11 de septiembre de 2019

Crónica

Los rescates de las mujeres nasa

En medio del conflicto armado colombiano, las mujeres han mostrado un coraje y una valentía a toda prueba. Esta crónica cuenta la historia del rescate de niños reclutados por la subversión en el nororiente del departamento.

Por: Ana Isabel Cerón Pill y Natalia Zuluaga Castillo
Ilustraciones por: Ana Isabel Cerón Pill
Con el apoyo de: USAID, Verdad Abierta, Consejo de Redacción y Colombiacheck

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Las mujeres del pueblo indígena nasa están dispuestas a volver a pelear por sus hijos, como lo hicieron en los peores años del conflicto armado, bajo la certeza de que ellas representan la vida y son quienes deben defenderla. Así lo asegura Rosalba Güetio, quien ha luchado contra el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes desde hace 27 años, en su condición de líder social del resguardo Pueblo Nuevo, de Caldono.

Hace la advertencia porque el miedo se ha apoderado de los habitantes de este municipio del nororiente del Cauca, tras el fuerte rumor de que las disidencias de la extinta organización guerrillera Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) están reclutando menores de edad.

El temor se siente en las calles cuando, al abordar a la gente con alguna pregunta sobre el hecho victimizante, se asustan y prefieren no dar ningún testimonio. También se percibe en las oficinas públicas porque al escuchar el tema de la entrevista los empleados advierten, en un susurro, “ustedes cuídense, es muy peligroso andar preguntando por ese asunto”.

Tanto en la Comisaría de Familia, la Personería y la Inspección de Policía del municipio confirman el temor de que las disidencias de las Farc reabran un capítulo que se pensaba cerrado con la firma del Acuerdo de Paz. “Acá no se puede hablar de reclutamiento y menos de manera tan abierta. A mí ya me amenazaron por lo mismo”, relata una funcionaria de la Comisaría de Familia, quien pidió que no se citara su nombre.

El informe Trayectorias y dinámicas territoriales de las disidencias de las Farc, que la Fundación Ideas para la Paz publicó en abril de 2018, indica que disidentes del Frente 6 se han asentado en el norte del departamento, en los municipios de Miranda, Corinto, Toribío, Caloto, Buenos Aires, Suárez, Morales y Caldono. En el documento se lee que “los habitantes y las autoridades han denunciado el tránsito recurrente de individuos armados y la circulación de panfletos amenazantes”.

A pesar de la situación Rosalba quiere entregar su testimonio. Recuerda que durante los años más duros del conflicto armado en los resguardos “poco se hablaba de los derechos de los niños”, mientras los dirigentes del Consejo Regional de Indígenas del Cauca (Cric) les decían a las madres que tenían que ser valientes para la guerra.

Y valientes han sido, pues generación tras generación los habitantes de Pueblo Nuevo han visto llegar a su territorio, en distintas épocas, diferentes grupos armados al margen de la ley, entre ellos el Quintín Lame, el M19, el Sexto Frente de las Farc y el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

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Una mujer valiente

Esta líder de la comunidad nasa tiene 64 años, piel morena, ojos pequeños y pelo largo negro. Guarda en sus aproximadamente 1.50 metros de estatura más coraje y valentía que cualquier hombre de su resguardo. Prueba de ello es que organizó tres rescates de menores reclutados en distintos momentos de la década del noventa y los primeros años del nuevo siglo.

Sentada en una silla rímax, en el patio de una casa de bahareque que tiene seis habitaciones e incontables flores rosadas, empieza a contar su historia. Habla lento, piensa las palabras que va a pronunciar y las suelta con convicción.

Le gusta evocar el rescate que lideró en 1992, cuando ella y siete mujeres más caminaron hasta un campamento guerrillero para exigir el regreso de un grupo de niños que habían sido reclutados por las Farc. Entonces, ningún fusil fue tan hostil, solo existían ellas y su reclamo, que era capaz de llevarlas a enfrentar a toda una tropa.

En una tarde calurosa Rosalba escuchó el llanto de una mujer que se hacía más audible en la medida en que se aproximaba a la puerta de su casa. Abrió apresurada y encontró en su portal a una vecina del pueblo, quien entre sollozos le narró que su hijo y seis menores más habían sido reclutados por la guerrilla. Tres de ellos estaban en bachillerato y cuatro terminaban quinto de primaria.

–¿Hace cuánto se los llevaron?

–Hace una hora, deben estar caminando.

–Pues vámonos, hay que correr –dijo Rosalba tomando su bastón de mando, con cintas moradas, rojas y verdes, que representan autoridad, autonomía y resistencia.

Las mujeres saben que el tiempo es vital para dar con la ubicación de un menor. Según la Personería de Caldono, cuando un niño es reclutado, generalmente lo trasladan a algún campamento de otro municipio con el objetivo de separarlo de su familia y borrar cualquier rastro de su paradero. Acto seguido, le asignan un alias para despojarlo de su identidad. Esto hace que encontrarlo, incluso dentro del mismo municipio, sea muy difícil.

El Cric informa que entre 1978 y julio de 2018 fueron reclutados 52 menores de sus comunidades. Mientras que, en todo el territorio nacional, la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) reportó 540 casos de reclutamiento de menores indígenas, en el primer informe que le entregó a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en 2018.

Las autoridades indígenas del Cric coinciden con el personero municipal Danny Anacona, en que los datos no reflejan la magnitud del fenómeno, porque muchas de las familias no denunciaron la desaparición de sus hijos debido a que algunos de los excombatientes de las Farc que participaban en los reclutamientos, no se acogieron al proceso de desmovilización y hoy hacen parte de las disidencias.

 

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La primera hazaña

Rosalba mira a su alrededor para percatarse de que nadie más la escucha, pues en el resguardo hablan de que los disidentes de la guerrilla están ahí como un fantasma al que nadie logra verle el rostro.

“Lo primero que hicimos fue organizar a todas las madres involucradas en el problema. Las siete mujeres estuvieron dispuestas a partir conmigo al campamento de la guerrilla que se encontraba en La Laguna. Ninguna de ellas se negó, no importaba cuánto miedo tuvieran. Estuvieron listas en pocos segundos. Partimos de Pueblo Nuevo a las cuatro de la tarde, armadas únicamente de mi bastón de cabildante, botellas de agua, sombreros, algunas cobijas y la firme convicción de que la guerra no podía apoderase de los niños”.

Esa tarde el grupo de mujeres caminó aproximadamente dos horas y cuarenta y cinco minutos bajo el sol y sobre el polvo de la carretera que se levantaba con cada uno de sus pasos. A pesar del miedo nunca se detuvieron. Rosalba recuerda que cuando se acercaban al campamento les dijo a sus compañeras: “Ellos (la guerrilla) también son seres humanos, son buenas personas como nosotras o nuestros esposos. Si les explicamos de la manera adecuada, si les hablamos bien, van entender. Lo que no podemos hacer es regañarlos, ni reclamar a los niños a los gritos”.

Farid Julicue, uno de los líderes más reconocidos de Caldono, asegura que en el municipio las mujeres son mucho más valientes que los hombres. Las líderes caminan en medio de los desastres, atraviesan todas las puertas cerradas. Han tomado la iniciativa varias veces y los hombres se han sumado más tarde a su causa.

Para Rosalba es cuestión de estrategia: “A veces nuestros esposos nos advierten que puede ser peligroso. Pero nosotras tenemos que seguir luchando, porque ellos no pueden hacerlo, son más visibles para los ojos del enemigo y se convierten en blancos fáciles. Cuando un hombre se encuentra con otro hombre no hay respeto, el aire se llena de peligro y de repente es la violencia la dueña de la situación. Si un hombre se atrevía a reclamar a un niño, quién sabe cómo terminaría esa historia”.

 

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Las mujeres llegaron al campamento guerrillero de noche. Rosalba tomó la vocería y le explicó a un hombre que estaba de guardia que ellas iban en busca de un grupo de menores que habían reclutado esa tarde. El guerrillero las condujo hasta otro de mayor rango. “El hombre aseguró que no había manera de recuperar a los niños. Nos dijo: ‘ellos ya están completamente integrados’. El llanto estalló en ese momento, y antes de que todo empeorara pedí hablar con los comandantes Caliche y Boris. Yo los conocía y entendía perfectamente que era con quienes debía entrevistarme”.

Tras un rato de espera, cuyo tiempo exacto Rosalba no recuerda, un nuevo hombre apareció en la escena, y aunque parecía ostentar algún rango de autoridad mayor a los anteriores, no era un comandante. “Seguía sin ser la llave de salida que necesitábamos para abrir los candados y escapar de ese lugar con los niños de la mano”, cuenta la líder, mientras respira hondo para entonar de manera adecuada lo que entonces le dijo al guerrillero. “Si ustedes no nos dejan hablar con el comandante, entonces nosotras nos vamos a sentar aquí, y de aquí no nos vamos a ir hasta el amanecer”.

Sonríe con orgullo y continúa su relato: “Seguí hablándole al hombre, llena del valor de mis últimas palabras. Yo era en ese momento cabildante, así que tenía un grado de autoridad y aproveché aquello para exigir la entrega de los niños. El guerrillero nos hizo seguir a una habitación muy pequeña, fea y oscura. Allí se encontraba el comandante. Nos acomodamos en aquel lugar de paredes de bahareque y techo de paja. El comandante empezó a escribir con parsimonia la información que le dictábamos: el nombre del niño, el nombre de la madre y el aspecto. Aquellas eran las únicas palabras que podíamos pronunciar”.

Las mujeres salieron de ese cuarto improvisado, atravesaron el campamento y emprendieron el camino de regreso a Pueblo Nuevo, solas, angustiadas por los hijos que no habían visto, preocupadas por el tiempo que tardarían en volver a abrazarlos. Sabían de familias de la región que llevaban meses y hasta años esperando el regreso de sus hijos tras ser reclutados por grupos armados ilegales.

 

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Hecho de especial gravedad

 

El reclutamiento de menores de pueblos indígenas y otras comunidades vulnerables es de especial gravedad en la historia del conflicto armado nacional. Así lo indica la Sala de Reconocimiento de Verdad, de Responsabilidad y de Determinación de los Hechos y Conductas de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) responsable del caso 007 denominado Reclutamiento y utilización de niñas y niños en el conflicto armado. La sala también reconoce al Cauca como uno de los ochos departamentos más afectados por este acto violento. Las otras regiones son: Antioquia, Caquetá, Meta, Guaviare, Tolima, Putumayo y Cundinamarca.

Este dato coincide con un informe del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que indica que solo entre el año 2000 y agosto de 2018 se desvincularon 444 menores de grupos armados ilegales en el departamento del Cauca.

Luego del viaje de dos semanas de las mujeres, el resguardo se conmocionó con la llegada de tres de los siete menores reclutados: los más pequeños. Regresaron tranquilos, como si no hubiesen sido parte de una tropa guerrillera. Sin embargo, faltaban cuatro. Rosalba guardaba la esperanza de que aparecerían de la misma forma, como salidos de la nada y sin ningún rastro del paso por la guerra. Eso era lo que le ayudaba a calmar la ansiedad de las madres mientras corrían los días sin ninguna noticia.

Un par de meses después, la expectativa se cumplió. Los cuatro jóvenes empezaron a retornar, día a día. “Volvieron escondidos, temerosos de todo lo que habían vivido. Todos, sin excepción, nos agradecieron haber ido por ellos. ‘Gracias tía Rosalba, abuela Rosalba muchas gracias’, repetían uno tras otro. Algunos incluso se compadecían de nosotras, ‘pobrecitas ustedes ir hasta allá’, decían. Yo tenía la satisfacción de haberlos salvado. Al final el comandante había cumplido su promesa”. 

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