23 de noviembre de 2019

Crónica

El rugido de la herida, el susurro de la multitud

Un día después del paro nacional, el país se hizo escuchar a cacerolazo limpio. Las personas marcharon, cantaron, gritaron consignas, colgaron banderas, aplaudieron. En Popayán, la actividad se realizó en forma pacífica y fue la expresión del descontento frente al gobierno y a los violentos.

Por: Sofía Pino Muñoz

Fotografías: David Santiago Chimbaco y Andrés Felipe Dorado

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¿Qué podría seguir a un día crucial? El día siguiente al veintiuno de noviembre, día del paro nacional en Colombia, las calles han rugido y en ellas han sonado objetos sobre el metal, una y otra vez. Popayán no ha sido la excepción. En la marejada, los rostros de los niños, de los adultos, de la gente mayor parecen un solo rostro, rostros que aparecen en las ventanas de los edificios mientras cuelgan la bandera, rostros que sonríen cuando la masa los toca y los envuelve, gente que se asoma por la ventanilla de sus vehículos y hace sonar la bocina en repetidas ocasiones, saludos al aire desde balcones lejanos, gritos de resistencia, señoras golpeando ollas con fuerza desde sus ventanas, niños en los hombros de sus padres cantando el himno nacional, carteles de reconciliación, gritos de emoción, cánticos de fuerza, sonrisas al encontrarse con gente distinta, con gente igual, carteles de perdón.

Gente, mucha gente.

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Y es que resulta que estamos cansados. Resulta que estamos cansados y no somos pocos. Es más, somos montonera.  En el punto más agitado de la manifestación, yo creo que algo está cambiando. Y, más que un sentir de mis adentros, es un susurro de la multitud. Lo escucho. Es un susurro a gritos y pienso: “Esto no es una mentira, esto no es una falsa ilusión, esto no es un sueño”.  De pronto mi sentir se parece demasiado al sentir de quien está a mi lado, y el sentir de este se confunde con el de aquel que está a su lado. Quizás en estos momentos de agitación entre coros, aquello que sentimos se entremezcla, se fusiona: entonces somos montonera sintiendo lo mismo y estamos cansados.   

A un día crucial le pueden seguir muchas cosas: sangre, o fascismo, o represión, o silencio arrollador y cómplice, o desobediencia pacífica y lucha no violenta. Y, sin embargo, la voz persistente que se escucha simultáneamente en diferentes ciudades y que se encarna en todo tipo de personas, está ansiosa por ser escuchada.  Colombia ha respondido con fragor de metal a un sinfín de mensajes de odio, de absurdas imágenes de terror, a la reproducción constante de consignas violentas provenientes de personas violentas de cualquier estrato y de cualquier partido político. Ese fragor no es el ruido estruendoso y característico de la guerra sino el ruido que hacen las cacerolas, el ruido que hacen las paredes pintadas de todos los colores en una ciudad blanca, el ruido del Palenke entonando con orgullo canciones de descontento, de paz, de dignidad. Este es un ruido diferente. 

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Un país al que la guerra ha rondado por décadas se levanta y pelea con garras y dientes para que la reconciliación no se le escurra de las manos. De pronto los niños y niñas de la Alta Guajira que caminan en defensa de sus derechos son la misma niña pequeña del video que se volvió viral y que toca su cacerola, la misma niña que desde su ventana en Bogotá agradece a los manifestantes, los mismos niños que se suben a hombros de sus acompañantes en plena marcha, los mismos niños bombardeados por las fuerzas militares, los jóvenes asesinados en los falsos positivos, los hombres inocentes que los violentos se llevaron para siempre, las madres desconsoladas, las familias descompuestas, las vidas rotas.

Una vez más parecemos uno, así como cuando entonamos canciones de oposición, así como cuando resistimos. De repente, pensarnos como uno solo no es tan difícil cuando todos nos sentimos heridos, cuando a todos nos han lastimado.

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