18 de septiembre de 2020

Opinión

La caída de la estatua

Frente al derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar, en esta columna de opinión se insiste en que, si de verdad se quiere afirmar la multiculturalidad local y regional y no la hegemonía, la administración de Popayán no debería plantear erigir de nuevo al conquistador en el pedestal de El Morro.

Por: Guillermo Pérez La Rotta

Imagen tomada de @marthaperaltae

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Cayó de cabeza bajo el peso del caballo. Se rompió su cabeza de bronce. Los Misak gritaron de alegría mientras unos policías contemplaban el espectáculo. Alguien diría que la policía obró mal en su impotencia. Debería haber impedido el vandalismo. Pero no. Cayó Belalcázar. Y podemos relacionar su totazo mortal contra el suelo de El Morro, con la época en que sus huestes transitaban con dificultad por las montañas de la cordillera central para someter a través de la guerra a indios que les lanzaban piedras desde los altos riscos. Indios que no pudieron ser sometidos hasta hoy, pues su beligerancia se alió con las montañas entrañables y amorosas para que España no entrará hasta allí: Tierra adentro. Tierradentro.

La historia humana es dialéctica y está sujeta a nuevas interpretaciones. Por gracia de su mismo curso, modificado en el juego entre las voluntades humanas y el azar. Los hombres hacen la historia, pero a tientas. Y desde ese tiento, interpretan para avanzar y justificar sus acciones que abren repetidamente el tiempo. Se equivocan quienes dicen que tumbar la estatua no cambia la historia. Piensan que todo está escrito con letras de hierro, y lo hacen desde el imaginario de los triunfadores y de la escritura que les conviene. En el texto de Henao y Arrubla, dos historiadores que en 1910 escribieron la “historia oficial” de godos y liberales, y que nos enseñaban en la escuela primaria, apenas había una corta mención de la esclavitud, y sobresalía Pedro Claver cuidando a los esclavos. Eran unos cuantos renglones.

Al caer el símbolo polivalente, surgen otros símbolos polivalentes, y eso hay que entenderlo a cabalidad. No valen del todo las palabras del alcalde López cuando dice que Popayán es una ciudad multicultural, y que la administración subirá otra vez la estatua a su lugar. Con ello denota, no la multiculturalidad, sino la hegemonía que él busca afirmar como gobernante. Pues la tradición incólume debería ser restaurada. El símbolo que les duele a muchos, caído patas arriba. Debería pensar en otra cosa el señor alcalde. Algo le dirían los “hechos” de hace unos días, pero mirados desde perspectiva histórica. Por ejemplo, aquello que explican los colegas arqueólogos de Unicauca: allí, 500 años antes de Colón, había un cementerio y un adoratorio a los dioses de los pubenenses. Y como en la catedral del Zócalo de México y otras pirámides de Mesoamérica, los españoles, igual que en Pubenza, crearon o edificaron con violencia sus ídolos cristianos encima de los ídolos multiculturales de Abya Yala y sus pueblos, para bien y para mal.

 

 

Pero como la historia es dialéctica, se legitima hoy desde la violencia que le atañe a esa historia –no nos digamos mentiras-, que unos indígenas misak reclamen el lugar sagrado, simplemente porque han adquirido una conciencia histórica, como lo dice Tata Velasco; quien interpreta de nuevo la historia colonial y hegemónica, así como la lucha reivindicatoria. El alcalde López debería recordar, desde su máscara multicultural, a Quintín Lame que luchó contra los señores de esta ciudad, que lo perseguían por defender los derechos de la tierra de los indios, y que lo llevaron, ayudados por gobernadores y leguleyos, a decenas de cárceles, esos señores que decían en algún discurso de 1910, que las tres razas juntas eran muy “armónicas”, la blanca, de oro, la mestiza, de plata, la de más abajo, de bronce, o sea, las ñapangas, los indios y los negros. Eso se acaba poco a poco, señor López, señor Duque. Los indios ya no son los servidores de la “casa” de los blancos, y con ello, cuestionan a la “ciudad blanca”, que un alcalde caprichoso pintó de ese color a mitad del siglo XX. 

Señor alcalde: si quiere usted afirmar la multiculturalidad, no entronice otra vez al conquistador, y en acuerdo con los indios ponga una estatua del cacique pubenense, para que hagan un oratorio pagano allí, y sitúe la estatua de Belalcázar en el patio de la casa de Guillermo León, o de su padre. Y mire con cuidado, señor alcalde, el bello filme de Marta Rodríguez, “Nuestra voz de tierra, memoria y futuro”, realizado cuando nacía el CRIC, que narra la lucha indígena contra los terratenientes herederos de España, que les robaron sus tierras. Vea el símbolo del diablo en ese filme, felizmente convertido en un terrateniente cabalgando como el caído de hace unos días, y ahora convertido en un demonio, desde una transvaloración de la historia; otra vez, la dialéctica y la novedad, por obra de una artística elaboración indígena. Pues anteriormente España vio sólo demonios en esos indios, en las brujas y los negros que traían a la fuerza de África para esclavizarlos. La historia siempre vuelve a comenzar. No lo olviden.