17 de Enero de 2018

Maltrato animal

Un paraíso para zoófilos

La noticia de una perra cachorro de cuatro meses abusada sexualmente en el oriente de Cali y luego abandonada en una bolsa indignó al país en los primeros días de este año. Pero este no es un hecho aislado. Los abusos contra animales son más frecuentes de lo que se cree y la normatividad tiene aún muchos vacíos.

Por: Alejandra Salazar Muñoz

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Hace cinco años llegó con las patas chorreadas de sangre y los ojos vidriosos, una enfermedad venérea, la vagina ensanchada, el cuerpo caquéxico y el pelo enmarañado.  Yo la conocí hace dos años: la primera vez que nos vimos salió a saludarme medio cobarde, pensé que no le había gustado mi olor, luego me vine a enterar que la habían abusado sexualmente.

Sasha ha sido el retrato de una vida miserable y la imagen diáfana de la impunidad de las mentes perturbadas. Tardó más de tres años en recuperarse, vive con una familia compuesta solo de mujeres y cuando llega un hombre de visita a la casa se esconde debajo de la cama y empieza a gruñir. Hay algunas cosas que resultan imposibles de olvidar, los daños son irreparables.

Sasha, Sami y Estrella no son los únicos casos, son cientos, a lo mejor miles de animales que les han arrebatado de su paso una vida digna. Animales acosados, abusados, asesinados. El planeta es un paraíso para zoófilos. Un acto debatido entre el estigma y el silencio, un silencio que pareciera infinito y que poco se piensa porque al final nos es ajeno, indiferente, una indiferencia que deja víctimas en la opacidad.

La sola ley no basta

En enero de 2016 salió a la luz nacional un logro en materia legislativa, una ley que revindica los derechos de los animales y su protección. En efecto, la ley 1774 llega como una luz en medio de la oscuridad fatídica del desprecio humano, una norma mediática por su novedad y trascendencia pues pone de manifiesto consecuencias penales para todo aquel que abandone o maltrate a un animal de compañía. Los movimientos animalistas alaban el éxito del Congreso y muchos otros creen que Colombia es ahora un país petlovers.

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El asunto no termina ahí. No es la cárcel una solución radical ni las leyes una unidad hermética e integral que sugiere el fin de un problema. Siguen existiendo al acecho acciones oprobiosas que todavía no se han tomado los canales nacionales. En el Valle del Cauca, que no solo es caña de azúcar y salsa, se aloja cerca de Buga el “violador de Guacarí”, un sujeto simbólico por la particularidad de dejar parapléjico a los gatos que abusa, según lo señalado por Publimetro. El hecho nunca fue denunciado y para entonces estaba vigente la ley 84 de 1989 que no contemplaba más que sanciones pecuniarias. Más arriba, en el norte, cúspide de la modernidad y la metrópoli, la situación parece obnubilarse. En el Barrio Santa fe y en Bosa hay lugares donde se rentan películas pornográficas zoos; además se alquilan cerdos, ovejas, cabras, perros y gallinas para servicios sexuales. Los perros son los preferidos como “perfectas damas de compañía”, explicó Elizabeth Salazar miembro de la asociación ADA, en declaraciones hechas al diario El Tiempo.

Si bien hoy en Colombia, según las modificaciones hechas en el año 2016 al artículo 655 del Código Civil, a los animales se les atribuye el calificativo de “seres sintientes”, se está lejos de considerarlos titulares de derechos y más aun de otorgarles dignidad. La misma ley modificó además el código penal, artículo 339B, y asumió el abuso sexual con animales solo como agravante  punitivo, pero deja en entredicho ¿qué es el abuso sexual con animales? y ¿cuál sería su interpretación por parte de jueces y magistrados? Sin duda existe en este sentido un vacío jurídico.

Hace un año, Canadá desató polémica entre animalistas y legisladores al permitir tocamientos y practicas con animales siempre que no haya penetración, todo a raíz de un video hallado donde se muestra a un hombre que unta mantequilla de maní sobre su miembro viril mientras su perro lo lame hasta hacerlo eyacular.

Invisibilidad e impunidad

La zoofilia es tan antigua como la misma humanidad y entre sus estigmas y escudos culturales están que sus consecuencias son invisibles o que parecieran no ocurrir. Un trastorno que no representa un criterio de inimputabilidad pero que deja todavía en la impunidad todo acto de bestialismo. Los avances en materia forense han clasificado otras categorías de abuso: necrozoofilia, zoofilia por poder, zoosexualismo, zooerasty y zoosadismo.

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En Colombia, Vito marcó la preocupación hasta de los más desinteresados: un cachorro de dos meses, abandonado a su suerte cerca de un centro veterinario en el corazón de Villavicencio con múltiples laceraciones y que, para su desdicha, había sido abusado sexualmente, desgarrando parte de su recto y con una compresión de materia fecal en sus intestinos.  A  las dos semanas Vito murió.

Cuando las mujeres reclamaron por sus derechos y los afros exigían respeto, a muchos  les resultó exagerado e incluso innecesario. Ahora, los animalistas exigen que el abuso sexual con animales sea considerado un delito. El tema es novedoso, incluso futurista pero no hay que dejar de pensar en lo que significa abusar a un animal y el peligro social que subyace.

La zoofilia no solo infiere a la cuestión de los animales. Los avances científicos y en materia forense han logrado evidenciar las violencias interrelacionadas pese a que los estudios aún son primarios. Hoy, en palabras de la abogada Andrea Padilla, “un sujeto que abuse sexualmente de un animal representa un peligro social pues tiene una amplísima tendencia a atentar sexualmente contra otro tipo de víctimas, principalmente mujeres e infantes”.

La zoofilia debe ser eficazmente castigada, para que no haya compasión sino justicia por los animales. Solo así es posible creer que las historia de Sasha, Sami o Estrella no son eventualidades que solo preocupan a las fundaciones animalistas. Aunque ellas, Vito o todos los animales abusados no puedan comprender el castigo penitenciario, se les debería garantizar un espacio para la coexistencia. Que un día podamos decir que este no es un paraíso para zoófilos.