22 de septiembre de 2019

Crónica

Entre recuerdos, rutinas y nostalgia

No se viaja para ser otro sino para volver a ser el mismo, para recuperar a partir de esos recuerdos y experiencias una identidad y un camino de vida. Los recorridos por distintas regiones del Cauca permiten conocer y re-conocer unos territorios olvidados e invisibilizados. Crónica de una travesía de regreso a Rioblanco, Sotará.

Por: Johnny Chicangana

www.comarcadigital.com -Universidad del Cauca

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La luz que irradia el sol casi que revienta el vidrio de la ventana cerca al asiento en el que voy. Son más de las nueve de la mañana y el motor del bus aún no ha sido encendido. Hay sillas vacías, es raro porque los sábados siempre hay gente que retorna desde la capital hacia su terruño. No veo las caras conocidas que suelo ver cada vez que decido viajar a mi tierra, Rioblanco, Sotará, uno de los tantos pueblos del Macizo perdidos entre los escarpados filos de la montaña y el caudaloso sonido del agua que recorre a plenitud todo el territorio.

No siempre soy de observar, pero precisamente hoy ha sido un día en el que el cotidiano viajar de cada quince días a mi pueblo tiene un tinte diferente Ahora que lo noto el bus me es muy familiar: baño que no funciona al entrar, televisor que nunca vi encendido, asientos que rechinan al tratar de inclinarse. ¡Sí! Este bus es un viejo conocido que por años ha transportado desde mis ansias de conocer por primera vez la ciudad, hasta las historias que de niño imaginaba para hacer más llevadero el largo tramo que implicaba viajar desde mi pueblo.

Un sonido ya conocido surge de la nada: el motor diésel empieza a hacer combustión y da paso al acto de salida. Un señor de espalda ancha, algo bajo de estatura y con un paño que algún día fue rojo sobre el hombro, sube y se percata de que no falte nadie. ¡A este sí lo conozco! El paso del tiempo ha hecho lo suyo en el rostro, pero aún lo distingo, lo he visto tantas veces que sería difícil determinar el número exacto de viajes en los que le he entregado el tiquete antes de salir de la terminal.

“¡Nos fuimos!”, exclama aquel hombre, y como es costumbre procede a encender la radio del bus, volumen alto y una canción que es imposible no recordar. Es canción de feria y alegría, de esas que en los agostos deja las pistas llenas y las sillas vacías.

“Estoy sintiendo que el amor llega ya, / siento sus pasos y me debo alejar, / ya tantas veces a mi puerta tocó, / me volvió ciego y perdí la razón”. El bajo potente de fondo y la voz del maestro Lisandro hacen que muchos recuerdos vengan a mi mente. Hoy parece que no es un viaje de esos que acostumbro a tener, tal vez la nostalgia me ha tocado con la música, el bus y el paisaje que se empieza a asomar con el pasar de los kilómetros.

 

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Entorno majestuoso

Curvas cerradas, filas de camiones, carros pequeños y motos escabulléndose por la vía son parte del cotidiano y temeroso tramo entre Popayán y el municipio de Rosas, la primera parada para entrar al Macizo. A lo lejos sobresalen grandes extensiones de bosque contenidas por majestuosas montañas que han estado vigilando por años los recorridos que he hecho desde pequeño, primero con mis padres y ahora solo. A esa fila de montañas mi madre les decía faldas, luego en la universidad las conocí como costillares: tengo tan presente ese concepto porque un profesor alguna vez nos llevó a ese lugar. Un viaje que hasta hace poco fue común, ahora lo veo como uno que parece de nunca acabar, aun conociendo el destino hacia el que me dirijo.

Más que un viaje convencional, es un viaje de introspección, que permite retomar esa esencia que va perdiendo lucidez con el paso de los años y de la distancia, porque uno sale de su tierra siendo uno y en muchos casos vuelve totalmente distinto. Entonces debería decir que uno no viaja para ser otro sino para volver a ser el mismo, recuperar a partir de esos recuerdos y experiencias la identidad, una identidad que nos marca pero que a veces tendemos a olvidar.  

Ya son cerca de las once y media, el bus hace su parada de turno, hay un bochorno de entrada incómodo pero que con el tiempo uno aprende a soportar. Y es que en este pueblo hace calorcito.

“¡La gente de la Sierra!”, grita fuertemente el del trapo rojo. Luego se baja y asiente con la cabeza a una fila considerable de mujeres que esperan ansiosas para iniciar un ritual muy conocido en los pueblos del Cauca. “¡Empanada, carne, chorizo!”. “¡Jugo, jugo, jugo!”. “¡Chontaduro a mil, a mil!”. Estas frases anteceden a un frenesí gastronómico que emociona al más antojado.

A estas mujeres también las conozco. Antes eran más. Siempre me he preguntado cómo hacen para estar casi todo el día de aquí para allá entre tanto bus y colectivo que llega a al lugar. No es fácil, pero estoy seguro de que con esta esta labor han sacado a muchas familias adelante.

Me saludo con alguien a quien distingo: una mujer trigueña, ojos grandes, gorra blanca muy particular, delantal con algunos remiendos, pero siempre impecable, cabello largo y con algunas canas. De hecho, desde que tengo memoria, ella siempre ha estado ofreciendo sus empanadas y de cierta forma también presente en los viajes que he hecho a Rioblanco a lo largo de los años. No recuerdo su nombre, creo que nunca se lo he preguntado, me pasa muy a menudo, pero un rostro jamás lo olvido. Antes le compraba regularmente, siempre me gustaron sus empanadas, ahora es difícil: a uno con los años le enferma todo, así suene gracioso es la verdad. En fin, decido comprarle una bolsa de empanadas, o mil como se le pide: serán para mi padre, a él aún le gustan. Ya saben, la costumbre de llevar siempre algo por mínimo y sencillo que sea a los seres queridos.

 

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Trocha y frío

El bus sigue su recorrido. “¡Hoy no pararon a almorzar!”, dice una señora que va para Valencia. “¡Es que salió tarde!”, menciona un mayor comiéndose los chontaduros que le compró a una de las mujeres. Me recuerda mucho a mi abuelo, de sombrero elegante, camisa manga larga, bien fajado y un bordón a la mano para evitar cualquier contratiempo. Es la fiel imagen del mayor macizeño. Le falta la ruana y la peinilla ajustada a la cintura, ¡nada más! Es de esos mayores que presenciaron nuestros primeros pasos en la vereda, que nos cuidaron cuando nuestros padres tuvieron que cumplir otras responsabilidades, de esos que también acompañaron muchos de los viajes a la capital y viceversa, de esos que nos demuestran que el tiempo es inevitable en este viaje de la vida.

Una polvareda de esas de verano da inicio al tramo final. La carretera ya es destapada, una trocha que entre más sube más fría se pone, el calor desaparece y ahora toca colocarse “el saquito”, como decía mi abuela, siempre con esa manía del diminutivo. Solía aguantar esos fríos verracos de la montaña, pero ahora pegan duro. En cada parada se bajan personas con el mercado de la semana que han comprado en el pueblo, unos tranquilos y otros festivos por la tanda de “polas” que se han tomado gracias a lo del jornal.

La música sigue, ya es parte del ambiente, un crossover de medio día que va desde Darío Gómez hasta lo más nuevo de la cumbia. Y no pueden faltar los clásicos de Julito Jaramillo y El binomio de oro, música que cuando era pequeño sinceramente detestaba, pero que ahora, con el paso del tiempo, recuerdo con cierto agrado, experiencias, amigos y uno que otro trago.

¡Cómo cambian las cosas! Antes me aborrecía viajar, porque tocaba de pie. Y es que antes sí que había gente de la tierrita que se transportaba y volvía, que se saltaba cuanta persona hubiera por delante para tomar un puesto y sentarse. Ahora solo quedan sillas vacías. 

“Oye, en la rutina de la vida estamos… / Voy subiendo muy lento por la cordillera,
pero voy contento porque alguien me espera”. No hay mejor frase que pueda describir este cotidiano pero particular viaje. ¡Sí! La salsa también suena sabroso, esta vez al son del bus y no del tren. Con ese hit de Julio Ernesto Estrada Rincón, se comienza a divisar casi el final del recorrido, no sin antes dejarme retumbando en la cabeza esa última frase, “pero voy contento porque alguien me espera”. Y eso en sí es la esencia de la vida, al “son de la vida dura” nos movemos por alguien que queremos ver o por algo que queremos hacer. En mi caso ese alguien que me espera además de mi familia, es ese yo de hace 12 años que entre sueños, ilusiones y tristezas se aventuraba a crecer. Ese “yo” que muchas veces uno deja atrás, por diferentes circunstancias pero que en algún momento necesitamos recuperar.

Este viaje terminó siendo para eso. Y digo terminó siendo porque mentiría si dijera que estaba planeado con ese fin: surgió de la nada y cada lugar por el que pasé me permitió reflexionar y reconocer, fui reconstruyendo ese ser al que ahora puedo identificar con más detalle. Uno se construye de memorias y momentos, y qué mejor que volver a vivirlo con un viaje al que en muchos casos no le tomamos el tiempo que se merece, una senda hacia nosotros mismos.

Entre derrumbes pedregosos y duros del pasado, cascadas blancas de alegría y lomas de verdes melancolías, se va arribando al destino final del recorrido, que tal vez por el momento acabe aquí con lo que se está contando, pero que ha permitido llegar a un punto en el que he vuelto a saber quién soy, de dónde vengo; un respiro entre tanto ritmo frenético al que está expuesto uno en la ciudad.

Chillido de freno. El bus ha llegado. Hay gente que continúa su viaje. Sin embargo, el mío hoy ha terminado. Bajo con maleta al hombro y la bolsa de empanadas para mi padre, que espero disfrute acompañadas por un buen café caliente, de esos a los que ya está acostumbrado.

“Ya vamos llegando, me estoy acercando, no puedo evitar que los ojos se me agüen”.

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