26 de agosto de 2018

Crónica

Más abajo de los frailejones

Cada viaje deja un sinnúmero de recuerdos imborrables y los que se hacen con gente de teatro tienen un aura como de magia y misterio, como de puesta en escena. Crónica de una travesía que es como un juego de mímica.

Por: Pablo Alejandro Muñoz Martínez

Fotografías: María Fernanda Restrepo

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Nuestro viaje, que ha comenzado hace ya unos cinco días, nos sitúa en medio de las montañas del Macizo Colombiano, en un lugar de microclimas, la panadería artesanal de Doña Blanca, el profesor Gilberto y sus coplas.  Estamos en Albania, 30 minutos antes de llegar a La Vega, Cauca. Salimos de ahí con algunos poemas escritos, con nuevos amigos y muy contentos de lo que viene. Cruzamos el páramo y tomamos café en Leticia, compartimos una mesa larga, algo de queso y hojaldras. Sentimos que, en medio de ese frío verde, ese viento chispeado, hacemos parte de un gran pesebre y que la iglesia que está frente a nosotros sólo puede ayudar a confirmarlo. Entonces entramos y casi que hasta miramos un agujero debajo de la iglesia para ponerle las luces de Navidad. Aurelio Arturo sabía muy bien de lo que hablaba en sus poemas, el sur es una postal verde con mil colores: “Oh voces manchadas del tenaz paisaje / llenas del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo asombrosas ramas”.

El polvo es nuestra común identidad de viajeros y hasta las palabras suenan más terrosas. Ahora que comenzamos a bajar del páramo, todos los que estamos en la cabina de adelante del carro agradecemos haber evitado irnos atrás y reímos cada vez que Máncer se pone a molestar a Eduardo y se forma una pequeña escena de pelea: están focalizados en el teatro, a veces viven su vida así.

–Vamos pa’ donde sea con ésta gente –pienso yo mientras todos reímos.

Hasta que recordamos el mareo compartido también. Pensamos, luego de llegar, que debido al aspecto amarillento del conductor por haber ido en la ventana con el vidrio abajo, nuestras ideas se tambalean y sólo podemos atinar a ver a un punto fijo. Todo nos hace pensar en el cabello brillante de nuestro timonel, en la cantidad de semicírculos que hacen falta para llegar.

El máster

Es un hombre de altura promedio, 1.73 cm de estatura, piel amarrada, cabello canoso y largo, gafas de profesor de sociales de décimo. Es un hombre al cual se le nota la experiencia, su postura está milimétricamente determinada y cuando hace de estatua o mimo, se puede ver la armonía de sus movimientos: ya se conocen entre sí, pues desde los 13 años ya hacía de payaso y actuaba frente a un sillón bogotano. Camisa dentro del pantalón y respuestas repletas de aire. Un enigma y una belleza muy de él recorren las actuaciones que hace en el polideportivo junto a su compañera de escena. Las personas se le quedan viendo y es extraño que se vayan más de cinco espectadores. En la despedida decide imaginarse como un robot y pasea alrededor del círculo que formamos el último día. Me siento como en Los viajes del viento y me doy cuenta que el misterio es muy importante en la vida, darle el valor a las cosas que realmente importan: “No se las pique mucho / que se encuentra en tierra ajena…”

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La montaña

El llegar a un lugar desconocido, crea una inmensa necesidad de explorar lo de siempre como nuevo: la iglesia es más grande, el parque está a medio pintar, demasiadas casas con forma de triángulo. Así que cuando llegamos al pie de la montaña decidimos que luego de nuestro entrenamiento en Albania, deberíamos tener la capacidad de subirla fácilmente. Nuestra carga es pesada y está mal distribuida. Sacamos nuestras botas compradas en un granero de Altamira y emprendemos la cuesta con el sol palpitándonos por los escondrijos de los matorrales. A nuestro lado, caminan dos grupos de teatreros de Bogotá y subimos cantando por la montaña. Aquí comenzamos a conocer al Máster, ‘el diablo’ y Juanita. Luego de flojas escenas en medio del barro, coronamos la casa y ahí nos quedamos, estirándonos, teniendo compasión por nosotros mismos y mirando las nubes a lo lejos. Arriba, todo el mundo habla en tonos muy altos teñidos de una necesaria decencia: siempre que se conoce a alguien se llega a ese estado.

Nos quedamos tras bambalinas, arropados con viejas obras nunca estrenadas. La primera noche es la calma, el mar pianito para nosotros. Es genial saber que somos pocos.

El nido

Es una casa de dos pisos con cuatro habitaciones, la cocina y la ducha. Nuestro punto de retorno. Se ensayan obras con cuchara en mano, se establecen los cronogramas del día y se toma cafecito hecho con leña. Anderson, generalmente es el centro del ágape. Hay en la primera planta una serie de libros de la colección del Ministerio de Cultura con dibujos, una guitarra acústica sin cuerdas y con algunas arañas colgantes bastante extrañas.

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Noche con ‘el diablo’

Anderson, el tipo con cara de mímica, es el enigma más curioso de la flota de teatreros. La primera presentación ensancha a la gente en general: si bien el público de la Argentina es un extraordinario consumidor de teatro, algunas cosas no le atrapan.

A todos les agrada la novedad de su expresión, todos los demás grupos los observan con restos de maquillaje asomándose en su caracterización. Pero la escena más importante ocurre en el hall de la casa, al sentirse agradecido por un cigarrillo, se adentra en otra de sus facetas y cambia de expresión. Dice que le va a enseñar a Esteban cómo se enciende un tabaco: saca una cajita con fósforos de madera Bengala y toma uno en su mano derecha, como quien quiere ocultar algo, lo interna dentro de su mano, lo roza y lo deja erguido sobre sobre la llama de su dedo índice.

–Préndalo, pues –le dice, y él, en medio de lo que será su nueva costumbre, se traga algunas bocanadas y se va.

La orquesta de tres

Lo bueno de afrontar los riesgos de la novedad, es que se cuenta con la musicalidad más adecuada, un grupito de desorganizados. Desde que nos conocemos, la mayoría de tertulias complementan los temas con canciones, pero la sagrada es "Senderito de amor" porque además de que nuestro vínculo con el sur nos acerca a sus ritmos, recordamos un documental sobre Fernando Vallejo y su libro La virgen de los sicarios. “Un amor que se me fue / otro amor que me olvidó /  Por el mundo yo voy penando…”

Así que, en cada esquina, pasamos dejando letricas, sones y nos sobresalta cada movimiento en los alrededores. Somos niños viajando entre amigos. Somos el recuerdo de los sueños, en un lugar de tierra templada llamado La Argentina, Huila.

Hacemos humo los días: siempre al regresar al pueblo pasamos a una tienda a comprar Mustang, luego a comer pollo y de ahí a voltear hasta que se hagan las seis, hora en la que comienzan las presentaciones. Buscamos a Máncer, a Eduardo y a los demás del grupo de teatro, mientras caminamos calle abajo.