16 de mayo de 2020

Laurentino Quiñónez y el espíritu de la montaña

Como músico es un referente fundamental en el Macizo Colombiano. Sus composiciones son parte importante del repertorio de las chirimías en cualquier lugar que ellas hagan sonar sus acordes. Pero su vejez es difícil en una vereda del municipio de Almaguer.

Por: Keka Guzmán 

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Hoy es protagonista de esta historia, pero quizá nunca quiso serlo. No hay muchos datos, pero hay detalles. Esa es la realidad. No es un asunto de industria cultural porque no todo puede ser reducido a industria cultural. Laurentino no se dejó alcanzar por ella. Tampoco le importaba. A lo mejor ni siquiera escuchó el término. Y hoy, su presente sigue siendo vivir en una casa de bahareque en medio de las montañas del Cauca. A pesar de eso, es historia, aunque nunca quiso serlo. Historia del pueblo, de la comunidad, del Macizo. Historia de flauta. Historia de chirimía.

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Antes era la banda de flautas o la murga. Hoy es chirimía, un poco transformada, con más tambores que flautas. La chirimía tiene su razón de ser en el ejercicio de las prácticas comunitarias, estas agrupaciones acompañaban a las comunidades en las alumbranzas, las mingas, en las actividades religiosas, las fiestas, el nacimiento y hasta en los funerales. Su presencia era imprescindible.

La palabra chirimía tiene doble significado en el folclor colombiano. Por un lado hace referencia a un instrumento de madera parecido al oboe, el cual poseía siete agujeros laterales de los que únicamente seis estaban destinados a taparse por medio de los dedos, el otro es para la boca. Las había agudas, altas y bajas. En la actualidad está casi totalmente desaparecido por causa de su difícil ejecución. Se dice que su sonido lo produce la garganta del músico. Pero chirimía también se llamó al conjunto donde figuraba el instrumento, cuya función melódica estaba reforzada por las flautas de caña traversas.

En medio de ese conjunto de prácticas donde los músicos de chirimía tienen su espacio y su razón de ser, Laurentino es de los pocos que quedan. Cuenta Jorge Lara, Gestor Cultural nacido en Almaguer, Cauca, que Laurentino es un artista popular que ha tenido una presencia muy importante para la identidad del ser almaguereño, que responde a esa condición de comunidad, de alguien que realiza una práctica sin una pretensión de reconocimiento ni de esperar que eso realmente fuese como su profesión. También asegura que Laurentino es un artista vital que tuvo una gran capacidad expresiva y la puso al servicio de la comunidad. “Fue un hombre creativo, tocaba la flauta con una riqueza melódica muy grande y a través de ella le dio mucho sentido al Macizo”. 

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Su nombre es Laurentino Quiñónez. Músico de chirimía. Flautista.

Sentado en un pedazo de madera y sosteniéndose con un bastón, de madera también, viste unos pantalones marrones, una camisa blanca, casi beige y un sombrero negro. Parece que el destino no ha sido generoso con él. A sus espaldas, una pequeña puerta conduce a un cuarto con dos colchones viejos y sucios. Ahí pasa la vida con su hermano.

Solos. Y ciegos.

—Me siento feliz de que vinieran a visitarme, por eso, yo les toco —dice—. ¿Cierto que a Popayán le dicen la casa blanca? ¡Porque es toda blanca! Más de diez veces fui a tocar allá.

Y empieza a sonar, casi sin aliento, ese eco de la montaña traducido en la flauta. Sus temblorosas manos le dan vida a la música, porque la música es él. Toma un poco de aire, con fatiga, con la seña tan característica de alguien que está cansado pero que no quiere negar el placer de crear sonidos y de compartirlos. Casi siempre habla de Papelito blanco. Mueve sus dedos, con lentitud, con dificultad, y dice que ya no es el mismo, que ya no sirve, y que la música sale de los pájaros y que sólo había pájaros en su vereda, por eso la magia, por eso la inspiración.

Para llegar a su casa, en la vereda Casablanca, fue necesario recorrer más de media hora en carro desde la cabecera municipal de Almaguer y después bajar la trocha por otra media hora. Disfrutando de un paisaje esplendoroso, propio del Macizo Colombiano, se llega a la morada de Laurentino. Una casa de bahareque, pequeña, con una ventana para que entre luz, rodeada de café y gallinas.

Lleva más de seis años sin salir de ese espacio, tan sagrado y tan profano, donde el aire es tan puro como su mirada, donde escasea la comida, donde casi nadie va, donde las gallinas se sienten las dueñas de todo y donde aún se pasean los pájaros que tanta vida le han dado.

A sus casi 80 años todavía conserva sus flautas y una vieja fotografía en un portarretrato oxidado. En la foto, Laurentino está a la orilla del mar, con su sombrero y su flauta, con su música. Y al lado del viejo portarretrato, sostenido por un clavo, tiene un diploma de 1997, donde la Casa de la Cultura de Almaguer le da una distinción por su aporte al folclor regional. De resto no hay más, solo cables que hacen de cortos alambres para colgar tres pantalones, un sombrero, una gorra, unas mochilas y las flautas.  

—En esta vereda había buenos músicos, estaba la mejor música. Compuse unos 30 temas, todos para chirimía: Papelito blanco, Morrocoy

Se queda pensando por unos segundos y luego empieza a contar que la música viene de sus abuelos, de los mayores. Que trabajaba en el cerro con un señor desyerbando con una pala. Que tuvo dos esposas. No dijo que pasó con la primera, pero la segunda murió. “Yo tuve mujer y se me murió. Mi mujercita se me murió a mal tiempo”. Dice poco de sus hijos, que tuvo tres. No se sabe qué pasó con ellos, pero menciona a su nieta que es como su hija.

—Fue criada de yo con agua de panela. Es mi nieta, pero es hija, ella no pudo tomar una gotica de leche materna. Ella nos viene a visitar a mi hermano y a mí. Es la que me lleva al hospital de Almaguer. No puedo salir a ninguna parte.

En medio de sus confusas palabras, Laurentino cuenta que enseñó en más de nueve veredas a tocar flauta y que por hacer y enseñar música no le pagaban. Tocó en varias chirimías y se siente orgulloso de que el mismo fabricaba las flautas.

Todo le asombra. Parece un niño que no deja de soñar. Se acerca a su hermano, se hablan y entre los dos empiezan a recordar días pasados. Son casi iguales. Bajos de estatura, trigueños, delgados y ciegos. En medio de la vulnerabilidad de sus días se tienen el uno para el otro, y ese tener se siente.

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“La chirimía es un asunto más del ser humano en términos de comunidad. Es una agrupación muy elemental, no por carente de riqueza sino por su constitución, por su origen. En todas partes del mundo encuentra uno agrupaciones con esas características. Es muy difícil saber quiénes eran los autores de las canciones que interpretaban, era un asunto de un saber comunitario y, en últimas, no les importaba hacer alarde de su autoría. La importancia era compartirlo y que todos pudieran tocar la música. Cuando surgen las dinámicas de individualizar a estos grupos se pone en circulación el concepto de la propiedad intelectual y aparecen las industrias culturales, se individualizan y se les trata de dar ese realce”, dice Jorge Lara.

Laurentino hacía parte del grupo de músicos de la zona rural que se formaron empíricamente como parte de la trasmisión de los saberes en la misma comunidad por iniciativa y necesidad de comunicarse y de mantener la chirimía para las distintas prácticas en las que hacían presencia. Al ser prácticas que responden a necesidades comunitarias y al ir perdiendo ciertos espacios, en las diferentes festividades, dejaron de tener relevancia. Dice Lara que “antes era imposible pensar que en Navidad no hubiera chirimía, ahora no las hay, dejó de tener la posibilidad de permanencia por la pérdida de espacios”.

El gestor cultural cuenta también que Laurentino es uno de los músicos más representativos y emblemáticos del Macizo Colombiano. Perteneció a la Chirimía de Ordóñez porque era el nombre de la vereda a la que pertenecía.

—Lo triste de todo eso es que seres humanos como él viven en condiciones difíciles independientemente de su práctica. Es un músico que tiene un reconocimiento, no está metido en la industria cultural porque la práctica de la chirimía no da para eso. La dinámica y la importancia de la agrupación dependía de su comunidad y la importancia en ella. Lo que se pone en evidencia es la condición en la que viven los comuneros, lo que vive la sociedad misma. Los campesinos de este país viven en esas condiciones. La práctica de Laurentino es realmente importante y tiene un reconocimiento que lo pone a uno a pensar que debería vivir de otra manera, pero es un ser humano que por su misma condición de ser humano debería tener un espacio completamente distinto. 

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Laurentino Quiñónez. Es un hombre pero, como dice Leila Guerriero de Nicanor Parra, podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento.

Laurentino se traduce en una de las formas musicales que permiten recoger ese sentimiento montañero que nos habita. A vos, a mí, a todos.

Su sonido es la expresión del espíritu de las montañas del Macizo Colombiano. Su flauta retumba en el camino, en los cerros, en los árboles, en los pájaros, en quienes lo habitamos.

Y sus pasos, así nunca lo haya planeado, así nunca lo haya querido, siguen formando un camino al territorio, a la cultura, a la realidad tan ajena y tan nuestra, tan tuya.