Historias de víctimas del conflicto en El Tambo

Los rostros cotidianos del dolor

Cicatrices de la guerra es un libro de crónicas que publicará el Sello Editorial de la Universidad del Cauca en 2015, de donde se han tomado estas cinco breves fragmentos que dan cuenta del dolor y el desgarro que produce la violencia en Colombia

Por: Isabel Jalvin, Jennifer Pisso, Johana Rojas y Diego Reyes 

Los rostros del dolor 2

Los rostros cotidianos del dolor

Uno

Caen en el pasto dos pedazos de cartón con forma de fusil, pintados de negro. Un niño recoge uno de los trozos, que a partir de ese momento toma vida propia.  Atraviesa la calle del barrio Patio Bonito de El Tambo, Cauca, y de su boca salen ráfagas de arma... Está jugando a la guerra. ¿Una premonición, acaso?

Dos

Hoy mientras miraba a mis niños jugar, mi hijo mayor se acercó a mí. Pensé que iba a pedirme permiso para ir a otra parte, pero me equivoqué. “¿Mamá, hoy si me puedes contar? ¿Hoy si me vas a decir cómo era mi papá?”, me dice Estiven, y siento escalofrío. No sé qué decirle, no sé cómo explicarle cómo era el papá, cómo me trataba, cómo murió, no sé, no puedo contarle. Otra vez tendré que decirle mentiras… Necesito un consejo, necesito alguien con quien desahogarme esta tristeza y este dolor que he sentido por tantos años, ¡doce años! ¡Dios mío! Y aún no he podido encontrar esa persona. Necesito contarle a alguien lo que me pasó, alguien con quien pueda llorar y que entienda el sufrimiento que yo pasé. Necesito saber cómo decirle la verdad a mi hijo, ¿puedo contar con usted?

Tres

Aurora estaba sentada en la cama al lado de la ventana que da a la calle,  dispuesta a contarme su historia. Allí se sentó rodeada de sus hijos. Los dos menores en su regazo, una de las hijas mayores estaba viendo desde afuera por la ventana junto con su otro hermano. Su casa es su refugio, la trinchera en la que mitiga el dolor y la tristeza que la violencia le dejó al perder sus tres hermanos, su finca, su estabilidad... su paz.

Cuatro

Estando en El Tambo, miré a la izquierda y luego a la derecha, para arriba y para debajo de una calle. De repente por ahí, por abajo del puente salió Aurora. Ella me guiaba y al mismo tiempo hizo un recuento del por qué mi visita para entrevistarla se había retrasado. Para contarme su historia de vida, me llevó a su casa, y me hizo seguir a un cuarto, un lugar oscuro con piso de tierra y paredes forradas en papel periódico, en el que quizá varias veces han escrito sobre las víctimas que, como ella, se han convertido en sólo una cifra más.

Cinco

Sería la una y media cuando llegó con un hombre alto, trigueño y delgado con camisa verde, pantalón negro y gafas. Él se acercó a mí y me habló:

—¿Usted es el que anda buscando los muchachos?

—Sí, señor —él se quedó mirándome de arriba abajo.

—Yo soy el comandante.

—Ah bueno, yo necesito saber dónde los tienen o para dónde me los mandaron, quiero saber dónde andan.

—Ellos vinieron, pero no han vuelto, ¿por qué?

—Se desaparecieron y no volvieron a la casa. Nosotros los estamos esperando. Dígame qué hicieron con ellos.

—Usted… ¿qué es para ellos?

—Soy el papá.

—¿De todos tres?

—Sí, claro —él se quedó mirándome, parecía que quería decirme algo, pero no sabía cómo—. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¿Sabe qué pasa?… A nosotros nos tocó quitarles la vida.

 

Los rostros del dolor 3

Dibujo del taller Reconciliándose con el recuerdo

Continúa con la serie periodística "Día Nacional en Memoria y Solidaridad con las Víctimas" con la siguiente columna de opinión: Hacer memoria - Por: Juan Carlos Pino