7 de junio de 2020

Un breve e incierto descenso

Antes de la cuarentena, el gravity bike se había puesto de moda entre los jóvenes de los barrios populares. Esta es una práctica cuestionada por quienes la conciben como altamente peligrosa y en la que desde 2019 han fallecido cuatro personas en las vías aledañas a Popayán.

Por: Oscar Iván Chavarro

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Modificar bicicletas que permitan alcanzar mayor velocidad en un descenso por vías pavimentadas. Esta es una posible definición del gravity bike. Jóvenes en su mayoría, organizan salidas a lugares como Belén o Totoró, entre otros. En el país, esta práctica encuentra su auge durante la última década. 

 

Ascenso

Mario Cipollini, uno de los mejores velocistas de la historia del ciclismo dijo un día: “Si frenas, no ganas”. Sonriente, con cierto matiz paisa al hablar, agitando su mano derecha, gesto típico en el rap, Yesid Darío Penagos añade, refiriéndose al gravity bike: “Aquí de lo que se trata es de frenar lo menos posible”.

El camino que lleva a la iglesia de Belén, es el que recorremos en buena parte de este relato. En él una glorieta, varios jóvenes, más de diez. Bajo los árboles, Andrés Saavedra y sus amigos reciben sombra, en una tarde calurosa sin síntomas de lluvia. Puestas las bicicletas sobre el pasto y ellos de pie, hablan animadamente sobre el descuelgue del día anterior. Sea por la certeza de saber qué produce el sonido, sea porque han visto que se acerca, todos sonríen y algunos se apresuran a levantar las bicicletas, cuando se trata de un camión que viene subiendo.

Yesid, después de haberle mostrado a su madre uno de los videos que graban cuesta abajo, quería hablar de su bicicleta. “A esta le faltan los cortavientos y queda es potente”, dice en referencia a ella. “Básicamente uno la va armando según la estatura. Yo a la mía le coloqué una pesa, le compré las barras y luego les eché cemento”. Además, la bicicleta de Yesid tiene el marco y la dirección invertidos, no tiene pedales y le funciona el freno delantero. “Lo máximo que me contabilizaron andando en esta, fue 75 kilómetros por hora”.

“Yo acompaño a Yesid solamente, y él me trae de parrillero, porque pues en mi casa no me dejan tener una bicicleta así”, cuenta Jhoan Cortés, amigo y vecino de Yesid, entrando en la conversación.

Un camión amarillo, “un vieja guardia” le dicen también los muchachos, es uno de los elegidos. Tres de ellos se agarran de la carrocería para soltarse unos dos kilómetros más adelante. Pasan algunos minutos y a otro camión se enganchan otros tres jóvenes. “¡Ay, marica!”, dice uno de los que se quedó, pues dos motos de policía van tras los últimos tres. El calor permanece estable, la tensión también.

“A la próxima se las quitamos”, advierte uno de los policías a la pasada. Los que aún no suben ni se inmutan, pues siguen esperando más amigos, más camiones.

 

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Descenso

Los mosquitos empiezan a fastidiar, los muchachos dan palmadas en su cuerpo para quitárselos de encima, mientras esperan los que posiblemente vienen en camino. “Cuatro veinte –dice Andrés–, sino llegan a esa hora descolgamos nosotros no más”.

Yesid dice que su interés por el gravity bike, comenzó por la influencia de sus amigos en el colegio. “A mí esto me llegó fue por medio de Yesid”, sostiene Jhoan. “La primera vez que fui era una cicla normal, andaba lo normal, ahí me siguió gustando”, afirma Yesid. “La organicé pues así normal y el primer día que la fui a estrenar me tiré sin frenos y con parrillero. Bajé durísimo”. En el grupo de Andrés la mayoría dice llevar más de tres años practicando el gravity bike. Ellos dicen que sus amigos del sur de la ciudad les influenciaron.

Se hace tarde y no asoma una bicicleta, parece que van a descolgar los que están. Han escondido las bicicletas en los pastizales y cerca de una quebrada. “Ayer un parcero dio mal una curva y al piso de una sola. No le pasó casi nada, pero cuando es así toca esperar y ayudarlo”, dice alguien. Jhoan Cortés sostiene que “no todos tienen la misma manera de pensar, y quieren es ganar y no les importan las demás personas; alguien se cae y no paran, porque quieren llegar de primeros. A los socios no hay que dejarlos morir”.

Son las 4:20 de la tarde. Hace poco llegaron dos muchachos más y quieren esperar unos minutos a un grupo que, dicen, iba subiendo. Los demás no quieren esperar. El silencio los invade y algunos bajan la mirada. De pronto, pasa un ciclista diciéndoles que atrás acaban de quitar dos bicicletas. Bien suponían que la policía estaba cerca, pues antes alguien que pasaba en moto los vio y luego sacó el celular para ponérselo al oído. Se afanan a esconder pequeños recipientes de bóxer que algunos inhalan, pero la policía aparece pronto. Estos buscan alrededor mientras los muchachos toman el asunto con serenidad. No les es muy difícil encontrar las bicicletas. Decomisan los recipientes de bóxer y devuelven a uno de los muchachos un celular que había escondido. A uno de ellos le encuentran un arma cortopunzante, pero no imponen ninguna sanción. En seguida, los policías les dicen que agarren sus bicicletas y se vayan, no sin advertirles que, la próxima vez, se las llevarán.

Así lo hacen, hasta esperar que la policía los adelante para volver a subir.

Jorge Armando Urrutia, quien está vinculado a la Secretaría de Tránsito y Transporte Municipal, manifiesta que “la bicicleta es un vehículo y como tal es objeto de inmovilización cuando se vulneran o violan las normas de tránsito. Andar a altas velocidades o modificar el vehículo para lo cual fue construido originalmente también lleva unas sanciones”.

 

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Angie y Dayana se unen al grupo que vuelve a subir. Ambas descolgarán en una bicicleta. Uno de los jóvenes debe regresar, pues su padre ha subido en moto a buscarlo y lo reprende para luego llevárselo a casa.

“Échese la bendición mi socio”, dice alguien antes de iniciar el descenso. El que lleva la cámara GoPro toma la delantera. Todos bajan con acompañante, más peso, más velocidad. En el marco hay láminas soldadas sobre las que, quien conduce, apoya las rodillas. El cojín es largo para poder recostar mejor el cuerpo. La cabeza se baja, en lo posible, hasta muy cerca de las barras. Por momentos levantan la mirada para saber quién viene detrás, no para cerrarle el paso, sino para permitírselo, pues esta es otra de las maniobras del gravity bike. En las curvas cerradas, el espacio de contravía es inevitable, pues el reto radica en no frenar.

Al respecto Yesid dice que “a uno a veces le coge ese pensamiento: yo no tengo que frenar, en esta curva no freno porque la quiero pasar así, yo no tengo miedo. Ya sabe que si usted comete un error va es para el piso, va es para la muerte”.

Leandro Felipe Tovar murió en noviembre del año pasado. Su abuela, María Emilia Arias, dijo al respecto: “La desobediencia de estos jóvenes es un verdadero problema. A Felipe se le advirtió y se le advirtió, igual que a Yonnier, hermano mayor de Felipe. A Yonnier le dijimos que era para que reflexionara. Hasta el momento aparentemente ha reflexionado, pero es que él dice que eso es muy bueno”. María Emilia cuenta que Magdalena, madre de los dos jóvenes, “buscó respuestas ante la policía del por qué se permitía esto, pero la policía a la hora del té no puede hacer nada”.

Volvemos por la noche

Al final del descenso, todos están verdaderamente animados, se abrazan y dicen que pudieron hacer más.

Pilar Cuetocué, estudiante de psicología, afirma que “estos jóvenes disfrutan de una tensión placentera, un deseo de querer más”. Sostiene que se hacen necesarias campañas de concientización a largo plazo “porque yo no estoy de acuerdo con campañas donde no se conocen los contextos, evitando así lograr niveles de empatía. Para eso está bien evitar los calificativos, para que no se entorpezcan la comunicación y el diálogo”.

Jorge Armando Urrutia cuenta que “la administración municipal se encuentra realizando acciones de articulación con varias autoridades con el fin de determinar los focos donde se está presentando el fenómeno del gravity bike”. Dice que “aparte del control también las autoridades han determinado que se deben generar otras acciones como el tema del acercamiento a los jóvenes”.

Yesid y su amigo afirman que no tienen pensado dejar el gravity bike. “La gente dice que nosotros somos unos viciosos y así, pero es que la gente generaliza mucho”. Y concluye: “Que nos apoyen cerrando una vía así sea una vez a la semana, y si ellos colocan condiciones pues que sea de las protecciones y eso, porque la mayoría anda sin usar rodilleras, coderas y casco, y pues obvio si lo legalizan hay que ceder en esa parte”.

Por su parte, Pilar Cuetocué afirma que “la sociedad debe entender que en el pensamiento de estos muchachos no hay límites, y eso es muy importante”.

Son las seis de la tarde y el peligro para ellos es la policía, que volvió a subir. “Apenas bajen esos maricas, nos tiramos es de una al azote”.