11 de octubre de 2017

Memoria del conflicto armado

Ni muertos para llorar

Tras la puesta en marcha del Plan Colombia, en el país se desató una fuerte ola de acciones armadas por parte de las Farc. En ese contexto, El Bordo Cauca fue blanco de un ataque guerrillero en marzo del 2000, cuyos detalles se reconstruyen en esta crónica.

Por: Carol D. Murcia Ledesma

 

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El Bordo, es la cabecera municipal del Patía. Sus habitantes son devotos y afirman que gracias a Dios esa noche se salvaron.

 

“Mientras la zanahoria caía del mesón, la vida entera se me iba con ella. Hasta que sonaba el golpe y los recuerdos a blanco y negro bombardeaban mi mente. Yo solo quería arrancar a correr, meterme en algún lugar porque parecía que ya se estuvieran entrando. El sonido era como el de la primera pipeta y se repetía la misma zozobra, la de todos los días”, recuerda María Teresa, mi abuela, mientras toma su taza de café con la mirada perdida, como si buscara mantener la compostura ante la asechanza del ayer. 

El Bordo es una tierra cálida del Sur del Cauca donde el sol tuesta la piel y la carretera derrite la suela de los zapatos. Sin embargo, hoy el cielo está apagado, parece como si las nubes tuvieran memoria. Ese día, ellas también lloraron, se desesperaron y chocaron, tal como la gente del pueblo. 

Jaimito, a eso de las nueve y treinta de la noche se disponía a cerrar su peluquería cuando un furgón, de esos que cargan alimentos, se parqueó frente a su local. De él descendieron hombres desconocidos que con camuflado y botas de caucho le pidieron un corte de cabello. Aunque extrañado, Jaimito accedió a hacer el trabajo, al fin y al cabo era buena plata la que entraría.

Todo iba “al pelo” hasta que se escuchó la primera ráfaga. Los de las botas de caucho se miraron cómplices. Jaimito recurrió a la súplica para salvar su vida e hincó sus rodillas para recibir un “marica, callate o te quemamos el culo”. Eran ya las diez cuando lo obligaron a mirar cómo ellos hacían su entrada triunfal a la Panamericana.En ese momento, la jueza María Mercedes David, al son de una explosión ni la verraca, dijo: “¡Hijueputa, la guerrilla se metió! Pero si todavía no era”. Y con razón. Según los bordeños, “ya había el run run de que la guerrilla se iba a entrar”. Aunque todos los sabían, ‘abu’ apenas “se desayunaba”. Todo estaba presupuestado para que se tomaran el pueblo el viernes, pero se adelantaron y el martes 7 de marzo del 2000, arribaron aproximadamente 400 insurgentes del frente 8 y 9 de las Farc.

Por esa época, el presidente Andrés Pastrana había puesto en marcha junto al gobierno estadounidense “El Plan Colombia”, cuyo fin consistía en erradicar el narcotráfico, los grupos insurgentes y fortalecer la institucionalidad a través del mejoramiento de la ofensiva militar. Sin escatimar gastos ni medir consecuencias, se trajo al país lo último en armamento.

 

Bombardeo y asalto

Los guerrilleros estaban por todos lados, se paseaban por las calles echando tiros al aire, arrastrando las pipetas y contando hasta 20 para luego soltar la carcajada, mientras en las casas las madres, con camándula en mano, pensaban en los muertos vecinos, en el pueblo vuelto ‘chicuca’, en la posibilidad de no despertar mañana.  “Ya tenía hasta las tripas en la garganta, corría pa aquí y pa allá, y en esas sonó el teléfono; era Diva: ‘Vea, dígale a Lucho que se venga, súbanse para acá que la guerrilla viene por el chorro, por todos lados’. Y nos pasamos todos a la otra casa, pegaditos al filo de las paredes para que las balas no nos dieran”, cuenta ‘abu’.

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Los 400 se repartieron. Empezaron por tomarse el Palacio de Justicia, donde se instalaron para bombardear la estación de policía. En todo el edificio solo se encontraba una funcionaria. Ella se escondió tras unos archivadores, mientras los milicianos buscaban a quien había dejado el computador prendido. Al no encontrarlo salieron del lugar, robaron el Banco Agrario y destrozaron el hotel de los Guamanga, de donde los inquilinos tuvieron que salir con las sábanas por las ventanas para que la edificación no les cayera encima.

Mientras tanto, en la cárcel amordazaron a los guardias, recogieron en una camioneta LUV algunos objetos (radios, armas, papeles), repartieron volantes, averiguaron por guerrilleros y paramilitares presos y se llevaron a los 92 reclusos. Les repetían uno a uno mientras caminaban en fila india hacia un camión que ellos, la guerrilla, “no eran como el gobierno”, que ahora eran libres, que podían irse con todo, que no volvieran. Pero al otro día, paradójicamente, regresaron 89. De los otros 3 solo quedó el nombre.

El blanco final era la estación de policía, donde harían arder a las “gallinas verdes” que desde los inicios del run run habían estado en acuartelamiento y que por disimular habían salido en la patrulla a rondar, pero que no fueron capaces de hacerles frente.

Galones de gasolina empezaron a ser rociados por entre canales, respiraderos, hendijas y cuanto hueco hubiera. No se sabe si fue la lluvia, la valentía de una mujer policía que fue la única capaz de meterle un par de tiros a los guerrilleros, el avión fantasma o la ayuda divina pero algo evitó que a los uniformados los achicharrara la guerra. 

A su paso, además de balas y pipetas, la insurgencia iba dejando panfletos en los que decían que su objetivo era “darle al gobierno”, hacerlo temblar y hacerle saber que con el Plan Colombia lo último que conseguirían sería la paz.

 

Como un fantasma

Eran alrededor de las doce y treinta de la noche cuando una bengala tirada desde el cielo iluminó todo el pueblo. “Eso se escuchó como un buuummmm, un ruido bien fuerte, como el de un fantasma”. Y es que había llegado el más letal, el que arrasaba con todo a su paso: el avión fantasma. María Teresa toma dos cucharas en sus manos y empieza a chocarlas: “Así sonaba todo, mientras el olor a pólvora, cosa chamuscada, marihuana y bazuco se mezclaban”.

Mi abuelo Lucho cuenta que eran muchachos los que se tomaron el pueblo: “el fusil que llevaban era más grande que ellos mismos. Yo los veía serenos, muertos de risa y andaban a lacarrera con esos cilindros para echarlos de allá para acá”.

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Mientras caía sobre nuestras cabezas el polvo que por años se había acumulado en el techo, todos se carcajeaban, menos ‘abu’, mi tío, el nené y yo. Viendo la situación, ella nos tomó en sus brazos y nos colocó, a mi tío y a mí, dos cojines en la cara, para que el techo caído no nos fuera a destrozar la inocencia, los sueños, la esperanza y que por lo menos pudiéramos ser identificados cuando recogieran los cuerpos. Afuera, los se metían guerrilleros hasta en las canaletas de los andenes para no ser detectados por el fantasma.

Poco a poco el silencio fue retornando, el fantasma se alejó y la guerrilla huyó cargándose al hombro, como costal de papas, a cada uno de sus muertos. Ellos no fueron contados, ni porque dejaron en las paredes del palacio las huellas de sus manos ensangrentadas. 

El país se enteró de la toma desde la una de la mañana, cuando Caracol Radio anunció el hecho y hasta habló con doña Mariela mientras los tatucos retumbaban. RCN tuvo la primicia para televisión, se cuadraron en la esquina de licores desde las cinco de la mañana para captar la desesperación de la gente que ya se empezaba a reunir en las calles para curiosear a los muertos.

“Uno fue a ver un momentico pero corra de miedo porque pensaba que cualquiera podía ser guerrillero, porque las milicias urbanas estaban acá también, entonces uno era con la boca callada, con la cabeza agachada, mire y corra”, dice ‘abu’.

La reconstrucción física del pueblo no demoró mucho, pero las secuelas emocionales persiguieron a sus habitantes por varios años. Cada tarde, a eso de las seis, algún vecino pasaba tocando por cada puerta, avisando que iban a llegar a cobrar venganza. La zozobra se prolongaba hasta que no podían luchar más contra el peso de sus párpados.

De la toma hoy solo queda el recuerdo, el temor a los ruidos y la pólvora, porque para los archivos, ni muertos quedaron para llorar.