21 de abril de 2019

Pedir disculpas

¿Admite el ángel de la historia que se pidan disculpas sobre excesos, errores o violencias del pasado? ¿Es un anacronismo hacerlo o el único camino hacia la reconciliación? Sobre estas preguntas, la reflexión que aquí se publica toca varios temas de la actualidad local, nacional y mundial desde diversas aristas.

 Por: Guillermo Pérez La Rotta

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Posiblemente haya un sentido populista detrás de la petición de López Obrador al Rey de España y al Vaticano: oiga, pidan disculpas a México por lo que pasó hace 500 años. Quizás tenga razón Vargas Llosa cuando dice que la carta se la debió mandar él mismo. Porque el tema de la marginación de los indígenas sobre todo pertenece a doscientos años de hegemonía de criollos elitistas en el poder, que no han sido capaces de integrarlos con dignidad y respeto, igual que a las negritudes.

Pero la cuestión que salta como un conejo a la vista es que un sector de esas élites son herederas de las “haciendas” de la Colonia, que luego, en toda la América se volvieron los “latifundios”, hasta hoy, y aquello sigue patente a pesar de la Revolución Mexicana y de los frustrados intentos en Colombia de hacer una reforma agraria, cuestión que hoy se vuelve más exigente ante los desafíos del cambio climático que exige racionalizar la distribución y producción de la tierra.          

O sea que las élites latinoamericanas tienen una herencia española de mentalidad y economía, pues promovieron la articulación con el mundo (el café en Colombia), pero mantuvieron la gran propiedad y la opresión del indio, del “hombre natural”, como decía Martí, y la llevaron a extremos (¡vaya forma de liberalismo!), como la liberación de tierras de manos muertas, su total comercialización, y luego, el arrinconamiento mayor de los indios, que en la Colonia, por lo menos tenían la institución del Resguardo. Aunque trabajaban como siervos o esclavos para los señores o en las minas.

La perpetuación de la injusticia y la infamia quedó en el Perú que narra magistralmente, y con conmovedora belleza, José María Arguedas en sus cuentos y novelas, bajo formas indignas de sometimiento y bestialización del indio. Ahora pasamos por otros tiempos donde los indios de todas las latitudes confrontan a los gobiernos reclamando sus derechos y reafirmando sus culturas. Para bien.

Pedir disculpas puede ser algo anacrónico, según algunos. Los acontecimientos ocurrieron hace cientos o miles de años. Entonces, para qué disculparse, si aquellos que cometieron crímenes u opresiones ya no existen, ni sus víctimas, ni esos imperios antiguos. Los judíos no deberían disculparse por la muerte de Cristo, dice el señor Fox, haciendo burla de López Obrador. Y yo añado que si fueron o no los judíos los que lo mataron, en todo caso, fue el mejor muerto de la historia de Occidente, porque con ello se convirtió en nuestro Salvador. Sí, de la mismísima humanidad. Lo vemos desfilando por las calles de la ciudad blanca, en su Martirio y Resurrección, en Semana Santa.

Y valga este comentario para recordar que la cultura monocrática cristiana, con su teología excluyente –nosotros tenemos la verdad- y con la espada de su lado, procuró exterminar toda creencia distinta, (“extirpación de idolatrías” la llamaron) cuando llegó a este, que dicen, era un nuevo mundo. Allí sí que hubo una suerte de extirpación relativa de la cultura religiosa de los nativos de este continente, y de sus expresiones aledañas en la vida social, en su multiplicidad y riqueza. Y sobre todo, bajo la intolerancia y la inquisición, aquí, en Cartagena, o en la España de la época.

De modo que el Vaticano debería pedir disculpas por la tarea evangelizadora tan parcial e intolerante, tan cercana a la reacción más recalcitrante, en todas las latitudes de América. Bastante sangre se derramó desde la cruzada cristiana en América, muy a pesar de Las Casas, de Sahagún y Pedro Claver, a pesar de la protección jurídica de los reyes y el Papa sobre los indios; y en cambio, en virtud de la ideología de Ginés de Sepúlveda y Torquemada, hasta llegar a Monseñor Builes, y al embajador Ordóñez, que hace unos 50 años quemaba libros recordando los tiempos del Index, hubo un sometimiento bárbaro del indio, y por eso, todo el siglo XVIII es un siglo de rebeliones indígenas contra el imperio, que termina en el alzamiento y martirio de Túpac Amaru.

Entonces, el tiempo, lejano o cercano, debe ser expurgado para ver cuál puede ser el sentido de pedir disculpas. Y el Papa Francisco, pidió precisamente disculpas en un reciente viaje a Bolivia por la tarea tan contradictoria de la Iglesia Católica en su evangelización en América. De algo le sirve ser argentino. Todos los curas en las parroquias de América deberían hacer lo mismo que él. ¿No es acaso su líder fundamental? Y tendrían que hacer diálogo intercultural. Resaltamos la palabra “contradicción”, pues la civilización siempre va de mano con la barbarie, como lo dijo Walter Benjamín, y como lo proyectó ideológicamente, con ingenuidad y verdad a la vez, Domingo F. Sarmiento, mientras sus enemigos y amigos de las élites argentinas emprendían la conquista del desierto, matando indios, igual que los estadounidenses en la conquista del oeste durante el siglo XIX.

Entonces, el tiempo cercano se puede aproximar, de muchas maneras, con el tiempo lejano, para intentar hacer los cortes y el discernimiento de la larga duración. Y en todo caso, creo que ese balance es esencialmente y finalmente ético. No hay historia positivista. Ahora bien, aparentemente, el balance es más fácil con lo cercano –digo en apariencia, pues muy cerquita están las heridas abiertas-. El estado gringo pidió perdón a los negros por la esclavitud, hace como 40 años. Pero eso de la esclavitud venía de Europa y sus potencias, del capitalismo inglés en desarrollo. O sea, de muy atrás. El estado alemán pidió perdón a los judíos por el holocausto de los campos de concentración. Pero eso venía de muy atrás, y recordemos que la España Católica echó a judíos y moros de la península, en el preciso momento en que llegó a Abya Yala. A su vez, el estado israelí debería pedir perdón ya, aunque eso es utopía, a los palestinos, por lo que hace en esa región convulsionada. Y Turquía debería pedir perdón a los armenios, por el genocidio de su pueblo. Y China debería devolver el territorio a los tibetanos y pedirles perdón.

Pero ahora Bolsonaro va a celebrar el surgimiento (1964) de la dictadura militar en Brasil. Y antes reclamó que los militares deberían haber matado a muchos que solo detuvieron y torturaron. ¡Que delicadeza de hombre el que gobierna el país hermano! ¡Viva la muerte!…como decía un general franquista. Cosas de la historia, del populismo de todas las pelambres. El de la extrema derecha de la España de hoy, por ejemplo, que dice que España solo trajo civilización a América; sí, nos dejó al final un legado, entre muchas cosas buenas, por ejemplo el castellano, pero casi exterminaron las lenguas nativas, prohibidas en algunos momentos de terror. Y nos dejó un legado tremendo: ser países que no cultivan mucho la ciencia y ello nos coloca de últimos –y jodidos- en el mundo globalizado de hoy.

En Colombia el cultivo de la ciencia sigue siendo algo exótico. Y a propósito de la madre patria, sería bueno que nos devolvieran el tesoro Quimbaya, creado por artistas ancestrales que fueron combatidos por España y que un señor de apellido Holguín tuvo la sabiduría de regalarles, a finales del siglo XIX. ¡Que élites tan patriotas las que hemos tenido! En todo caso, admiro muchas cosas y seres de España: El Quijote, la guitarra andaluza, el flamenco, García Lorca, Alberti, Valle Inclán, lo mudéjar, la Alhambra, la ilustración islámica de Córdoba y Toledo, Serrat, Buñuel, Dalí, Picasso, el genio de Velásquez y el gran Goya, De Falla, Albéniz, Tárrega, Luis Cernuda, Paco Ibáñez, Lola Flores, Sarita Montiel, Marisol, Paloma San Basilio, Plácido Domingo, Almodovar, este último sobre todo por “La mala educación”, etc., etc.

Finalmente digo varias cosas; primero, que es bueno pedir disculpas, cuando salen del corazón, y buscan la reconciliación, desde la verdad de lo horrendo. Sin hipocresías que consideran a unos los malos y que nosotros somos los buenos (Demonización del adversario, cristiana en su origen, que le sirve hoy a los caudillos y reyezuelos populistas), para poder seguir en el poder, autoritariamente. Buscar reconciliación y pedir disculpas, sin vallas donde nos dicen con simplismo populista quienes son los victimarios y quienes las víctimas. Los señores de las Farc deben pedir perdón y decir la verdad. Los señores  políticos, paramilitares, empresarios y militares, también. Las heridas están aún abiertas. Y algunos quieren cerrar toda posibilidad de memoria auténtica y múltiple del conflicto colombiano.

Lo segundo que afirmo, es que la civilización avanza de forma incierta y bajo perplejidad nuestra, que intentamos pensarla. Hemos ascendido a las esferas más altas de la moral, la espiritualidad, el arte y la ciencia, pero todo eso es relativo; tenemos bombas mortíferas y hombres mas o menos dispuestos a utilizarlas, o a levantar muros para que gentecita mala y miserable no entre a su país de mujeres blancas y rubias, como Bianca. Hombres cínicos que se alían con la Iglesia Ortodoxa Rusa, para hacer nacionalismo populista y conquistar territorios. El mal triunfa casi siempre. Y queda el bien en los pueblos y las gentes que se levantan todos los días para luchar por el pan, en todas la latitudes planetarias. Claro, habrá que sopesar qué es el mal y qué es el bien en determinada circunstancia. Tarea exigente para usar el criterio y la libertad de pensamiento. Como decía Nietzsche, navegamos en la barca de los valores en el tiempo, y toca discernirlos y ponerlos en acción.

Por eso hay que decir, en tercer lugar, y con cierto optimismo pesimista, decir con Benjamín que seguimos contemplando el ángel de la historia, el ángel de Klee, con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror que contemplan, y con el estupor ante el avance incontenible de la historia que amontona escombro sobre escombro y muerto sobre muerto. Esos muertos deben ser recordados, debemos hacerles el homenaje, muchos murieron por nosotros, como el cura Hidalgo o Ricaurte en san Mateo. Otros, eran simples inocentes, como Ana Frank, o las víctimas de los mal llamados “falsos positivos” en Colombia, o las víctimas de Bojayá. Y la humanidad continúa incontenible en su relativo progreso, y nos asombra, como parte que somos de ella, para cavilar y cavilar ante la historia, atroz, contradictoria, absurda, pero en todo caso espiritual, por lo menos cuando escucho a Louis Armstrong y su trompeta. Y veo a mis gatas, amo a mi familia y trabajo con mis alumnos.

Y en cuarto lugar, afirmo que todo esto que digo podría proyectarse en el conflicto de hoy en Colombia, de unos indios que se han tomado la vía panamericana en un círculo vicioso de años, porque los gobiernos les firman papeles que incumplen, y la forma más fuerte de ponerlos en cintura es tomarse la carretera. Pero nuevamente, eso viene de atrás, de la Colonia y la República. De una modernidad escasa y contradictoria. Y de la necesidad de hacer una reforma agraria, que las elites más reaccionarias de Colombia, hoy en el poder, siguen disipando cínicamente, mientras buscan matar las luces que para ello hay en el Acuerdo de La Habana.

 

 

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