10 de diciembre de 2017

Ritmos del Patía

Violín patiano: una lucha contra el olvido

“No quedo sino yo”, afirma con desconsuelo Lorenzo Solarte, el último violinista empírico del Patía. A sus sesenta y tantos años, con el mundo a oscuras –hace diez perdió la visión– y la firme convicción de que la tradición de su tierra no puede morir, se enfrenta a punta de arquillo, cantos y crin de caballo contra el olvido.

Por: Carol Murcia Ledesma

Fotografías: Julián Hoyos, Cortesía ARCADIA CINEMA

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Los ‘viejos’, como llama Lorenzo Solarte a sus ancestros, han dejado un legado de lucha y resistencia contra la violencia. Cuando en 1535 la compañía de Sebastián de Belalcázar pasaba por la tierra del Valle del Patía en búsqueda de El Dorado, colonizó el territorio de los indígenas Sindaguas, Bamba y Patía, quienes contaban con una organización político-militar. Oro, sal y servidumbre empezaron a ser sacados a pesar de la resistencia.
No fue sino a inicios del siglo XVII cuando el Patía recobró viejos aires de “libertad” y se conformó “El Castigo”, un refugio para prófugos de todo color que posteriormente se convertiría en uno de los principales palenques para negros prófugos y libertos de Popayán, Panamá, Chocó, Valle del Cauca, Iscuandé, Barbacoas y Almaguer que veían en este valle la oportunidad de una vida digna.
La colonización y mestizaje dio pie a la creación de nuevas manifestaciones culturales bastante particulares, que en este caso se traducían en una nueva forma de resistencia por parte de los esclavos negros.

Resignificar la dominación
Para Rosita, ‘la flaca’, quien es la voz líder de la agrupación Cantaoras del Patía, “el bambuco patiano es la expresión de nuestros ancestros donde demuestran su habilidad tanto para trabajar como para descansar”. Este ritmo musical relegado y totalmente distinto del bambuco de la zona andina, es catalogado como un producto mestizo al recopilar en sus melodías la cultura europea, indígena y africana.
La música, como lo asegura la investigadora Paloma Muñoz, fue un arma de dominación para las culturas ajenas a la europea ya que a través ella se implantaba una nueva ideología. Los negros esclavos aprendieron de sus amos el uso de instrumentos musicales que posteriormente apropiaron a sus contextos para generar un arma de resistencia ante la vulneración de sus derechos.
La base de este bambuco es el violín, un instrumento extranjero traído por las comunidades religiosas y resignificado por las habilidosas manos de esclavos, quienes con guadua, higuerón, totumo y gran agudeza auditiva lograron obtener sonidos particulares de manera empírica.

El instrumento se convirtió en símbolo de la identidad patiana. “Los viejos los elaboraban enterizos, cosa que ahora no la hace nadie. Lo moldeaban a punta de cuchillo, navaja y candela. Se toca ‘golpiao’ y ‘puntiao’, y se afina a puro oído”, explica Lorenzo. La música, swing y oralidad son cosas que el patiano lleva en la sangre, por ello no era extraño, hasta hace unas décadas, que en todas las familias del municipio se naciera con un corazón bambuquero.
Lorenzo menciona que su padre y sus tíos también eran violinistas pero no dejaban tocar el instrumento por nadie. Domina el tiple, la guitarra, el brujo y otros instrumentos de cuerda que le permitieron forjar una carrera musical al lado de grandes personalidades artísticas como Amelia Caicedo y José Parmenio Oliveros quien para ese momento era el único que tocaba el violín a pesar de no pertenecer al municipio de Patía.
La idea de tocar violín siempre estuvo rondando por la cabeza de Lorenzo. A pesar de su cercanía con Oliveros se entregó a apoyar el rescate del bambuco viejo junto a las Cantaoras a través de la guitarra. Pero todo cambió cuando perdió la vista y José Parmenio le heredó sus violines alemanes a sus hijos que no los hicieron sonar nunca más. “Se quedó el Patía sin violinista y dije: no voy a dejar perder esto”, cuenta Lorenzo.

 

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Los tentáculos del olvido
En su proyecto “La música del Patía: Negros, violines, brujos y bambucos”, la musicóloga Paloma Muñoz destaca algunos acontecimientos que fueron indicio del fatídico final que le esperaba al violín.
Para 1732, en el Patía ya existían dos poblados con sus respectivas iglesias. El poder del clero ejercido sobre los patianos era muy fuerte, lo suficiente como para extinguir al brujo, un pequeño tiple de cuatro cuerdas, hijo del violín patiano, construido a base de totumo o higuerón y crin de caballo.
Si el violín era visto como un instrumento místico, el brujo era catalogado por las comunidades franciscanas y jesuitas como algo demoníaco. Y no era para menos: su sonido, mucho más agudo que el del violín, era producido como por arte de magia. Desde la distancia, el músico que lo interpretaba podía hacerlo sonar sin tocarlo, y cuando lo hacía lograba entrar en trance. Esto tenía alarmada a la iglesia que satanizó el instrumento y lo hizo desaparecer, cosa que no logró con el ‘empaute’, una consagración al diablo realizada por algunos patianos para recibir favores a cambio de su alma.
La construcción de la carretera Panamericana, que se empezó a proyectar en la década de los treinta, una oleada de migraciones de los patianos hacia distintas zonas del país en los años cincuenta y la llegada de la luz eléctrica en los sesenta, significaron para el Patía no solo el inicio de la modernización sino también la adopción de nuevas dinámicas de vida, concepción del territorio y resignificación de la cultura que llevaron al desinterés y posterior pérdida de la tradición musical de la zona.
El violín es un instrumento que fue alejado de los jóvenes por el miedo a la inapropiada manipulación del mismo. Ninguno de ‘los viejos’ logró dimensionar el error que cometían al cortar las alas de los futuros violinistas, como lo manifiesta Lorenzo: “El problema era conseguir el instrumento”. Sumado a los anteriores factores, el olvido y negación del Estado frente a la protección y propagación de las tradiciones ancestrales del municipio provocaron que pendiera de un hilo la vida del violín.
“Yo no tuve maestro, aprendí solo a tocar en un violincito artesanal que se hizo aquí en un curso que dieron”. A pesar de haber nacido en el Valle del Patía, para el 2007 solo se contaba con cuatro violines artesanales. Fue gracias a las palancas políticas y la autogestión que se lograron conseguir dos violines tres cuartos, uno de los cuales pasó a manos de Lorenzo. “Al año y medio, en el 2009, fuimos al Petronio con las Cantaoras y ganamos; yo estaba apenas aprendiendo y nos fue bien”.

Una joya a conservar
“El bambuco en el Patía es una red de amistades, de vecindad, de parentesco, que mantiene vigente algunas tradiciones de los pobladores. Los patianos se mantienen a través de él y continúan reinterpretando su cultura con sus cantos, sus toques y violines, que nos dan identidad”, asegura Rosita.
Gracias al constante movimiento de ‘los nuevos viejos’, que con las uñas mantuvieron viva la tradición musical del Patía y buscando sembrar en el corazón de los niños el deseo de mantener este legado cultural, el maestro Lorenzo Solarte, con ayuda de la Alcaldía Municipal y la Gobernación del Cauca, desde hace un año se encuentra liderando un proyecto para el rescate y enseñanza del toque del violín y que cuenta con la participación de más de 200 niños de las poblaciones de El Patía, El Bordo, El Tuno y El Estrecho.
Carlos David, quien pertenece a la escuela musical, cuenta que “para mí tocar es una necesidad, es como si estuviera en mi corazón, no lo puedo dejar”. Por su parte, Carol Tatiana, una de las pupilas aventajadas de Lorenzo, asegura que este ritmo “es del patiano y uno se prende a él y no lo suelta. Uno empieza a aprenderlo hasta que lo baila, lo canta y lo toca”. Sin lugar a dudas, el violín patiano es un instrumento que, como lo aseguran los habitantes, “amontona gente”. Por ello es indispensable dejarse mover por este ritmo y mantener viva la tradición.