27 de mayo de 2018

Crónica

Ser chirimía

Las músicas populares perviven y dejan huella por la vocación y el compromiso de artistas anónimos y talentosos que las llevan en la sangre. Por eso en los pueblos y veredas, los acordes de una chirimía hacen parte esencial del paisaje. Pero la falta de apoyo estatal y el implacable eco de lo comercial aparecen siempre como amenaza.

Por: Juan Carlos Pino Correa

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Belarmino Rengifo dice que aprendió a tocar caja, tambor, maracas y charrasca desde los diez años, y ahora, que ya cumplió 73, coordina la chirimía de la vereda Elvecia, ubicada por los lados de El Rodeo y Tarabita, en el municipio de Almaguer.

Cuando él menciona esos nombres yo le cuento que en mi infancia iba a la finca que Francisco Correa y Georgina Mayorga, mis abuelos maternos, tenían en esa zona, pero Belarmino no logra recordarlos aunque le doy toda la información que podría ser de utilidad para ello. Cuando comprendo que pese a la cercanía geográfica quizá sus caminos no se cruzaron nunca, le digo, para cerrar el tema, que “ellos se fueron de aquí en los años ochenta”.

—Ah, claro. Será por eso que no los recuerdo.

Estamos en una oficina de la Alcaldía de Almaguer porque hemos quedado para conversar sobre las chirimías, sobre la cultura musical, sobre los apoyos y abandonos, sobre el talento que crece silvestre por aquí.

A Belarmino le preocupa que “las chirimías se estén acabando”. Dice que ya no se ven sino “las de los mayores”, y lamenta que no se hagan los esfuerzos suficientes para que no se vayan a perder.

—Las chirimías no se deben acabar porque todo el tiempo se ofrecen. Y son cultura —afirma con contundencia.

Una chirimía, me recuerda Belarmino, está compuesta por el tambor, el redoblante, la flauta, la charrasca y las maracas. En su vereda los músicos se juntan cuando bajan una imagen o en las fiestas, y en Navidad y Fin de Año, o cuando hay comparsas. Pero él insiste en que hay que unirse más para mejorar, que el grupo sea permanente en la vereda porque “se mueren los Rengifo y ahí queda, se acabó”.

—Para que la chirimía sobreviva hay que llamar a los muchachos y enseñarles —dice.

Hace dos décadas, en 1997, Almaguer fue sede del Primer Encuentro Nacional de Chirimías, justamente porque es una localidad que ha sabido reconocer y valorar estos grupos que en las distintas veredas revitalizan la tradición. De aquella experiencia quedó como huella el disco De correrías y alumbranzas, grabado con el apoyo del Ministerio de Cultura, que recoge 24 piezas musicales de ritmos variados.

Músicos y labriegos

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Como Belarmino, muchos campesinos del municipio aprenden los acordes de manera empírica, de niños generalmente, escuchando a los otros músicos, practicando una y otra vez de manera solitaria y siguiendo sus propias intuiciones y talentos. Y luego, cuando van creciendo, siguen unidos a aquellos acordes e instrumentos aunque el tiempo para ello deban quitárselo a las labores cotidianas de labranza. Eso sucede con Belarmino, que es agricultor.

—Soy pobre, me toca trabajar a medias. El dueño de la tierra dice: trabaje aquí, y da la semilla, y usted verá de qué modo la cultiva, y luego toca compartir el capital de lo que se coseche.

—¿Y sí queda ganancia?

—Nooo, está es perdido uno, entonces tiene uno que buscar otro camino

—¿O sea que usted no tiene tierra?

—Tengo, pero muy poquita, para una cañita o unas maticas de café, pero poquitas.

Como veo que la particular alegría de Belarmino ha empezado a diluirse cuando abordamos este tema, decido volver al terreno en el que se mueve como pez en el agua.

—¿Me dice que usted aprendió desde los diez años a tocar?

—Sí, pero aprendí primero todos los instrumentos menos la flauta, que es lo más necesario. Fue después de los veinte que me dediqué a la flauta y ahora soy el mejor para tocarla allá en la vereda. Cuando se ofrece cualquier evento, hasta para acá, me llaman a mí. Y pues porque yo los dirijo, si algo están haciendo mal, yo les digo: esto está mal. Entonces dirigirlos es mi deber.

Los otros integrantes de la chirimía son Teodomiro, Adriano, Arnulfo y Faustino. Sueña Belarmino con tener apoyo para enseñarles a los muchachos más pequeños, pero al menos dos o tres horas diarias “porque para sacar un grupo bien, eso toca es bregarle, como en el estudio”.

—¿Qué música escuchan los muchachos hoy en día allá en la vereda? —le pregunto.

—Pues vea, un poco de cosas. La música tradicional, digamos, la están haciendo olvidar. Porque para las fiestas, como la de la Virgen de Los Milagros y así, los grandes grupos los traen de otra parte. Solo cuando hay celebración de encuentros culturales nos llaman acá.

—¿Qué es la chirimía?

—La chirimía es un valor para mí.

Tocar en las veredas

Belarmino cuenta orgulloso que con su grupo ha tocado en Popayán y en Timba, donde fueron muy bien recibidos. Y también con orgullo dice que ha hecho composiciones y “en la mente tiene más temas”. Aunque el repertorio de la chirimía es amplio, Belarmino no sabe el nombre de muchas de las canciones: “uno se aprende temas de chirimía que se escucha en los radios, se los aprende y vaya uno a saber qué títulos tienen, a uno se le olvida, a veces es necesario averiguar el título porque se lo piden, pero eso no es cosa del otro mundo”.

La vena musical de Belarmino le viene de Rubén Rengifo, su padre, quien también era músico. Cuando él tocaba en la vereda con otras personas le fueron surgiendo a Belarmino las inquietudes. “Entonces yo dije: tengo que ser chirimía, y aquí estoy”.

Al escucharlo hablar de su ser y de su hacer, yo me pongo a pensar en las muchas veces que he degustado la música de estas tierras, de la magia que hay en la flauta y en los tambores, que quizás sean una extensión de este paisaje esplendoroso. Y pienso, por supuesto, en la vocación artística de los habitantes de estas tierras, una vocación que nada, ni las violencias, ni el abandono, ni la pobreza, ni las tentaciones fáciles han logrado apagar.

Al final, y a manera de despedida, le agradezco a Belarmino que haya sacado tiempo para hablar conmigo y le digo que la próxima vez me gustaría escucharlo tocar junto a los integrantes de la chirimía de Elvecia.

—Claro que sí, nos reunimos en una fiestica —responde.

Y su sonrisa de alegría ilumina la tarde.