06 de noviembre de 2017

Memorias del conflicto

Bocas de Satinga: noche de balas y fuego

El 16 de marzo del 2001, más de 70 hombres del frente 29 de las Farc atacaron el puesto de policía de esta población nariñense. Seis uniformados respondieron al asedio. Reconstrucción de unos hechos que el país espera no vuelvan a repetirse.

Por: Daniel Egas

 

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Como todos los días, a las ocho de la noche comenzaban a apagarse las plantas eléctricas de Bocas de Satinga, cabecera del municipio Olaya Herrera, ubicado al norte del Departamento de Nariño cerca a la Costa Pacífica. El pueblo se sumergía en la oscuridad y las humildes casas construidas en madera a la orilla del Río Patía caían tranquilamente a la luz de la luna y de las velas. Ese viernes 16 de marzo del 2001 la noche no tuvo tranquilidad.

Todo era silencio hasta que un grito desaforado anunció una desgracia. “¡Se metieron, se metieron!”, eran las palabras que salían del hombre que corría despavorido frente a la estación de policía. “¡Pilas, pilas, como que se nos metió la guerrilla!”, gritaba el centinela de turno, el patrullero Zapata. Los otros cinco policías que se encontraban en la estación supieron que esa noche no sería como las demás.

Se rompe la tranquilidad

El agente Jairo Salazar Hernández, oriundo de la ciudad de Pasto, aprovechaba su día de descanso. En bermudas, camiseta y chanclas, se encontraba en la sala de la estación mirando el noticiero frente a un pequeño televisor de 22 pulgadas al que cada determinado tiempo había que moverle la antena y, de vez en vez, darle un par de golpes. El momento de descanso se esfumó cuando el silencio del lugar fue remplazado por el sonido de los primeros cilindros bomba que estallaban cada vez más cerca de la estación.

Salazar, rápidamente cambió las chanclas por unos zapatos: no hubo tiempo para uniformarse, solo para tomar su Galil 7.65, su chaleco con municiones y unas cuantas granadas. Las ráfagas de bala provenientes de los hombres armados de la columna Alonso Arteaga, del frente 29 de las Farc, no permitían ni siquiera asomarse por la ventana del recinto. El miedo se apoderó de los militares.

Sentado bajo una ventana, con los ojos cerrados, al agente Salazar se le escapaban las lágrimas y en la desolación del momento solo pudo encontrar refugio en el recuerdo de sus seres queridos. En medio del llanto, las plegarias a Dios no se dejaban de escuchar. “Nos van a matar, nos van a matar”, eran las palabras que al compás de las balas retumbaban en la mente de Salazar.

El Sargento Epifanio Ramos, al mando de la pequeña brigada de policías, no supo cómo actuar. Él no fue inmune al miedo y, al igual que sus subalternos, las lágrimas le empezaron a caer por entre los surcos del rostro como única respuesta al fuego enemigo.

Salazar recordó que justamente nueve días atrás, en el municipio de San Pablo, Nariño, una toma guerrillera le había arrebatado la vida a siete colegas, entre ellos el agente Ever Muñoz Ojeda, uno de sus amigos del alma. Entonces pensó que quizá compartiría el mismo destino de Ojeda. No por nada, Nariño ocupa el cuarto departamento con mayor número de víctimas por el conflicto armado, 320.000 en total.

El patrullero Zapata fue el primero en devolver el fuego a los subversivos. Salazar no se inmutó y solo logró ponerse en pie cuando escuchó la voz entrecortada y desgarrada de su compañero: “Salazar, Salazar, nos van a matar”, le dijo el agente Guerrero.

Momentos de tregua y plomo

“Paren, paren que hay niños”, gritó el agente Salazar después de ganar la primera batalla de la noche: le arrebató al miedo el destino de su vida. En la estación de policía se encontraban los dos hijos de la persona que se encargaba de la alimentación de los uniformados, pues, como de costumbre, se quedaban ahí viendo las noticias en uno de los pocos televisores del pueblo.

En ese momento las balas y explosiones dejaron de sonar. La esposa del agente Guerrero, quien se encontraba en el lugar, logró sacar a los niños y llevarlos a un lugar seguro. La mujer regresó a la estación de policía a pesar de haber podido escapar: ahí, en la estación, estaba su esposo y ella no lo podía abandonar.

 

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Salazar al ver a sus compañeros quebrados en llanto y desesperación, recogió todo el armamento que tenía a la mano, haciéndose con dos fusiles más y unos cuatro mil cartuchos. “Si nos matan, que nos maten peleando”, dijo Salazar a sus compañeros, tratando de llenarles el cuerpo de eso que llaman coraje. Quebrando el vidrio de la ventana con el cañón del fusil, Salazar les devolvió las primeras balas a los guerrilleros.

El olor en el aire entró en contacto con el agente Salazar. Entonces logró comprobar la teoría que sus colegas le habían dicho tiempo atrás: el olor a pólvora ánima y sube la moral. Por eso, el temor quedaba atrás, el agente “repartía plomo, feliz”, sin pensar en nada más. Cuando uno de los fusiles se trababa, tomaba otro pero no dejaba de disparar: la única tregua que les daba a los guerrilleros era mientras debía volver a cargar el proveedor.

Al mismo tiempo, sus compañeros espabilaban y tomaban sus posiciones: sí, el olor a pólvora les subía la moral. Dos agentes, Bravo y Salas, se encargaron de cubrir la retaguardia pues los guerrilleros rápidamente los habían rodeado. En la parte frontal estaban el Sargento Ramos, el patrullero Zapata y los agentes Guerrero y Salazar. Los cuatro combatían frente a frente a los subversivos desde la trinchera y la ventana de la estación.

Mientras tanto, en la capital nariñense, ya se escuchaban las oraciones por el alma de los policías caídos en combate en el municipio de Bocas de Satinga. Comandantes y familiares creían muertos a los policías que a esa misma hora seguían combatiendo incansablemente a los hombres de las Farc. La confusión se dio al llamar a la estación de Satinga y la voz de la esposa del agente Guerrero hizo pensar que los guerrilleros ya tenían acorralados a los policías.

La muerte era lo único que esperaban familiares y allegados al grupo de policías, pues precisamente, para esa época, el fracaso de los diálogos de paz en el Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana conllevaron a un recrudecimiento de actos hostiles por parte de grupos guerrilleros, al punto que se llegó a registrar la tasa más alta de víctimas entre el 2001 y 2002, con un total de 1.258.274 afectados por el conflicto.

Y en un arrebato…

Muy cerca a la estación de policía, en una esquina, funcionaba una sala de billares. Era viernes y, como en todo pueblo, las pocas cantinas que contaban con planta eléctrica aumentaban el volumen de la música. Sin embargo, esa noche las balas y la muerte se robaron todo el protagonismo. Por cuestiones de la vida, en el momento en que el hostigamiento comenzaba, la canción que en el billar sonaba era “Ilusiones” de Diomedes Díaz. El sobrecogedor sonido del acordeón de Franco Arguelles, acompañó los balazos una y otra vez como si la muerte, esa noche y solo esa noche, hubiese querido ser más amigable que en otras ocasiones.

“Y en un arrebato de mi vida loca… darte un besito en la boca”, cantaba el agente Salazar mientras jalaba el gatillo de su fusil. Como tratando de burlarse de sus enemigos, cada vez su canto se escuchaba más fuerte. “Cuánto diera por llegar allá mi vida, y encontrarte solitaria en esa esquina”, entonaba, mientras le apuntaba a los guerrilleros   atrincherados    tras    las    paredes    del    caserío.    Una y otra vez la canción acompañó sin descanso el enfrentamiento que duró más de cinco horas.

Salazar salió de la trinchera en busca de un cigarrillo, pero se quedó con las ganas pues de lo que era la estación no quedaba en pie casi nada. La dinamita y las granadas habían tumbado e incendiado la estructura del puesto de policía. Ropa, papeles, uniformes e incluso los “cigarrillitos”… todo estaba destruido. “Me quedé con las ganas de fumar”, dice con una sonrisa en la cara.

Peor que las balas

Después de varias horas de fuertes combates, a las 11 de la noche el silencio volvió a apoderarse del lugar. “¿Será que se fueron? ¿Será que siguen ahí?”, se preguntaban los agentes que lentamente salían de la trinchera buscando a los dos compañeros que cuidaban la retaguardia. Ellos no estaban. Lo primero que pensaron los uniformados fue que quizá los secuestraron y que habrían entrado a engrosar la lista de civiles y uniformados retenidos por grupos guerrilleros.

En completo silencio se encerraron en lo que quedaba de la estación, donde además se encontraba una perrita criolla que los agentes habían adoptado. El animal, completamente asustado, no se despegaba ni un segundo de las piernas del agente Salazar. “Quite de aquí, chandosa, que por matarme a mí le pegan un tiro a usted”, le decía él mientras le da palmadas en la cabeza.

 

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“Muchachos vamos a tener que irnos”, dijo luego el Sargento Ramos a sus subalternos. Entonces salieron por la parte de atrás de la Estación, tomaron su armamento y se lanzaron al pantano pues era la única ruta de escape medianamente segura. El fango les llegaba casi que a la altura de la cintura y a paso lento y arduo, con más de 10 kilos extra de peso por el armamento, intentaban ponerse a salvo.

Caminaron hasta llegar a una casa en la cual pudieron esconderse. En ese mismo lugar estaba el agente Salas. Los cinco uniformados se escondieron bajo la estructura de la pequeña casa que, a diferencia de las demás, aún lograba resistir el ataque.

Completamente rodeados por todos los lados, el patrullero Zapata se trepó por una de las ventanas de la casa pero se le escapó de las manos el fusil que fue a caer en un tejado improvisado hecho de remiendos de lata y tejas de zinc. Entonces la balacera comenzó de nuevo. “Ahí están, ahí están”, gritaron los guerrilleros en medio del sonido de las balas. Zapata emitió un quejido de dolor y se desplomó desde donde estaba. “Le dieron, le dieron: lo mataron”, gritó el agente Salazar.

Tratando de esconderse de las balas, Salazar sintió algo en su pantorrilla y a la luz de las llamas del pueblo incendiado, se percató de que era sangre.

–Guerrero, me dieron. ¡Estoy herido! –gritó Salazar.

–¿Dónde, dónde? –preguntó Guerrero.

–Creo que en la pierna –precisó Salazar mientras palpaba la piel abierta de la herida.

–Ah, jueputa, ¿Y ahora qué hacemos? Tenemos que ir al puesto de salud –indicó Guerrero.

–Pero la guerrilla está ahí, hermano –dijo Salazar, con cierta desesperación.

–Vos estás de civil. Yo te acompaño hasta cierta parte, después te vas solo – concluyó Guerrero.

–Hágale marica, qué hijueputa.

Salazar dejó escondido su fusil debajo de la estructura de la casa, se deshizo de todo aquello que pudiera identificarlo como policía y salió escoltado por el agente Guerrero intentando llegar al puesto de salud.

 

El tiro de gracia

Parecía que el día de descanso daba sus frutos. Como civil, en pantaloneta y camiseta, el agente Salazar caminaba por las calles destapadas del pueblo, cojeando, intentando llegar al puesto de salud.

–Alto –le dijeron tres guerrilleros apuntándole por la espalda–. ¿Vos qué hacés, pa dónde vas, quién sos?

En silencio, Salazar respondió mostrando la herida en su pierna

–Eso es herida de bala, vamos donde mi comandante –concluyeron los guerrilleros.

Nuevamente lo llevaron a la estación de policía. Ahí estaba la mayoría de subversivos saqueando lo poco que quedaba.

–Ah, este es policía –dijo el comandante apenas lo vio–. O vas a decir que no. Vos esta mañana estuviste jugando billar aquí a lado. ¿Cierto?

–Sí, yo soy policía –respondió Salazar sin temor.

Al agente lo hicieron sentar en una silla que terminó por partirse. Entonces se quedó en el suelo mientras más de 40 hombres armados lo rodeaban.

 

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–Yo no sé por qué hijueputa ustedes se hacen matar chimbamente –dijo el comandante al agente Salazar, con quien sostuvo una discusión subida de tono que motivó al comandante a hacer una señal: tocarse el cuello dos veces con el índice.

Los guerrilleros presentes se apartaron del lugar y solo uno quedó detrás de Salazar. Sudando frío y con un rechinar de dientes, el agente cerró los ojos y los apretó fuertemente. El silencio del pueblo fue opacado de nuevo por el sonido de una bala, una sola bala.

Salazar abrió los ojos. Por un momento creyó que estaba muerto. El sonido del disparo se disipó de a poco mientras el comandante increpó al hombre del disparo. Nunca sabrá si el fusil se trabó, el tiro escapó o el tirador erró. Hasta ahora el agente Salazar no logra explicárselo. El momento fue muy confuso: “Huevón, casi me lo pegas a mí”, gritó el comandante.

Justo a esa hora pasaba por el lugar un seminarista de la iglesia.

–Buenas noches –saludó a los guerrilleros con completa calma.

El comandante lo llamó y le ordenó llevar al agente al puesto de salud. Salazar no podía creerlo y, colmado de desconfianza, cada tres pasos miraba hacia atrás creyendo que los guerrilleros le iban a disparar por la espalda.

Mientras cientos de hombres armados miraban de pies a cabeza a Salazar, el seminarista, en un acto de inocencia, le agradecía a Dios porque “los refuerzos llegaron rápido”.

–¿Cuáles refuerzos? –preguntó Salazar.

–Pues vea todos los soldados que hay.

–¡Noooo, mijo! Esos son guerrilleros –explicó el agente.

Con la ayuda del religioso, Salazar logró llegar al hospital donde un médico le revisó la herida y procedió a cogerle puntos. La situación no era grave, pues la bala no comprometía la extremidad. Allí le contaron que había siete heridos de las Farc, uno de ellos de gravedad: eso explicaba la presencia de integrantes del grupo subversivo en los pasillos del centro médico.

“A alguno de esos le tuve que dar, a alguno”, pensaba en el momento en el que veía a los guerrilleros en las camillas, en especial al herido de mayor gravedad. Una de las balas del Galil 7.65 había impactado por la espalda: el proyectil había salido por el pecho dejándolo gravemente herido y al borde de la muerte. “El guerrillero solo movía los ojos”, asegura Salazar.

Luces sobre el río

Era más de medianoche cuando los guerrilleros salieron del lugar, cargaron a sus heridos y abordaron lanchas para escapar. Salazar se asomó por la ventana del hospital y vio al avión fantasma disparando ráfagas y ráfagas a los fugitivos. “Una lluvia de luces caía sobre el rio”, así define el agente Salazar la operación de la Fuerza Aérea.

Cerca de las dos de la mañana los guerrilleros ya navegaban el río Patía. “Ya se fueron, ya se fueron”, decían en los pasillos del centro médico. Pero para Salazar había otra preocupación: “¿dónde están mis compañeros?”, se preguntaba, y nadie respondía. De nuevo el desasosiego se apoderó del agente. “¿Qué pasó con los demás? ¿Qué paso con Zapata?”.

En ese mismo momento entró el patrullero Zapata con el fusil en la mano y cargado en una improvisada camilla por un grupo de civiles. Las lágrimas nuevamente se apoderan del lugar. “Uy, Zapata, gracias a Dios estamos vivos”, repetía una y otra vez el agente Salazar. A Zapata una bala le había atravesado la rodilla.

El agente Salazar tomó un radio e intentó comunicarse con sus superiores. Tuvo éxito en ello y logró informar que había tres heridos, dos a salvo y un desaparecido, el agente Bravo, quien se reportaría horas después. Así terminó la noche en el pueblo.

 

Último recorrido

A las diez de la mañana llegaron refuerzos a la zona y a las cinco de la tarde arribó el helicóptero para evacuar a los heridos Zapata y Salas, y al agente Salazar, a quien llevaron cargado desde el puesto de salud. En el recorrido, al dolor de la herida mal curada se sumó el dolor de la escena que sus ojos veían. El pueblo estaba completamente destruido: nada quedaba en pie, todo estaba quemado y la gente se agolpaba en las calles, cabizbaja y angustiada por el dolor de perderlo todo.

 

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Cuando pasó al frente de la estación derruida, reconoció la fuente de soda que había al lado. Precisamente días antes, la dueña había dialogado con él sobre qué hacer en caso de una toma guerrillera. El cuerpo de la señora y su compañero sentimental estaban carbonizados. Ella no siguió el consejo del agente Salazar: no salió corriendo del lugar y por el contrario se encerró en su casa, que fue consumida por el fuego, como casi todas las demás.

Entre otras víctimas mortales que dejó el enfrentamiento, también se encontraban Pablo Castro, Secretario de Educación, y Junior Salas, Director de Desarrollo Comunitario del Municipio, al igual que Yesid García, un civil. Además un empleado de la Alcaldía falleció por un infarto. Todos ellos hacen parte de los más de 177.307 civiles muertos que ha dejado el conflicto armado en Colombia.

Ya en el helicóptero, Salazar pudo ver las consecuencias de la guerra. Del pequeño municipio de Satinga solo quedaron cenizas. La humilde población fue arrasada por los cilindros bomba que destruyeron la mayoría de las casas, todas construidas en madera.

Tras 18 años de servicio en la Policía Nacional, Salazar, que ya había sobrevivido a riñas, balaceras y había pasado con relativa tranquilidad su vida prestándole servicio a su patria, sobrevivió a lo que hasta ahora ha sido la experiencia más cercana a la muerte. Actualmente, jubilado, vive en la ciudad de Popayán.

De aquel suceso solo le queda una fotografía que apareció en el Diario del Sur, periódico de la ciudad de Pasto, y una cicatriz en la pantorrilla, que quedó después de que tuvieran que cortarle varios pedazos de piel muerta, pues la herida se había infectado. Por suerte no le amputaron la pierna.

Después de más de seis meses entre quirófanos y terapias logró recuperarse y volvió a trabajar en la ciudad de Pasto. Luego, en el 2007, con 25 años de servicio, decidió jubilarse. Le faltaba acción y en los puestos que le asignaban ya no la podía encontrar.

Al agente Salazar no le dieron ni una medalla ni ningún reconocimiento por el acto de valentía que tuvo junto a sus compañeros: por el contrario, tuvo que luchar para que el Estado lo indemnizara por la herida. Siete millones de pesos fue lo que obtuvo como resarcimiento. Pero el dinero no le importa mucho, él hubiera preferido una medalla o por lo menos un reconocimiento honorable. Nunca lo recibió.