Este domingo, el partido definitivo

 “Verde que te quiero verde”

Dos caras de un mismo color es lo que se puede ver esta semana en la final del fútbol colombiano. Confesión de dos estudiantes —Lina Palta y Melisa Mera— sobre el club de sus amores y que bien vale titular con un verso de Lorca, aunque no haya originalidad en ello. A Co.marca le contaron su experiencia de haber estado alguna vez en el estadio alentando a su equipo.

 Por: Melisa Mera y Lina Palta

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Tiempo Uno. Atlético Nacional: una pasión para toda la vida

 Por: Lina Alejandra Palta

 “Mis abuelos me enseñaron a quererte, a alentarte y a seguirte hasta la muerte”. Una sola voz se escucha en la tribuna sur del Atanasio Girardot, un cántico que te eriza la piel, y con el que se te hace un nudo en la garganta.

Lo que se hereda no se hurta, como dicen por ahí, y es que este sentimiento de amor real y pasión desbordada por el verde y blanco paisa, me lo inculcaron desde el vientre de mi madre. Ya cuando tenía 11 años conocí a mis ídolos, acompañada de la persona que más me enseñó de amor por el fútbol y este equipo: mi tía Diana Paola, quien desde el 2003 pertenece a la barra de “los del sur”, como se denominan estos fieles seguidores de Atlético Nacional. Un 5 de mayo del 2007 ella me llevó a conocer al que sería el equipo de mis amores, precisamente en un amistoso contra el Deportivo Cali que tuvo como resultado final un cero a cero. Ese día supe que mi corazón sería para siempre del onceno paisa.

Reinaldo Rueda lleva siete victorias en dos años mal contados. Entre ellas liga colombiana, súper liga, Copa Libertadores, una aparatosa Sudamericana y la recopa de la misma. El 27 de julio de 2016 (segunda Copa Libertadores para el club) y el 10 de mayo de 2017 (recopa Sudamericana) son fechas que quedarán grabadas para la historia de Atlético Nacional y Reinaldo. Su proceso como director técnico ha sido brillante y de parte de los hinchas no quedan más que agradecimientos, pues muchos de los seguidores más jóvenes somos de la generación del 90, razón por la cual no tenemos recuerdos de la Libertadores de 1989.

“Yo recuerdo el primer día que vine a verte y mi viejo estaba orgulloso por verme de verde”. Cánticos como este son himnos en finales, ya sea en el estadio o el sitio de encuentro de los hinchas en las diferentes ciudades de Colombia. Y es que un equipo como Nacional tiene mal acostumbrados a sus seguidores pues año tras año se celebran nuevos títulos. Es ritual una previa al partido donde todos son amigos. En las afueras del estadio solo se escucha el  choque de cervezas con el pregón verde de fondo. Ya en la tribuna popular el sentimiento es indescriptible, esa sensación de adrenalina y un vacío en el estómago acompañado de “mariposas”, cual encuentro con esa persona de la que alguna vez hemos estado enamorados.

Atlético Nacional es un club deportivo con 70 años de trayectoria y 26 triunfos que lo convierten en el equipo más copero de Colombia. Nació el 7 de marzo de 1947 bajo el nombre de Club Atlético Municipal de Medellín, pero a partir de 1950 tomó razón social con el nombre que se conoce hoy en día. Actualmente se encuentra catalogado como uno de los mejores equipos a nivel mundial y pasa por una de sus mejores rachas deportivas.

Las banderas verdes y blancas, uno que otro cántico con rimas de aliento y otras como ofensas al rival, serán el protocolo para una final más, esta vez contra el Deportivo Cali. Algunos expresarán la desesperación y tensión que conlleva una fecha como esta, acabando cajetillas enteras de cigarrillos y otros hasta comiéndose sus uñas. El panorama siempre pinta alentador para quienes no pierden la fe por su equipo y la hermandad será la mayor muestra del amor por los colores de una camiseta.

  

Tiempo Dos. Deportivo Cali: todo un torbellino de emociones

Por: Melisa Fernanda Mera

En la tribuna oriental, a mi lado, estaba una señora a la que el paso de los años se le notaba en las arrugas. Cantaba y saltaba como una quinceañera a la que no le duelen las articulaciones, besaba el escudo de su camiseta y ondeaba su bandera en el minuto 90 con la misma fuerza con la que lo hizo cuando el equipo saltó a la cancha. Verla tan efusiva disfrutar de la fiesta del futbol, me hizo pensar que esta pasión te mueve, te da ganas de vivir. Yo estaba tan nerviosa como la vez del primer beso. Ese día me levanté temprano, algo que en mí no es usual. Me bañé al son de Pachito e’ché, una cábala para antes del partido, me puse mi camiseta favorita y estaba lista para alentar.

FinalFutbolColEl sol hacía que las gotas de sudor cayeran por la frente, pero incluso el clima sabía que la única manera de calmar las emociones sería un poco de agua. Pero nada detiene a una hinchada sedienta de gol. Salieron los equipos a calentar y como si fueran mis ídolos de toda la vida corrí a darles la bienvenida. El Cali era alentado por su gente. El América, por el contrario, fue abucheado desde que pisó la gramilla: queríamos que sintieran la presión de estar en nuestra casa. Y yo, estaba ahí, siendo plenamente feliz en un ambiente solamente verde y blanco.

Saltaron a la cancha los equipos, el árbitro dio el pitazo inicial y desde la tribuna sur salió un tifo que decía: Welcome to green hell. Lanzaron serpentinas, bombas verdes y blancas, las banderas del equipo se agitaban, la tensión se sentía en el ambiente. En unos más que en otros, que camuflados bajo camisetas verdes alentaban al rival.

Un primer tiempo sufrido para los dos equipos. En la cara de la gente se podía ver cuántas emociones puede generar el ver 22 hombres corriendo tras un balón. Caras largas, gritos ahogados, lágrimas y uno que otro padre nuestro. Un partido de ida y vuelta, un juego abierto e intenso para ambos equipos. El Frente radical no dejaba de alentar. Desde lejos yo veía como disfrutan del carnaval. Saltaban, gritaban. ¿Qué lindo que es el fútbol!

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El segundo tiempo comenzó  con un gol de América: Martínez Borja a Farías y pase de gol que logró anotar Lucumí. Sentí que por dentro me quebraba. El estadio se quedó perplejo, por un momento la instrumental se quedó en silencio, las caras que antes explotaban de felicidad ahora parecía que hubieran visto un fantasma. Sentí que mis ojos se llenaron de lágrimas, mi mente estaba en blanco pero mi garganta con una voz casi quebrada tenía algo que decir: pongan huevos hijueputas. Desde todas las localidades se escuchaba al unísono: “para salir campiones hay que poner máááás hueeevos, hueeevos, sudar la camiseta”. Y es que, como dijo el argentino Mario Desiderio: “La camiseta del Cali pesa una tonelada, las demás una libra”.

Todavía quedaba tiempo para poner el marcador a nuestro favor, cada jugada nos ponía los pelos de punta. Esta vez no pude contener las lágrimas, grité, salté. En el minuto 79 el estadio se unió en un solo grito: ¡Goooooooooooooooool! Germán Mera había logrado convertir. ¡Vamos daleee verde, vamos dame una alegría!  Los dos equipos estaban decididos a buscar el gol de la victoria. Quedarte sentado era casi una misión imposible, el corazón estaba a mil pulsaciones por segundo, miraba al cielo pidiendo un acto de gracia divina que permitiera saciar mis ganas de euforia.

Y ahí llegó Nicolás Benedetti, el poeta del gol, cerró con broche de oro la fiesta. Una genialidad que solo podía salir de sus pies. No quería irme, quería congelar ese momento para usarlo como una dosis de adrenalina diaria, había soñado toda una vida con estos 90 minutos, con quedarme sin voz de tanto alentar, con ver a mi equipo ganarle al rival de patio.

Comprendí que estos son los premios que te regala la vida, aprender a disfrutar de los pequeños detalles que no puedes comprar. Siempre voy a recordar de ese día hasta el más mínimo detalle, los gritos que oí, las caras rojas de emoción que vi. Ese diecinueve de marzo de 2017 fue un torbellino de emociones. Así es el fútbol: te llena, te alegra, te hace llorar, gritar y hasta besar.