18 de abril de 2020

“No hubieran podido correr ni diez metros”

Esta semana se cumple un año del deslizamiento de tierra en la vereda Portachuelo, ubicada en el municipio de Rosas, Cauca, el cual dejó más de treinta muertos y arrasó con casi una decena de viviendas. Rescatistas y vecinos se embarcaron por varios días en una intensa labor de recuperación de los cuerpos de las víctimas. Memoria de una tragedia.

Por: Ángel David Cruz Quiñones

Fotografías: Manuel Mesías Castro

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Ocurrió una madrugada de abril. Lluvias fuertes y tierras débiles. Una comunidad ubicada en el corregimiento de Portachuelo, a un kilómetro de la cabecera de Rosas, se acostó a dormir en su hogar sin saber que no volvería a ver la luz del día.

La temporada de lluvias supuso una amenaza latente para los campesinos y habitantes de este lado de la montaña. Para evitar lutos, se llevaba a cabo un protocolo de prevención: un miembro de la comunidad accionaba una alarma lo suficientemente estridente para que todo aquel que estuviera cerca la escuchara. Al ser activada, era preciso reunir a los miembros de la comunidad en un lugar de refugio, lejos de la zona expuesta al peligro, mientras cesaba la tormenta. Dicho ritual era atendido casi todas las veces que se convocaba, pero la noche del 21 de aquel mes eso no sucedió.

Aproximadamente a las tres de la madrugada, toneladas de tierra húmeda se deslizaron desde decenas de metros de altura, arrasando con violenta fuerza y velocidad todo aquello que se encontrara a su paso. El desastre parecía la escena de un crimen titánico. Daba la sensación de que un dios malhadado hubiera empuñado ferozmente una pala de su proporción para arrancarle sin piedad la nariz a la enorme masa de tierra. 

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El cúmulo de barro atravesó diagonalmente más de ocho viviendas en dos niveles distintos. El color de las verdes veredas alrededor del municipio se trocó de pronto en cuestión de segundos en un café con rojo. “Por la distancia a la que se desplazó, el impacto no dio tiempo de reacción. Fue muy rápido. No hubieran podido siquiera salir a correr ni diez metros”, afirma Germán Puyo, un funcionario de la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgo de Desastres (UNGRD).

Tres decenas de personas perdieron la vida por culpa de todos y de nadie. La fuerza del impacto dejó la primera vivienda que la montaña enfrentó en nada más que vigas de hierro mutiladas. Los árboles cercanos se convirtieron en gruesa leña esquirlada. Repentinamente el terreno se volvió un cementerio, pero en vez de lápidas, flores y celadores, la tierra húmeda fue invadida por maquinaria pesada, patrullas y rescatistas.

 

Dolor e incertidumbre

Antes de la salida del sol, la comunidad alarmada advirtió a los organismos de respuesta local sobre la tragedia que acababa de cortar las vías que comunican al departamento del Cauca con el de Nariño. Algunos dicen que fueron 34, otros que 33, otros que 29. Familiares de quienes fallecieron arribaron al lugar pocas horas después de la tragedia.

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Amaneció y la lluvia del cielo cesó, pero la de los ojos de una decena de familias se volvió incontrolable. Los equipos de atención inmediata se presentaron en el lugar, acompañados por herramientas de uso tradicional como palas, picos, azadones y algún que otro canino entrenado para detectar cuerpos. El primer día estuvo lleno de conmoción. El caos era evidente. Los campesinos de la zona, dispuestos a encontrar a los difuntos con o sin la ayuda del personal de rescate, alzaban su voz por encima del sonido de las sirenas con explicaciones colmadas de rabia e impotencia por lo que acababa de pasar, pero pronto se delegaron operaciones y se designó material que permitiera mover la tierra y encontrar a las víctimas.

Dieron las seis de la mañana y el frío era intenso. La atmósfera que generaba la tierra húmeda no era la misma de siempre. Un hombre trigueño con botas pantaneras negras y una camisa azul a cuadros, sumergía con fuerza una pala en el barro, mientras confesaba en voz alta a los rescatistas que subir y bajar loma todos los días es muy distinto a hacerlo pensando que hay un vecino enterrado en ella. 

El primer día, la búsqueda por las víctimas continuó sin pausa hasta que la lluvia volvía a aparecer. Catorce cuerpos. En gran parte incompletos. Lágrimas y gritos desesperados que contenían la imposibilidad de culpar a alguien.

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El riesgo de desastre se había advertido a la comunidad previamente, y en distintas ocasiones, por parte de la UNGRD. Sin embargo, los habitantes de estas veredas no suelen contar con muchas opciones de vivienda y las que les ofrece el gobierno en algún momento no son adecuadas para ellos. “Si se meten en los programas del estado, terminan cuatro personas en un cuarto para una sola”, afirma Yeisson Cotazo, rescatista de la Defensa Civil y habitante veredal. “Acá tienen sus cultivos, tienen su buen espacio. No van a dejar que les quiten lo que tienen solo porque vivan en estas zonas”, añade.

A pico y pala, complementado por un par de vehículos de carga pesada, el personal decidido a encontrar a las víctimas se enfrentó con factores muy difíciles: el peso de las familias colmadas por la incertidumbre, la capa de barro de al menos medio metro de profundidad, la impresión de ver decenas de cadáveres en descomposición. Y el olor. El olor fue un asunto que obligó a varios a dirigir la mirada hacia el cielo gris, a sus compañeros espantados o a sus propias rodillas. 

“Once son hombres adultos, trece mujeres adultas, cuatro menores de sexo femenino y un menor de sexo masculino”, informó a la prensa el mayor Juan Carlos Sandoval, director de la Seccional Cauca de la Defensa Civil. Esto para un total de 29 cuerpos en los primeros dos días, que fueron sellados por una suerte de estuche blanco por el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía. Los miembros de este grupo vestían a cuerpo completo trajes blancos forrados por un material impermeable y llevaban puestas máscaras de estilo antigás, que los esterilizaba de la contaminación y de la empatía.

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Lucha contra el tiempo

El tercer día se trató de una odisea: era el último día en que los grupos de rescate y los habitantes del corregimiento de Portachuelo trabajaban codo a codo para encontrar a las personas faltantes. “Recuperamos cuatro y el trabajo está hecho, muchachos”, les dijo a los rescatistas la teniente del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Popayán, Helda María Saavedra. 

Esa jornada comenzó con la llegada de otras unidades de apoyo. Un pequeño perro se movía de aquí para allá a lo largo de la zona con sus patas manchadas por el barro que, con retroexcavadoras, había sido removido para desbloquear la vía Panamericana, pero que no podría ser removido de la imagen que evocaba con dolor lo que pasó el 21 de abril del 2019.

La primera de cuatro recuperaciones que se hicieron en ese día se trataba de un hombre joven sin camisa y sin su ojo izquierdo. Antes de ser encontrado el cuerpo sin vida del joven, un habitante del corregimiento se acercó a un rescatista y señaló a una de las muchachas que se encontraba allí con una expresión de angustia inefable en el rostro. “Oiga. Ella es familiar del que van a sacar. Ayúdele”, sugirió el hombre, como si el rescatista tuviera idea alguna de qué podía decirle a la mujer para consolar su reciente pérdida. Lo único que hizo fue pararse al lado de ella y abrazarla mientras observaban atentos la escena de la desolación.

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Faltando un solo cuerpo por encontrar, el terreno fue barrido por retroexcavadoras y un puñado de hombres y mujeres con herramientas de minería a dos manos. Las pesquisas no tuvieron resultado en más de seis horas. Alrededor de las cinco de la tarde volvió la lluvia, pero no se encontraba al desaparecido. Los familiares de la víctima llegaron al lugar con la esperanza de que no faltara mucho. En medio de lágrimas, la hija del hombre se aventuró a ayudar en su recuperación, esforzándose por escarbar en el barro húmedo con sus propias manos, protegidas nada más que por guantes de látex de color blanco. 

La búsqueda tuvo que cesar. “Esto se puede volver a venir abajo en cualquier momento”, alegaba uno de los rescatistas. El personal equipado tuvo que ser retirado con las esperanzas en vilo, pero la comunidad de Rosas no cedió ante la resignación. Por su cuenta, los campesinos reanudaron una vez más la búsqueda extenuante al día siguiente.

Hoy, un año después, las escenas de la montaña venida abajo y los días de búsqueda angustiada permanecen intactas en la memoria de quienes estuvieron allí, en una carrera contra el tiempo y la desesperanza. También el dolor permanece incólume en los familiares de las víctimas, y más cuando ratifican que esta tragedia nunca debió ocurrir porque, como muchas en este país, estaba anunciada desde hacía mucho.

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