12 de mayo de 2017

Trabajo informal

Los pitos del rebusque

Un numeroso grupo de mototaxistas realizó una protesta por distintos sectores de la ciudad, entre ellos La Esmeralda y el Centro Histórico. Crónica de una pugna entre desempleo,  “rebusque honrado” e ilegalidad.

Por: Isabel Cerón

los pitos del rebusque

“¡Bájela! ¡Bájela!”, gritaba la multitud de motociclistas mientras se creaba un zumbido de pitos que molestaba a aquellos que pasaban por el lugar. En los ojos de la mujer, quien iba de parrillera, se podía notar cierto temor. No sabía qué hacer. El conductor de la moto en la que ella iba era trigueño y usaba un casco negro. Lucía preocupado pero no lo suficiente como para bajar a su pasajera.

La gente pasaba apurada, otros preferían cambiar de acera y algunos solo ignoraban la situación. No había ni un solo bus de transporte público. Por donde se miraba había motos. Sus conductores habían bloqueado las calles reclamando “por la prohibición del uso de parrillero y por no dejarlos trabajar tranquilos”.

Al salir de mi casa, todos los días y a cualquier hora, hay mototaxistas. Hoy, para mi sorpresa, no. Ahora que lo pienso, quizás estaban en la protesta. Caminé una cuadra hasta que encontré uno y le dije que me llevara. Hasta ahí todo iba normal: yo iba a clase y el señor cumplía con su trabajo.

Cuando pasamos por el Ulloa, había un policía de tránsito parqueado en la mitad de la calle con el fin de evitar que colectivos, taxis y motos transitaran por el lugar. Parecía que estaba ahí desde hace muy poco rato porque después de él había colectivos y algunas motos. Nosotros pasamos tranquilos a su lado. Inadvertidos. Sin ningún problema.

Delante había una fila de carros y motos sin posibilidad alguna de avanzar. Al final de la cuadra estaban los mototaxistas bloqueando la calle. El señor con el que yo iba estaba muy preocupado pensando que nos podían hacer algo por no participar de la marcha. Mientras tanto miraba desde lejos las señas que algunos de los motociclistas nos hacían para avanzar sin ningún problema. “Si algo, usted se baja, oyó”, murmuró. Avanzamos unos pocos metros más y luego me dijo: “Mija, bájese aquí”.

Caminé durante una cuadra preguntándome si el señor estaría bien. Mientras avanzaba por la carrera segunda, al frente del Sena, sentí que alguien me seguía: era el mismo señor de la moto en la que venía. Iba a mi paso, me miraba intranquilo e indeciso entre si llevarme o no. En ese momento estábamos en medio de muchos mototaxistas. En cada esquina se congregaba un gran grupo. Casi llegábamos al final de la cuadra cuando le dije: “Tranquilo señor, es mejor que me vaya caminando. Muchas gracias. ¿Cuánto le debo?” El señor, con una sonrisa incómoda me respondió: “Tranquila, yo no le presté ningún servicio”. Le agradecí y me fui caminando.

Ninguno de los motociclistas llevaba parrillero a excepción de uno, que iba con una mujer. Estaban dentro de la multitud. Al inicio todo fue normal, pero después empecé a escuchar algunos gritos. “¡Bájela! ¡Bájela!”, gritaba la multitud. Todos parecían alterados. Al final no le hicieron nada ni a la muchacha ni al conductor. Sin embargo, no podía dejar de pensar que ellos hubiéramos podido ser el señor y yo, minutos antes.

La protesta de los mototaxistas empezó a las ocho de la mañana y finalizó pasado el mediodía. Tuvieron el acompañamiento de la policía e integrantes del SMAD. No se cansaron de decir que luchaban por un trabajo que para ellos “no es ilegal sino una forma honrada de conseguirse la plata en medio de tanta falta de empleo”.