31 de marzo de 2018

#terremoto83

Presente y pasado del barrio Bolívar

Han pasado 35 años del sismo que sacudió a Popayán y muchas cosas cambiaron desde entonces. En esta crónica, se recorre hoy el barrio Bolívar y se busca a quienes puedan contar cómo era esta zona de la ciudad antes de aquel doloroso Jueves Santo.

Por: Olga Lucía Volverás Ocampo

Presente y pasado del barrio Bolívar 1.jpg

Mencionar el barrio Bolívar en Popayán es sinónimo de inseguridad. Mi mamá siempre me ha dicho que nunca pase sola por ahí, que cuidado con las personas que son “amigos de lo ajeno”, que mejor me vaya por otro lado así me demore más. Y  eso es lo que uno le escucha decir a la mayoría de personas en la ciudad. Recuerdo que antes de tener que empezar a ir seguido a la plaza de mercado del barrio Bolívar, me daba pánico ir sin compañía: las palabras de mi madre se había alojado en mi mente y prefería caminar más que arriesgarme a pasar en medio de los numerosos puestos de frutas ambulantes, las carretillas, los tumultos de gente y una que otra persona que por cuestiones de la vida habitaba la calle.

Aún tengo presente en mi memoria la primera vez que, para un trabajo de la universidad con un grupo de amigos, fuimos a almorzar a “mesa larga”, la zona de comidas que hay dentro de la plaza de mercado. Los pasillos entre puestos son estrechos y generalmente hay mucha gente. Cada restaurante tiene mesones donde se colocan sillas para atender a los comensales: los más grandes tienen mesas largas que suelen ser cómodas. Nos sentamos y una muchacha muy amablemente nos preguntó que queríamos comer.

En ese momento la pregunta me causó gracia y es que no había muchas opciones, ese día solo tenían un menú por lo que todos debimos pedir lo mismo. Noté incomodidad en dos de las tres personas con las que me encontraba en aquel lugar. Solo uno de ellos tenía una postura relajada y sonreía tranquilamente, el resto nos sentíamos inseguros sobre los alimentos que estábamos por consumir. La bulla, la pasadera de carretillas por el lado y la mezcla de olores no ayudaban en nada. Apenas íbamos a dar la primera cucharada, tres de nosotros nos miramos y casi por obligación pusimos la comida en nuestra boca.

He de decir que la comida estaba muy rica, una mazamorra nada diferente a la que había probado en restaurantes con mejor “estatus”, incluso el maíz tenía un mejor sabor. Pero la molestia del momento no nos permitió disfrutar de ese plato cargado de lentejas, pollo y arroz que solo nos costó tres mil pesos. Pero no se vaya a indignar, señor lector, recuerde que en algún momento de su vida usted ha escuchado alguna mala referencia de algún lugar y ha sentido temor ante sus productos o servicios.

Y esa era la raíz de nuestra desconfianza. Por años habíamos leído en periódicos y escuchado decir a personas cercanas que las cocineras de mesa larga eran desaseadas, que no tenían las medidas de higiene necesarias para vender alimentos. Pero después de ese día descubrí que la mayoría de cosas que dicen sobre el barrio Bolívar son falsas. No voy a decir que no es peligroso en ciertas horas porque sí lo es. Tampoco voy a  decir que su aspecto es agradable porque la acumulación de basuras, carne en el piso, perros deambulando y cierto desorden no deja que así sea, pero tampoco es un lugar por el cual no se pueda transitar y en el que no se pueda encontrar comida para todos los gustos.

¿Otras dinámicas?

En una de las muchas visitas que durante un tiempo hice con regularidad a aquella plaza de mercado, me acompañaba Ytalo, un líder comunitario con el cual había entablado cierta cercanía y que durante muchos años vivió en la casona donde antiguamente funcionaban las oficinas del ferrocarril y actualmente es un centro comercial. Él conoce bien las dinámicas sociales que imperan en el sector. Dice que  la inseguridad no siempre ha reinado en el barrio, pues antes del terremoto de 1983, las personas podían caminar tranquilamente por las mismas callen que hoy causan temor. Pero no nos desviemos. Esa vez nos sentamos a comer y conversar en uno de los negocios más antiguos, la “Cafetería Colombia”, ubicada sobre la calle primera norte. De pronto sentí curiosidad por saber si los negocios de por allí habían estado siempre o algunos eran nuevos.

Ytalo me contó que la mayoría eran “relativamente” recientes, pues antes del terremoto que destrozó gran parte de la ciudad, el comercio del sector giraba en torno a las cantinas, casas de citas y hoteles baratos que había. Aquella revelación me hizo pensar que entonces lo más posible era que el negocio de la prostitución también fuera popular en aquella época, y que las mismas esquinas en las que hoy en día uno ve mujeres con vestidos cortos, escotes pronunciados y los labios rojo brillante, eran usadas por trabajadoras sexuales provenientes de distintas partes del país, teoría que más tarde fue confirmada por un antiguo habitante del barrio.

Presente y pasado del barrio Bolívar 3.jpg

Ya terminábamos el café cuando Ytalo me dijo que si quería hablar con alguien que había vivido toda su vida en ese lugar, lo acompañara a la casa de Alberto, un amigo con el que había trabajado en varios proyectos de cooperativismo en el pasado. Sin dudarlo lo seguí por la carrera sexta hasta que llegamos a una vivienda de una sola planta, con fachada descuidada, una esquina del vidrio de la ventana roto y una puerta metálica color café. A los 10 segundos de haber tocado, un hombre de aproximadamente sesenta años abrió la puerta, saludó a mi acompañante con gran sorpresa y nos invitó a pasar.  

Los dos hombres empezaron a conversar mientras yo observaba las numerosas fotos antiguas que estaban colgadas sobre una pared. Sin darme cuenta la conversación ya había pasado a los recuerdos del barrio Bolívar antes de que ocurriera aquel suceso que muchos aseguran dividió a Popayán en dos. Alberto empezó a narrar que anteriormente ese era un sector residencial y no comercial como es en la actualidad, y que cuando era niño podía salir a jugar con sus amigos sin ningún problema, incluso que había policías en las esquinas pero que nunca fue necesaria su presencia, aunque no faltaba una que otra riña que se presentaba en alguna de las cantinas.

Las familias en aquella época eran numerosas y las casas constaban de varias habitaciones, por lo que eran bastante grandes. Durante el sismo que azotó un 31 de marzo a las 8:15 de la mañana a Popayán, que duró dieciocho segundos y tuvo una intensidad de 5,5 grados en la escala de Richter, las fachadas de las construcciones del sector fueron las únicas que quedaron en pie, pues por dentro la mayoría se destruyeron por completo. Una de las afectadas fue la familia de Alberto, que tuvo que hacer un préstamo para poder hacer la reconstrucción.

De aquí y de afuera

Después de aquel Jueves Santo donde murieron más de trescientas personas, apareció en la ciudad un fenómeno del cual se había salvado hasta el momento. Las invasiones surgieron. “En el barrio Bolívar y en el centro de Popayán había muchos inquilinatos, que eran lugares donde las personas alquilaban un cuarto para vivir. Cuando pasó lo del terremoto muchas de esas casas donde funcionaban se vinieron abajo y la gente se quedó sin dónde vivir, es por eso que los primeros que invadieron distintos lotes vacíos fueron los mismos habitantes de la ciudad. Luego muchas personas se dieron cuenta que acá estaban dando ayudas y se vinieron a sacar provecho. Ese fenómeno migratorio hizo que este barrio cambiara por completo, porque entonces empezaron a aparecer las agropecuarias, las bodegas de café y distintos negocios que uno antes no veía por aquí; esto pasó a ser ante todo un sector comercial”, afirmó Alberto López.

Presente y pasado del barrio Bolívar 2.jpg

Aunque el barrio Bolívar tuvo una transformación importante en su infraestructura y el foco de su comercio, hoy en día al transitar por sus calles uno puede percibir algo de lo que fue años antes del terremoto. Y es que sobre la carrera sexta con primera aún se encuentran algunas residencias que durante aquella época fueron populares, y en la carrea quinta queda una oficina de “Cootransplateña”, que según habitantes del barrio, es el único recuerdo que queda de la que una vez fue la terminal de transportes de la ciudad.

Actualmente ir al barrio Bolívar no me causa temor, aunque tomo las medidas de precaución necesarias porque, como dicen por ahí, “es mejor prevenir que lamentar”. Cruzo sola sus calles y cuando alguien me dice que no debería ir por allá, les respondo que en cualquier lugar hay peligro y que es mejor primero conocer antes de criticar.