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08 de octubre de 2017

Libros y autores

Encontrar a Ishiguro

El Nobel de Literatura lo ganó este año un escritor de nacionalidad británica pero nacido en Japón. En esta crónica, una joven payanesa cuenta cómo llegó a sus libros, lo que le atrajo de ellos y qué se siente leer a un autor que luego obtiene el más alto galardón de las letras.

 

Por: Sofía Pino Muñoz

 

Ishiguro - Ilustración.jpg

 

Recuerdo bien cómo llegué a Kazuo Ishiguro por primera vez porque fue de manera inusual. Incluso me atrevería a decir que ha sido una de las pocas veces que una película me ha llevado a buscar un libro que no sea de historia. Hace ya algunos años, me disponía a ver algún tipo de film romántico, y dejándome llevar por alguna sinopsis elegí Nunca me abandones. No podría decir con seguridad que es una película romántica a pesar del elemento de amor en el que se ve inmersa, que no es por cierto lo esencial de la trama, ni lo que la hace interesante. En todo caso, en cierto momento me encontré bastante conmovida y al final fue inevitable llorar, siendo esto no tan extraordinario y sobre todo si se trata de ver películas ubicadas dentro de ese género llamado drama.

Aun así, más allá de las lágrimas encontré la historia bastante particular y quise saber más sobre el autor de la novela en la que estaba basada la película. Ahí estaba Kazuo Ishiguro, nacido en Nagasaki en 1954, pero de nacionalidad británica pues su familia se trasladó a Londres cuando él tenía cinco años. Fue entonces cuando pedí como regalo Never let me go, o en español Nunca me abandones, publicada en el año 2005. De hecho fue difícil conseguirla, pero un día por casualidad la encontramos en la Librería Nacional de Cali y así por fin llegó a mis manos. Me devoré el libro en tres tardes y quedé como quedamos muchos lectores al finalizar un libro: con ganas de más.

 

 

Ishiguro - Foto 1.jpg

 

Ishiguro cuenta la historia de tres personajes: Tommy, Ruth y Kathy H, que han crecido juntos en un instituto llamado Hailsham. Sin saberlo viven sus infancias, junto con los demás compañeros, preparándose para aquello para lo que han sido creados una vez llegada su adultez: donar órganos. A lo largo de la novela, de la mano de Kathy H, Ishiguro nos muestra la ruptura moral de una sociedad ambigua y atemorizada por los seres de los que se beneficia y de los cuales se resalta la pasividad con la que aceptan su devenir a pesar de su propio pánico. Los personajes recuerdan que en sus días de infancia y estudio en Hailsham entregaban regularmente sus dibujos, poemas y relatos con el fin de que estos fueran seleccionados para una galería. En una búsqueda esperanzada para prorrogar su vida por algunos años más, los donantes se aferran a los rumores de que aquellas muestras artísticas son más que un comprobante de la existencia de su alma sino también una posibilidad real de prolongar sus vidas al lado de una pareja.

Este primer encuentro con el autor me hizo entrar en una búsqueda de sus otros libros. Nocturnos, Cuando fuimos huérfanos y Pálida luz en las colinas, nos acompañan ahora en la biblioteca de casa. Debo confesar que si bien Nunca me abandones me hizo conocer a Ishiguro, Pálida luz en las colinas fue la novela que me dejó fascinada con el autor británico-japonés: la estructura narrativa, la crítica social, el manejo de los tiempos y la limpieza de su narración me cautivaron desde la primera página. Desde entonces Ishiguro ha formado parte de mi lista de escritores favoritos y esto me lleva a lo siguiente: creo absolutamente y doy fe del vínculo de complicidad y cercanía que se crea entre el autor y el lector. Muchas veces en mi vida lo he sentido así.

 

 

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Es tal vez por todo lo hasta aquí contado, que en la mañana de este jueves, de camino a la universidad, me he quedado helada al escuchar por radio que Kazuo Ishiguro había ganado el Premio Nobel de Literatura 2017. Me he sentido como una niña pequeña a quien le ha tocado el premio de la fiesta. Solo pude pensar que por primera vez en mi vida había leído a un Premio Nobel antes de ser galardonado y pensé también que mi ojo literario se estaba afinando, que incluso ya no era el ojo literario de una niña. Consecuentemente solo pude decir: “Papá, he leído al Nobel de Literatura antes que tú y he sido yo quien lo llevó a casa”. Hice un énfasis en la palabra YO, pues siempre él ha sido el del ojo literario nítido y el que encuentra a los ganadores del Nobel antes de que los premien un jueves de octubre.

Es una pequeña victoria para mí como lectora y una gran victoria para Kazuo Ishiguro, a quien espero seguir leyendo por muchos años más.

 

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