22 de septiembre de 2019

Crónica

De buscar un techo a un proyecto de vida integral

Son muchas las historias que hay en Popayán en torno a las luchas de las personas humildes por conseguir una casa donde resguardarse. En los asentamientos que hoy son barrios, el trabajo comunitario continúa para que las condiciones de bienestar mejoren día a día. Este es uno de los muchos retos que deben afrontar quienes aspiran a gobernar el municipio.

Por: Carol Murcia, Laura Manzano, Leidy Burgos y Christian Benítez

www.comarcadigital.com - Universidad del Cauca

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Mientras doña Emilia coloca las ocho tazas humeantes sobre la mesa, y en medio de ellas una bandeja repleta de pan campesino fresco y redondo que acompaña la media tarde patoja, la memoria se va paseando por las cabelleras canosas de Vicente, Luis y Néstor, quienes, junto a Emilia, hacen parte de las 200 familias que hace más de 33 años cumplieron el sueño de muchos colombianos: obtener su casa propia. Lo que comenzó como un montón de cambuches de plástico colocados en medio del barro, la quebrada Ejido y una loma, es hoy el Barrio Santa Fe –o la Gaitana, como prefieren llamarlo algunos de los mayores–, ubicado en la comuna seis, donde se concentra la mayoría de ‘barrios nuevos’ de Popayán, construidos sobre humedales tras el terremoto del 83.

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Fue Gerardo Meneses, quien de un día para otro y sin mayor aviso, le dio sentido a la lucha social y política de Vicente Valencia. El trabajo en pro de la vivienda digna lo movilizó a finales de los 70 para entrar a conformar, tras aportar seis mil pesos, una asociación que acogía a una cantidad considerable de arrendatarios de diferentes sectores de la ciudad. Desde esa época, Vicente tenía claridad en sus principios y banderas con respecto a la importancia de la organización, el trabajo en equipo, el respeto por los otros y la entrega total a un proyecto de vida al que orgulloso lleva dedicando 40 años. Fue gracias a la lucha que encontró su misión en el mundo y es lo que actualmente lo mantiene en pie.   

Acercándose el 8 de marzo de 1980, decidieron realizar entre los socios la reunión decisoria para ’bautizar’ a su asociación. El nombre debía ser identificado como referente de lucha y resistencia, por ello solicitaron realizar una lluvia de biografías en las que, contrario a la tendencia patriarcal y machista de la época, se resaltó el proceso de lucha de grandes mujeres como Antonia Santos y la Cacica Gaitana, quienes en sus respectivos contextos se encargaron de liderar luchas sociales. “La más bonita fue la de Apolinar”, cuenta Vicente al afirmar que gracias a la biografía presentada por Jorge Jaramillo –quien también lideró la construcción del barrio– deciden llamarla Asociación de Vivienda La Gaitana, lo que sin saberlo marcaría el rumbo de la misma y convertiría a la mujer en el actor social más importante del proceso.

Habiéndose constituido legalmente, iniciaron en 1982 la búsqueda y acercamientos con Luis Eduardo Salazar, el alcalde de la época, y la familia Arroyo, para adquirir el lote donde estaban edificando sus sueños. Era una gran loma con cafetales, rodeado por la entonces transparencia del río Ejido y habitado por la familia Tose, que por la cantidad de años que llevaba habitando el terreno, se negaba a aceptar la venta del predio. Teniendo al alcalde y la familia Arroyo de su parte, la junta de La Gaitana decidió negociar con los Tose.

 

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El primero en terminar su café, aunque sin tocar el pan, es Luis. No quiere que nada ni nadie interrumpa su relato. Y no es para menos: el polvo del camino que recogen las suelas de sus botas son el reflejo de una larga vida. Conoció a Camilo Torres, Tuto González y Lucho Calderón. Es un ferviente activista que, en medio de carpetas cafés, transcripciones, mapas, fotos y actas, conserva y rememora la historia de este, su barrio. Sabemos que el ir y venir de su dedo, renglón a renglón, es solo una forma de ilustrar y soportar lo que sabe de memoria.

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“Mi papá alcanzó a venir a echar machete”, recuerda Luis, mientras cruza las piernas y nos mira como esperando que generemos el interrogante más obvio. Los socios de La Gaitana, mucho antes de realizar su primera y única invasión, ya habían realizado ejercicios de apropiación y cuidado del lote de la cofradía de San Antonio de Padua. Realizaban mingas para deshierbarlo y soñar despiertos, dibujando en la tierra sus hogares, pensando en los colores de la fachada y el interior, lo que les permitía mantener viva la ilusión de un mejor mañana. Pero no eran los únicos, ya otras personas estaban intentando ‘por los laditos’ quedarse con el predio.

Desde esta época, el asentarse era una solución para las familias desplazadas, en condiciones de pobreza y carentes de oportunidades. “La mayoría de la gente que había aquí era gente pobre, gente sin vivienda, gente que vivía del rebusque, y todavía esa es la característica del barrio”, afirma Vicente. Debido a esto, había movimientos de la época que buscaban ayudar en la consecución de condiciones dignas para las poblaciones vulnerables.

Uno de los personajes emblemáticos de dicha lucha, como los fundadores del Santa Fe, fue Lucho Calderón, quien también ayudó a la comuna 6 a organizar sus asentamientos y, según algunas personas, estuvo a punto de tomarse el predio de La Gaitana, pero los protagonistas de la historia niegan dicha versión. “Él –Calderón– trabajó con los asentamientos de la comuna 7 y como nosotros ya veníamos trabajando revolucionariamente ya contradecíamos sus políticas; éramos muy amigos y toda la cosa, pero políticamente diferíamos”, comenta Vicente.

Teniendo la aprobación de todas las partes (familias Arroyo y Tose, y alcaldía), y habiendo conseguido un precio bastante bajo a pagar, estaban en el proceso de búsqueda de recursos para la realización de los estudios pertinentes y la construcción del proyecto, cuando un suceso inesperado partió la historia de la asociación y la ciudad en dos: el terremoto del 31 de marzo de 1983.

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“Casi la gran mayoría éramos arrendatarios”, cuenta Néstor, quien a los 12 años fue uno de los damnificados del terremoto del 83, al igual que sus nueve hermanos. Lograron –como muchas familias– hacinarse en una oficina del centro de la ciudad, donde cuidaban la casona para pagar el alquiler. A los hermanos más pequeños se los llevaron a Cali por las réplicas del terremoto y las enfermedades que se presentaban por la contaminación producida por los cadáveres que dejó la emergencia, mientras que los más grandes debían quedarse a encarar la situación.

Mientras las horas posteriores a la emergencia transcurrían, “se corrió la voz de que comenzaron a invadir el terreno ya negociado, entonces a nosotros también nos tocó venir a tomarnos el lote”, dice Néstor.

“La toma fue espontánea, por la necesidad. Aquí se alcanzaron a meter algunos trabajadores de Obras Públicas, pero como nosotros afortunadamente ya estábamos organizados logramos sacarlos demostrándoles que ya llevábamos luchando desde hace tiempo, ellos entendieron y se fueron”, recuerda Vicente.

Cuatro días después del terremoto, empezaron a aplanar la loma para instalar, en medio del barro, sus cambuches de plástico. El sol inclemente, la lluvia torrencial, las crecidas del río Ejido y el miedo por las réplicas no amedrentaron el ánimo y vivacidad de los viviendistas. Con ollas comunitarias, trabajo en equipo y guardias, lograron mantener en pie su lugar. A los pocos días “nos mandaron la policía; dentro de esos policías vinieron unos que eran amigos de nosotros y pues no tenían vivienda entonces ellos se fueron y ya por la noche mandaron a las esposas a invadir”, recuerda Vicente.

Paralelo a esto, el país entero se estaba movilizando para conseguir recursos y ayudar a los payaneses afectados por el terremoto. Trabajadores de Bogotá hicieron una colecta en donde recogieron 76 millones de pesos para invertir en viviendas para los damnificados. El municipio decidió entregar este recurso entre las asociaciones de vivienda de la ciudad, teniendo en cuenta aquellas que tuvieran los papeles en regla. La Gaitana fue la favorecida. Al recibir el dinero, se pactó cambiar el nombre de la asociación La Gaitana por el de Santa Fe de Bogotá como muestra de agradecimiento por el dinero recibido.

Para empezar con los trámites de la construcción, la asociación se puso en contacto con la Empresa de Desarrolllo Urbano de Popayán que estaba encargada de la reconstrucción de la ciudad. En una asamblea general realizada en el Teatro Bolívar, se decidió en enero de 1984, que junto al Banco Central Hipotecario se conseguirían los recursos necesarios para construir las 170 viviendas.

Empezaron a realizar los estudios pertinentes pero la gente no tenía a dónde ir, por ello se realizó una ‘enramada’ donde la mayoría de asentados puso colchonetas y empezó a vivir allí mientras día a día se veía más cercana la posibilidad de cumplir el sueño de tener una vivienda.

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Emilia no deja que recojamos los vasos, ni que nos acerquemos a su cocina. La amabilidad la convierte en una madre para todos: su hogar mantiene la puerta abierta para recibir al caminante agotado por la larga jornada, a la persona triste o al estudiante hambriento. Sus manos, por donde quiera que toquen van dejando un hálito de amor maternal, de lucha incansable.

 

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Con brillo en sus ojos Emilia recuerda uno de los momentos más felices de su vida, cuando su hermano Gerardo la llamó para avisarle que en poco tiempo llegaría con un pequeño camión a recoger sus cosas y llevarla a su casa propia. La Navidad de 1985 es la más preciada en el recuerdo colectivo de los fundadores del sector: en ese 24 de diciembre el sueño más esperado se hizo realidad.

El trabajo barrial era una de las tareas que realizaban los jóvenes del Santa Fe desde que eran asentamiento. Actividades como talleres de pintura hasta validación de cursos escolares, eran algunas de las acciones de base realizadas por los jóvenes para recomponer el tejido social fragmentado por la tragedia del 83.

Desde 1987 empezaron a realizarse una cantidad de obras de mejoramiento infraestructural del barrio bastante particulares; el alcalde Luis Guillermo Salazar, en conversaciones con la comunidad les había dicho: mientras yo sea alcalde no hay ningún problema, hagan las obras”. Este aval les permitió emprender la construcción del Salón Comunal, el Jardín Infantil y la pavimentación de la calle 11 en las noches, el arreglo de las zonas verdes, hombro a hombro, donde niños, jóvenes, mujeres y hombres trabajaron a la par por construir el barrio de sus sueños.

“La mujer aquí se destacó mucho y se sigue destacando. Aquí las que más se mueven en el barrio son las mujeres”, recalca Vicente.

Han pasado 33 años tras la fundación del Barrio Santa Fe. Las condiciones a nivel de infraestructura a pesar de las mejoras que se realizaron años atrás han ido perdiendo su vitalidad. Esta es una de las luchas que encabeza Vicente, el presidente de la junta de acción comunal, quien cuenta que entre los proyectos que se está peleando en este momento en la alcaldía se encuentra el de la construcción del muro de contención, la pavimentación de las calles y el cambio de cañerías.

“Al mismo sistema no le interesa que trabajemos en comunidad, sino que la lucha la hagamos por persona”, asevera Néstor. Él y la junta se encuentran preocupados por la falta de participación de la juventud en estos espacios de interés y la falta de transparencia en algunos procesos realizados por las antiguas juntas, como el del restaurante para adultos mayores abierto en los años 90 en el salón comunal, el cual fue cerrado tras un robo inexplicable, o la cancha del barrio que pasó de ser un proyecto grande y benefactor a un espacio inhabitado que por falta de recursos estatales no pudo verse finiquitado.

“A los muchachos ya no les gusta la lucha y si lo hacen es para pelear no en comunidad sino para sus cosas propias”, dice. Por esto, la tarea que se ha propuesto la junta es fomentar nuevos liderazgos que empoderen a la comunidad y permitan la supervivencia de una lucha libertaria y transformadora.

Las mingas y talleres comunitarios son la herramienta por la que se están apostando para la transformación del imaginario colectivo en pro del cuidado y la defensa del medio ambiente. De igual forma, la inseguridad se ha convertido en uno de los focos más preocupantes en los sectores aledaños al barrio.

El trabajo y las actividades por forjar un barrio mejor continúan. La junta y los fundadores entienden que la lucha viviendista que llevan encabezando desde hace más de tres décadas no puede limitarse a la obtención de una vivienda. La dignidad radica en un proyecto de vida integral donde el bienestar sea de todos y la lucha no tenga fin.