10 de Diciembre 2017

Una pesadilla cotidiana

Enamorarse de la enfermedad

La hipocondría es el trastorno de suponer que se está enfermo todo el tiempo. Según estudios, el género femenino es el más afectado. La situación suele ser objeto de conversaciones cotidianas sin que las personas se den cuenta de que es una patología.

Por: José Antonio Giraldo Restrepo

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Todos los martes, de todos los meses, de todo el año, las mujeres de mi familia se reúnen en mi casa para tomar café. La cita es inaplazable, salvo algún caso de fuerza mayor. Mi tía Ángela trae pandebonos calientes, mi prima Adela un dulce para compartir al final de la tertulia y Pilar, que es mi mamá, alista el agua de panela para colar el café.

Amenizan el ambiente con música, que según ellas es de “viejitas”, preparan a su gusto la bebida caliente y pasan al comedor.

Cuando se hallan todas reunidas, comienzan a hablar de la multitud de obligaciones de la otra, de las vacaciones que anhelan o de las que ya han tenido. De las nuevas adquisiciones que, según ellas, complementan su guardarropa, de los zapatos que con “urgencia” necesitan y también hablan del aumento o disminución de peso de algún familiar al que vieron en una reunión que hubo hace poco.

Después de tratar someramente todos los temas que se les ocurren, llega el momento más interesante y entretenido de la reunión: las enfermedades que esta semana las aquejan.

Es normal que ante situaciones, dificultades, perturbaciones y sufrimientos,  las personas se preocupen por la salud, pero cuando esa preocupación se exagera y aparece de manera constante hasta llegar al punto de  impedir llevar una vida normal, se está ante lo que los especialistas médicos denominan: Trastorno de Ansiedad por Enfermedad; o lo que es lo mismo, hipocondría.

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Mi tía reinicia la conversación expresando que el colchón que ella compró hace menos de un mes, está acabando con su espalda, y que según leyó en internet, una señora había quedado paralítica por culpa de su jergón: que de un momento a otro las piernas de la mujer dejaron de funcionar y que los especialistas le atribuían el mal al bastidor en donde ella dormía. Todas las demás se asombran, asienten y le preguntan: ¿qué va a hacer respecto a eso? Ella responde que el problema es bastante grave y que sin temor alguno irá al médico. Será la quinta vez en ese mes.

Elvira, le da la razón con un movimiento de  cabeza y después dice:

-Lo tuyo no es nada. A mí esta semana me salieron más arañas en las piernas, me duele la cabeza todo el tiempo, he estado comiendo de más, la menopausia me ha dado durísimo, nadie entiende verdaderamente qué es eso hasta que lo padece.

Frunce el ceño, se lleva la mano derecha a la frente y hace un gesto que denota preocupación.

-Hay días en que no me quedan los zapatos, que tengo los pies morados y siento como un vacío espantoso en el estómago. Hablé con mi prima que es enfermera y me dijo que si yo no tomaba cartas en el asunto, eso podía ser complicado, que hay mujeres que se mueren porque no aguantan la menopausia. ¿Te imaginas que una sea la más de malas?

Al ver la escena tan peculiar me di a la tarea de investigar sobre el tema para así, en el próximo encuentro, poder opinar.

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La psicóloga Catalina Fajardo me explicó que las personas que padecen este trastorno, tienden a atravesar crisis de depresión y ansiedad, pues mantienen su mente trabajando todo el tiempo. Incluso parafraseó a Freud, quien exponía que la hipocondría es el enamoramiento de la propia enfermedad. O la enfermedad inventada y buscada que dijeron otros. Inmediatamente pensé en la escena que constantemente veía en mi casa.

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El día del encuentro, les expuse que hablé con alguien acerca de sus conductas y esa persona me había indicado con base a lo que yo comentaba, que ellas necesitaban con urgencia ayuda psicológica. Sorprendidas y algo ofendidas  me refutaron que no padecían ningún trastorno, que todo era debido a la edad y a los problemas que tenían día a día. Así que sin ánimo de discutir me alejé, pero seguí escuchando, como de costumbre, las conversaciones que mantenían.

El  turno fue de mi mamá, quien les contaba a ellas que recibió los resultados de un procedimiento al que estuvo sometida, que era complejo, y los resultados fueron bastante alentadores y alejados del cáncer estomacal que ella auguraba. Exponía que aún tenía miedo de un posible cáncer y que iba a consultar a otro médico, pues le aterraba la idea de estar enferma. Todas le dijeron que era una decisión acertada, que no podía confiarse y que la duda era lo mejor para saber que uno estaba saludable. Yo seguía intrigado por las conductas de ellas, así que continué en la búsqueda de respuestas.

Liliana Charry, una médico psiquiatra, señaló que las personas hipocondríacas acuden a consultas de manera más frecuente, que sólo con enterarse de la existencia de una enfermedad por la radio, la televisión, la prensa o el internet, van a preguntar si acaso no padecen dicho mal,  pero eso sí, jamás aceptan su condición de hipocondriacos. Tan solo expresan que se preocupan de más por su salud. Los especialistas advierten que la mayoría de las veces el tratamiento es más factible con psicólogos, en una terapia de apoyo cognitivo-conductual. Los psiquiatras les envían pastas para la ansiedad y depresión. “Es un trastorno cada vez más común”, dijo la especialista.

Una persona diagnosticada con  Trastorno de Ansiedad por Enfermedad, quien se presentó como Carmen, afirma que no tiene tranquilidad nunca y que ella opta por no ponerse a investigar ya que su complejo es tan grande que somatiza todos sus miedos e inseguridades en nuevas enfermedades. Dijo que las estadísticas en Colombia no son tan claras, pero las más afectadas por la hipocondría son las mujeres y que el rango de edad está entre los 18 y 44 años. Asimismo aseguró que los últimos estudios realizados formalmente para ese trastorno los hizo la Universidad Javeriana, Colciencias y el Ministerio de Salud en el año 2015.

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En otra de las tantas reuniones y con la información que ya había recopilado, decidí explicarles –de nuevo- que lo más sano para ellas era que buscaran ayuda, pues lo único que estaban haciendo era afectar su tranquilidad escudriñando cada semana una enfermedad nueva. Pero como era de esperarse, tomaron como ofensa mi acotación, me mandaron a llamar “locas” a otras, me ignoraron y siguieron hablando de las enfermedades de esa semana. Así que decidí retirarme, no sin antes citarles a Charlotte Brontë, una artista que desgastó su vida por dicha enfermedad: "La hipocondría hace de mí una constante pesadilla diurna".