26 de Julio de 2017

Crónica de Viaje 

A treinta y tres kilómetros 

Ingresar a la educación superior puede parecer un sueño absurdo para algún joven campesino en este país, dadas las condiciones socioeconómicas pero también culturales y geográficas. Pero no siempre es así. Esta historia narra la experiencia de un viaje anhelado como el que esta semana muchos jóvenes han realizado para iniciar estudios en la Universidad del Cauca.

Texto: Jenny Quiñónez Hoyos

Fotografías: Alfredo Valderruten 

Carretera Foto de Alfredo Valderruten

“Popayán 33 KM”, anunciaba la señal. Había recorrido más de 100 kilómetros y el temor y la ansiedad me desgarraban…

Horas atrás don Ismael, mi vecino me había preguntado: “¿Si viaja?”, mientras yo intentaba buscar un lugar en medio del pasillo del bus. Cubrí mi rostro evitando las olas de polvo que entraban por las ventanas e intenté desatar el nudo que tenía en la garganta para poderle responder. Aquel “sí, viajo”, significaba la afirmación más esperada por mí, por mi familia, creo que también por mi pueblo. Viajaba a la ciudad a estudiar.

Me esperaban aproximadamente 150 kilómetros para llegar a Popayán, la capital del Cauca. Cada kilómetro avanzado me traía a la memoria varias cosas. Las palabras insistentes de mi madre, explicándome que en el estudio estaba nuestro futuro. También las de mi padre, diciéndome que no había criado hijos para él, sino para la sociedad. Con ello me insinuaba que mi casa, aquella en la que nací y crecí, era sólo un sitio de paso, que otros lugares me esperarían en la vida.

Pasamos por La Cuchilla, justo en la falda del cerro de Bolívar Cauca. Alcancé a ver la cima del cerro por en medio de la gente y de nuevo volví a la memoria. Había caminado muchas veces por ahí. Había subido a esa cima y desde allí había visto la inmensidad del Cauca. Eso sí, nunca vi la ciudad.

Luego llegamos a Bolívar. El conductor y algunos pasajeros habían viajado por casi seis horas desde la profundidad del Macizo Colombiano y necesitaban descansar. Venían de Santa Rosa, la Bota Caucana, donde la carretera termina para darle paso a la selva y la fauna. Entonces recordé que hasta hacía poco tiempo, esa era quizá una de las pocas zonas vírgenes en recursos naturales que quedaban en mi país. Recordé también que allí el aire pesaba, que el agua y los árboles tenían el mismo color verde esmeralda. Lamentablemente la intención de mercantilizar nuestros pueblos también los tocó. Llegaron los parques nacionales y otros proyectos de explotación. Debí advertir que soy muy despistada. Me gusta recordar cosas mientras cuento historias.

Observé a don Ismael bajarse del bus, se despidió de mí y cogió camino hacia la plaza de mercado. Confieso que sentí angustia al verlo alejarse. Aunque sólo era mi paisano, esa despedida significaba apartarme de los míos, despojarme de la seguridad que me brindaba mi tierra. Ahí empezó realmente mi travesía a lo desconocido. Tenía mucho miedo, pero también tenía la corazonada de que valdría la pena.

El Morro Foto de Alfredo ValderrutenFinalmente logré un puesto en el bus. Aproveché la ventana para observar el recorrido. Algo me decía que no iba a volver pronto. Quizá no volvería, eso no lo sabía. Ahí sólo contaba con una ilusión. La Universidad del Cauca me había aceptado para ingresar al programa de Lenguas Modernas. En realidad siempre había querido estudiar Comunicación Social, pero igual estaba feliz, y aunque aún no sabía lo que me esperaba, tenía claro que esa era la oportunidad para intentar dignificar la existencia de mi pueblo, de mi gente, también la mía.

Atravesamos por el corregimiento de Los Rastrojos. Desde ahí se podía ver la grandeza del valle del Patía, también de las 

montañas, especialmente del Cerro de Lerma. Había escuchado mucho sobre él. Pero lo que más me llamaba la atención era que ahí habitaban monos. Claro está que eso no me sorprendía. Viví en el Macizo Colombiano, donde nacen los principales ríos de Colombia, donde confluimos indígenas, negros y mestizos, donde los mitos y las leyendas abundan en cada territorio.                       

Desde pequeña me contaron varias de estas historias misteriosas. Algunas con la intención de atemorizarme y hacer que fuera obediente, otras para amenizar las noches en casa de mi abuela, mientras mis primos y yo la acompañábamos a tostar sus hojitas de coca para mambear. Nos daba la media noche en esas y nos encantaba salir al corredor a esperar que el duende llorara para desafiarlo. Ese era nuestro plan favorito. Una vez más me 

distraje, aunque creo que esta vez lo hice con intención. Me gusta contar sobre cómo se vive en mi pueblo.

Llevaba cinco horas de viaje, más o menos el mismo tiempo desde que había empezado a despedirme de mi gente. Recuerdo que pasé por las casas de mis familiares y mis vecinos más cercanos. Todos me desearon cosas buenas y con nostalgia me encomendaron una misión: no regresar sin ser una profesional. Doña Susana, gran amiga de la casa, me dijo que mi padre pensaba que ese viaje era la esperanza de mi familia. También una amiga me advirtió que lo difícil de la Universidad no era entrar, sino mantenerse. Yo preferí no atormentarme con eso. Había aprendido de mis padres que se debe terminar lo que se empieza. Además habíamos luchado incansablemente contra el sol y el agua para que ese día llegara. Así que el asunto de mantenerme no era opcional, no para mí.

Avanzamos un poco más y de repente empecé a sentir mucho calor y a percibir un olor particular a carne ahumada y limón; habíamos llegado al Patía. ¡Ahí sí que hay mitos y leyendas! Aproveché la parada del bus para comprar unas rosquillas. Recuerdo que en la tienda me encontré con un compañero de colegio. Él era interno y estudió su bachillerato en mi pueblo, parecía que estaba dedicado a ayudar a su familia en labores de casa. Me despedí rápidamente de él porque el pito destemplado del bus me avisaba que continuaríamos con el viaje.

Fue inevitable recordar a mis compañeros de colegio en ese momento. 

Recordé el día de nuestra graduación. Estábamos muy felices. Los chicos porque pronto se irían a la policía o al ejército, otros porque ese día terminaba una etapa tortuosa en su vida. Las chicas porque podrían irse a la ciudad a trabajar y otras porque habían cumplido con el requisito máximo para poder amancebarse, como decía mi abuela, con sus maridos. Ahora sé que eso mismo sucede en muchas regiones del país, donde las aspiraciones educativas para los jóvenes rurales son mínimas, donde lograr el bachillerato ya es un privilegio. Pensar en más es un lujo que pocos pueden darse.

Mi viaje ya estaba terminando. Una señal a la orilla de la vía me anunciaba que quedaban 33 KM para llegar a Popayán. El temor y la ansiedad me desgarraban. Sin embargo, y de nuevo una corazonada me decía que valdría la pena.