas de salud: he tenido doble infarto al miocardio, he tenido una disritmia celular compulsiva, he tenido 4 tipos de cáncer, en el hígado, en la sangre, en la matriz, en la piel, pero yo creo que una se enferma siempre y cuando una permita que la enfermedad le convenza a la persona de que está enfermo. A mi todavía no me ha convencido ninguna de las enfermedades que he tenido de que estoy enferma, entonces sigo para adelante.

Mi hijo ha sido una gran bendición, el motor de muchas luchas. Por él he luchado por los derechos de las demás personas porque cuando yo me doy cuenta de que es homosexual, no es sencillo, pero de todas formas tenía que aceptarlo, apoyarlo y sacarlo adelante y eso es lo que siempre yo le recomiendo a los familiares.

Me siento realizada por esas luchas, para defender la mujer, los derechos. Yo creo que en la vida he cumplido todos mis sueños, todos mis anhelos. Perdí mi tierra, perdí el espacio que tenía por el desplazamiento, a veces pienso en tener nuevamente las gallinas, el compartir de una finca que es lo más agradable, pero bueno, si vuelvo a tener todo eso, en qué momento voy a luchar por los derechos de las personas.

Tristemente hay que personas a las que no les gusta lo que uno hace. Yo lo hago desde el corazón, desde el sentir de las personas y desde el fondo de mi ser, y si no les gusta y hay amenazas es un complique porque no quiero salir del territorio, no quiero que por las amenazas tenga que irme y abandonar los procesos que se están realizando. Lo de las luchas de la minga y los reincorporados es por la vida, es pedir a Dios y pedir a las personas que haya liderazgos, porque eliminar, matar o amenazar no tiene razón de ser. Tenemos que trabajar mancomunadamente por el derecho a la vida, apoyar la lucha que están llevando los reincorporados por la vida y apoyar la lucha de las mujeres.

Tenemos amenazas: últimamente he tenido unas personas en la puerta de mi casa, jóvenes en la esquina de la cuadra, eso no tiene razón de ser. Llama uno a la policía, no atienden que porque son muy poquitos, poner la denuncia. Y ¿cómo hago para tomarle fotos? Este sistema es un paseo, lo único es confiar en Dios y seguir adelante porque las amenazas que se pudieron comprobar y que llegaron por escrito se denunciaron pero hasta ahí llega.

He tenido muchos sustos, he llegado a pensar que hasta ahí llego.  No me gustaría tener escoltas, eso es cortarles las alas a las personas. Yo pido a Dios que siempre me permita tener mi espacio y mi libertad para poder ayudar y servir. Seguir adelante.