02 de junio de 2018

Crónica

Manolo: una extraña singularidad

En medio de un conflicto armado es difícil encontrar un lugar donde se atienda por igual a los integrantes de los distintos bandos y donde la música no se detiene nunca, ni siquiera por un tiroteo. Perfil de un sitio en Toribío, Cauca, que es mucho más que un bailadero.

Por Daniel Esteban Egas Cerón

Ilustraciones tomadas de Pinterest

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No lo mataron las balas que le atravesaron el cuerpo. Se murió de algo peor, de amor o, mejor dicho, se murió de traición, que es casi lo mismo. Se había cansado del monte y de la guerra: esa no es vida para nadie y así lo había entendido él, que después de todo se había conseguido una buena mujer, o eso creía, y por eso decidió huirle a las balas, escapársele a la muerte. Pero lo único que terminaría por desertarle fueron las ganas de seguir viviendo.

Eran los días en que las cosas se arreglaban a las malas, pero esos días han sido siempre. Desde que el Manolo existe, las diligencias aquí se hacen de ese modo y ya lleva más de 60 años de existir. Ahí mismo, al Manolo, el desertor llegó con la idea de decirle chao a la vida, mostrándole buena cara al mal tiempo que sabía que se le venía encima. Lo sabía porque el mismo lo había decidido así.

Pero antes habrá que contar quién y qué cosa es Manolo, más allá de decir que es una discoteca, porque es más que eso. Para ello hay que remontarse a los amaneceres de la guerra y esos días son anteriores a los días en que al finado se le diera por meterse de guerrillero, incluso antes de que naciera, incluso más atrás. Allá por los días en que los que andaban por esta zona eran los del Eme. Claro que el bailadero ese ha existido desde antes, pero esas historias ya solo las conocen los viejos y hasta allá no les llega la memoria.

Decían que tenían sus campamentos por allá yendo a Santo Domingo, pero siempre se les veía por aquí en Toribío. Llegaban en los días y se volvían a desaparecer en las noches, pero en el pueblo había la certidumbre de que al otro día volverían a verles las caras, a unos en las calles del pueblo caminando con fusil en mano, a otros arengando en plena plaza “¡viva el comandante Pizarro!”, y a los otros respondiendo con su respectivo “¡viva el comandante, viva el M-19!”.

Mientras eso, el comandante a lo mejor ya estaba sentado en las butacas del Manolo, seguramente acabándose una cerveza helada. Y vaya favor que le hacía al dueño del chuzo: todas las muchachitas del pueblo iban a meterse allá porque estaban desvividas por el señor Pizarro. Donde él estaba, atrás, iba una cuadrilla de guerrilleros armados y más atrás otra de las enamoradas que tenía. Pero por ahí dicen que las señoritas de Toribío salieron de malas para eso del amor. A más de una, el único que les hacía plante era Navarro Wolf al que llamaban ‘el flaquito feíto’, con el que ninguna quería, claro, por las cualidades propias de alguien a quien le llaman flaquito y feíto.

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Un sitio para todos

Eso sería por allá en el año 83 u 84, ya cuando estaban apoderados del pueblo y se los miraba caminando por ahí como perros por su casa, tanto, que hasta el flaquito feíto se la pasaba jugando basquetbol ahí en la cancha del parque. Pero para tomarse el pueblo tuvieron que combatir y esa primera plomiza que se sintió fue la primera toma guerrillera que hubo en este pueblo, más exactamente en el año 82.

Cuentan los conocedores del chisme que, a causa de los balazos de la guerrilla, que retumbaron por vez primera esa noche y que se quedaron casi que para siempre, se murió un amor. A la media noche, ya cuando el alboroto se había apaciguado, le llegaron con los díceres a la muchachita: que le habían matado al que iba a ser el esposo. Era policía y estaba en la estación cuando les llovió de a plomazos a los poquitos que defendían el puesto. Los papás del policía perjudicado habían llegado al pueblo ese mismo día para conocer a la novia del hijo y terminaron llevándose al muchacho con los pies por delante.

En fin. A lo que iba es que en Manolo siempre se ha atendido bien a todo el mundo, sin importar si el cliente es civil, policía o guerrillero. Nunca se le ha hecho desplante a nadie y eso ha sido costumbre de todos los dueños que ha tenido el metedero aquel, porque, claro, ha pasado por varias manos. Antes de que don José Manuel lo adquiriera le pertenecía a un señor del cual ya ni el nombre se recuerda, pero sí es bien sabido que era un borracho irremediable.

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Para esos días el Manolo no era el Manolo, pero ya con los años la gente ha olvidado cómo era que se llamaba. No era más que una casita de bahareque con una ramada grande en la parte de atrás. El negocio servía más para beber que para bailar, y así era, en primer lugar porque no había mucho espacio y en segundo lugar porque al dueño le interesaba más el asunto del licor.

Por esa razón fue que perdió el negocio, porque él solito se bebía la cantina completa y después se quedaba sin poder pagarle a los que le surtían cada ocho días el trago, hasta que la deuda con don José Manuel, a quien también le debía una buena cantidad de trago fiado, ya era tan grande por el tanto trago que se había hartado, que para evitarse problemas mayores y saldar las cuentas, pues el negocio pasó a las manos de quien desde entonces lo bautizó como Manolo.

Siempre abierto

Pero dicen algunos que pasó de las manos de un borracho a otro, porque don José Manuel no es que sea propiamente un hombre abstemio, ni más faltaba: él lo reconoce porque dice que para administrar un negocio así hay que tomar, sino no sirve para eso. Él desde que tenía 13 años, por allá en el año 73, ya era un borrachín consagrado, de esos que se quedan bebiendo hasta que el cuerpo se les caiga en algún lugar del piso y ahí se quedan con los ojos cerrados y la bocota abierta.

Desde el 97 don José Manuel, con 36 años cumplidos y unas cuantas botellas de experiencia, había empezado desde abajo siendo el mesero del lugar y por ahí fue abriéndose campo en el mundo de la parranda y la verbena hasta que en el 2008 se convirtió en el flamante dueño del negocio más próspero que ha tenido este pueblo. Y próspero no por las ganancias sino más bien porque ha aguantado de todo y nunca se ha cerrado: siempre ha abierto todos los fines de semana desde los tiempos en que la guachafita empezaba los viernes y terminaba los lunes, hasta ahora que ya les pusieron su tatequieto y sólo los dejan abrir hasta las tres de la mañana, pero eso sí, sin falta, viernes, sábado y domingo el negocio está a disposición del pueblo.

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La guerra, aquí en Manolo, se la pasaba bailando. La entrada del bailadero no queda sino a una cuadra de distancia de las trincheras de la estación de policía, ahí mismo, por una callecita polvorienta y medio empinada. Mientras los guerrilleros se atrincheraban en las paredes de la esquina, a un lado de Manolo, y abrían fuego contra la estación, adentro, seguían los pies retumbando al ritmo de una salsa, de esas que acá se bailan con un tumbao extraño.

Y con ustedes el embajador del piano, en la estación los policías bregando a devolver el fuego desde las trincheras, Ricardo Ray, y dele a ese piano mientras los guerrilleros se unían a la orquesta con el traqueteo de los fusiles… Bomba camará, camará, camará, la gente escabulléndose por entre las paredes, agitando camisetas blancas para que los dejen pasar y poder entrar a Manolo… ¡mucho Richie y mucho Ray, epa!

La rumba no para ni con el Bang Bang de Joe Cuba ni con el de la guerrilla.  Así ha sido siempre en Manolo, aquí nunca se acabó la diversión, nunca llegó ningún comandante y mandó a parar. La guerrilla los puso a bailar bueno a punta de bala y Manolo a punta de salsa. Y en esas estaban el día que se supo que había vuelto al pueblo el mismo que meses atrás se había ido.

El peso de una traición

Era guerrillero de las Farc, y había tomado la decisión de escaparse, de huirle a la guerra y, ni corto ni perezoso, lo hizo. Un día bajó del monte agarró a la esposa y de un momento a otro no se los vio más, se esfumaron, no dejaron ni rastro de que efectivamente habían existido en Toribío. Pero resulta que la mujer no era tan buena como él creía, resulta que se fijó en un policía y se le fue, así no más lo dejó solo.

Los que lo conocían le advertían y le decían que se desapareciera del pueblo porque lo iban a matar, y cierto era, desde que asomó la cara en el pueblo ya se andaba con el rumor de que el traidor había regresado. Al primer lugar que entró fue al Manolo, ahí dijo que sin esa mujer él no podía vivir, que por eso había regresado a Toribío porque sabía que lo iban a matar por desertor, pero que le daba igual porque ya no quería vivir más. 

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“A mí no me importa que me maten”, decía, pero estaba mintiendo porque sí le importaba que lo mataran, a eso había vuelto. Y bebió y bailó hasta que salió caminando por la callecita polvorienta medio empinada, y se fue tambaleando, seguramente con el peso de una traición que pesa más que cualquier otra cosa en el mundo.

Caminó, digo yo, con Rolando Laserie, con el pucho de la vida que le quedaba apretado entre los labios, con la mirada turbia, fría y con un poco lento el andar. Dobló la esquina del barrio, curda ya de recuerdos, como volcando un veneno. A lo mejor se le oiría cantar:

“Vieja calle de mi barrio donde he dado el primer paso /

Vuelvo a vos cansado el mazo y mi inútil barajar /

Con una daga en el pecho, con mi sueño hecho pedazos /

Que se rompió en un abrazo que me diera la verdad”

Y cuando llegó a la puerta, golpeó, miró a la mamá a los ojos y ella a él, y así no más sonaron los fogonazos que le terminaron de matar lo que le quedaba vivo, si es que algo quedaba.

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