06 de Abril 2018

Integración universitaria y ciudadana

Rodar sobre “caballitos de acero”

Dentro de ‘Unicauca activa de corazón’ –una semana en la que se promueve la actividad física y los hábitos de vida saludable– se realiza este sábado 7 de abril el ciclopaseo denominado ‘La rodada universitaria’, que cuenta con el apoyo del Colegio Mayor del Cauca. El evento está abierto también a la ciudadanía en general, con un recorrido que inicia a las 8 de la mañana en la plazoleta de Santo Domingo. Como abrebocas, Co.marca publica una crónica sobre la pasión de andar en ‘bici’.

 

Por: Lucía Ocampo

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Pensando en el ciclo paseo que la Universidad del Cauca realiza este sábado 7 de abril, recordé aquellos en que he participado anteriormente. El primero fue el de mujeres bicibles, una comunidad que busca reivindicar los derechos de las mujeres por medio del uso de la bicicleta. De ahí en adelante participé varias ocasiones en el tradicional ‘ciclo paseo los patojos’ que sin falta se realiza todos los jueves. Recordé que cada que hacía uno de esos recorridos me sentía feliz y eso me llevó a pensar en ¿cómo nació mi pasión por la bicicleta?

Mi primera bicicleta me la regalaron cuando tenía aproximadamente cinco años. Era rosada, poseía calcomanías de la Barbie, ruedas auxiliares, una canasta de color morado y un espejo en el manubrio, el cual quebré a los dos días del estreno. Recuerdo que aprendí a tener equilibrio sobre ella rápidamente porque no me gustaba el sonido de las ruedas auxiliares. En el barrio donde vivía había una bajada bastante inclinada: era el escenario perfecto para que mis amigos y yo hiciéramos competencias y pusiéramos a prueba nuestra destreza para dominar los frenos del llamado “caballo de acero”.    

De rosa a todoterreno

Para mi estatura de ese entonces la bicicleta era bastante grande, pero eso no era un impedimento para que todos los días al llegar del colegio quisiera pasar la tarde recorriendo las calles de mi barrio en bici. A medida que fui creciendo aquel caballito rosado me fue quedando estrecho, por lo que comencé a pedirle a mi papá, de manera insistente debo decirlo, que me comprara una bicicleta todo terreno. Pasó un buen tiempo hasta que un día, cansado de mi constante: “Papi, quiero una bicicleta todo terreno azul”, él decidió llevarme a que escogiera la que sería mi nueva compañera de aventuras.

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Al llegar a la tienda me sentía abrumada, nunca había visto tantas bicicletas juntas. Había de todos los colores, tamaños y estilos. En ese momento, por el impacto, no supe cuál debía escoger, pero rápidamente recuperé la concentración y le dije al vendedor: “Una bicicleta todo terreno azul para llevar, por favor”. El vendedor sonrió como a quien le causa gracia y ternura la inocencia de un niño; me explicó que podía mirar distintos modelos a ver cuál se adaptaba mejor a mí, pero sus intentos de persuadirme fallaron, mi objetivo era claro.

No habían pasado ni cinco minutos después de que habíamos llegado a la casa, cuando yo ya estaba montada en la bicicleta y siguiendo las instrucciones que el vendedor me había dado para manejar los cinco cambios con los que contaba. Recuerdo que casi a diario salía a montar con mis amigas, que por ese entonces también tenían caballito nuevo. Fueron buenos los momentos que pasamos sobre ruedas.

No recuerdo exactamente por qué pero pasaron muchos años después de eso para que volviera a andar en bicicleta. Un día volteé a mirar el patio de mi casa y ahí estaba aquella bici todo terreno azul. Pinchada, empolvada y un tanto oxidada por falta de uso. En ese momento la nostalgia me invadió y quise volver a subirme en ella. La limpie, lije, pinté, cambié el manubrio y le puse una canasta. Ahora era un caballito negro con estilo playero. La comencé a usar para ir a la Universidad y así fue como revivió en mí el placer de recorrer las calles sobre dos ruedas. 

Rodar en grupo

En Popayán cada día son más las personas que usan la bicicleta ya sea para practicar algún deporte o como medio de transporte. En una búsqueda de grupos a los cuales me pudiera unir para salir a montar bicicleta, me encontré con que en la ciudad existen distintos colectivos que de lunes a sábado planean rutas para que cualquier persona que quiera, pueda participar. Como dicen por ahí hay para todos los gustos y niveles, así que no hay excusas. Es recomendable andar en grupo, sobre todo cuando se realizan rutas por zonas rurales o solitarias. Esto no es solo porque la inseguridad ha aumentado en ciertas partes, sino porque puede ocurrir algún imprevisto como un accidente o alguna falla técnica de la bicicleta.

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Después de indagar en varios grupos y ver en cuál podía encajar, me encontré con uno que se llama Bike Planet. Sus instructores eran Diego Jiménez y Diana Mera, dos jóvenes que sienten una profunda pasión por rodar y estar en medio de la naturaleza. Mi primer recorrido largo dentro del grupo fue a La Torre, un lugar bastante frecuentado por los ciclistas de la ciudad. Recuerdo que aquel sábado Diego me guio y sorprendentemente pude subir sin ningún contratiempo: era la primera vez que hacía una ruta de ese tipo ya que el recorrido que habitualmente seguía era sobre la carretera panamericana en sentido centro-norte.

Diego es un joven disciplinado: entrena dos horas diarias de martes a viernes, y el fin de semana puede dedicar hasta medio día a recorrer distintos sectores rurales de Popayán. El amor por la bicicleta es heredado: en la juventud su padre fue ciclista, y es por eso él toda su vida ha montado en bicicleta y siempre ha sido su medio de transporte. Sin embargo, solo a los 16 años empezó a practicar el ciclo montañismo. Lo que más me gustó de aquella salida en la que fue mi mentor, fue su capacidad de motivación, y es que no hubo un momento en el que no me hiciera sentir que sobre la bici podía con todo.

El primer encuentro con Diana fue interesante, pues nos metimos por un camino bastante difícil, pero al final satisfactorio de recorrer. Diana es una mujer sonriente y carismática. Saluda y da buena vibra a todo aquel con que se cruce en una ruta. Le gusta hacer recorridos largos y meterse por distintas trochas a la hora de descender. A ella lo que más la motiva a coger su bici y salir a rodar es poder conocer nuevos lugares inmersos en la naturaleza, de esos que pocas personas visitan. En alguna ocasión ella me contó que su gusto por los caballitos de acero había sido cultivado por su hermano: él fue quien la llevó a hacer sus primeras trochas, que para ese momento eran bastante extremas.    

Más que un medio de transporte

En la universidad uno ve que los parqueaderos de bicicletas generalmente están llenos. Eso quiere decir que son muchos los estudiantes que utilizan la bicicleta como medio de transporte. Y es que hacer uso diario de ella no solo trae consigo beneficios económicos, sino que mejora la salud. Se ha demostrado que al realizar alguna actividad física el cuerpo libera endorfinas que hacen sentir a cualquier persona en un estado de relajación. Y ¿quién no quiere sentirse feliz cada día?  

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Paula Lara es una estudiante de comunicación social que a diario asiste a su facultad en bicicleta. Su gusto por rodar nació cuando tenía ocho años y sus papás le regalaron su primer caballito de acero, ese en el que se cayó miles de veces y en el cual vivió muchas aventuras. Para ella no existe el miedo que a veces se tiene al enfrentarse a una carretera: es una mujer decidida y se atreve a reclamar su espacio en las vías, lo ve como una experiencia más, una historia que algún día podrá contar.

Por su parte, la bicicleta que llevó a Julián Loaiza, un historiador y actual estudiante de comunicación social, a tenerle pasión a andar sobre dos ruedas fue una ARBAR negra con rojo: ella lo acompañó durante muchos años en los cuales cultivó su pasión por el ciclismo. Para él, hacer uso de la bicicleta como medio de transporte alternativo tiene varios beneficios: una bici no contamina el medio ambiente, es rápida, saludable y nunca se sufre por trancones, cosa que si sucede al utilizar el transporte público o automóvil.

Para quienes andamos sobre dos ruedas, montarnos en una bicicleta cada día es una aventura porque aunque se recorran las mismas rutas siempre se puede descubrir algo diferente. Amor y pasión son las principales características de quienes hemos decidido hacer de la bicicleta un estilo de vida. La bicicleta más que un simple medio de transporte se ha convertido para mí en una compañera de aventuras, esa que me puede llevar a cualquier lado.   

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