24 de marzo de 2019

Popayán y lo audiovisual

Breve mirada al audiovisual en Popayán

Las formas de narrar a Popayán y al Cauca, desde lo literario hasta lo audiovisual, son otras desde el terremoto de 1983. Este cambio de discursos sucede mientras surgen espacios de exhibición y nuevas tecnologías para la producción de contenidos.

Por: Daniel Daza Cuéllar

www.comarcadigital.com - Universidad del Cauca

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Son pocos los archivos que conservan la historia fílmica de Popayán antes del terremoto de 1983, en parte porque se hizo poco y también porque algunas cintas están perdidas. Por ejemplo, no se tiene certeza del estado actual de las grabaciones de 16 milímetros que el etnógrafo estadounidense Andrew Hunter Whiteford realizó en el período de 1948 a 1949, en donde se expone el contexto indígena y colonial que ha caracterizado a la región, realizadas en calidad de investigación en colaboración con la Universidad del Cauca. “Puede que haya muy pocas copias en formatos análogos; tal vez haya algo en la Fundación Patrimonio Fílmico de Bogotá”, comenta el profesor de la Universidad del Cauca, Oscar Eduardo Potes González.

Carlos Perafán fue otro de los pioneros en el registro audiovisual de la ciudad. En el año 62, por ejemplo, filmó el momento en que se le informa a Guillermo León Valencia que es el nuevo presidente de Colombia. También registró la erupción del volcán de Puracé a finales de los años cuarenta, y los días posteriores al 7 de agosto de 1956, fecha de la explosión de seis camiones militares cargados de dinamita en el centro de Cali. Entre sus archivos hay, además, imágenes de la estética de la ciudad que era Popayán antes del 83: las fiestas populares, las celebraciones y los decorados.

La documentalista bogotana Martha Rodríguez junto a su esposo, Jorge Silva, filmó un documental sobre las luchas históricas de la comunidad indígena de Coconuco en 1981: ‘Nuestra voz de tierra, memoria y futuro’.

Hubo también un grupo cultural, de porte literario, que se llamó ‘La Rueda’, creado por Jaime Cárdenas, Juan Carlos López, Germán Mendoza Diago y Carlos Fajardo Fajardo, que hizo una película en cine de la cual no existe copia.

El registro en formato de 16 milímetros hecho por el periodista Evert Erazo, quien filmó el terremoto y los días que le siguieron, fue de los últimos que se realizó en este tipo de procesos. “Después de eso no se hizo más cine en Popayán en ese formato”, comenta Potes González.

Labor de carpintería

Realizar estos productos en el formato de cine era un proceso especialmente complicado, pues en Colombia no había muchos laboratorios de revelado, salvo por Laboratorios Bacatá. Si se quería conseguir una buena calidad en estos procesos, los realizadores solían enviar las cintas empaquetadas a Miami para que allá se encargaran del tratamiento. Carlos Perafán hacía esto con sus grabaciones. De igual forma, lo hacían realizadores de otras ciudades, como Luis Ospina y Carlos Mayolo.

 

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“Yo tuve una experiencia trabajando con cine de cinta. El revelado fue en Miami y el montaje se hizo en Cali con una moviola, en un taller que se hizo con el Ministerio de Cultura. Nosotros editamos con tijera, cortando y pegando las tiras como colgando ropa. Eso era un trabajo de una carpintería tremenda, porque cuando uno escogía un pedacito uno lo tenía que pegar con una cinta especial y así iba armando la línea. Esa fue mi única experiencia con cine, el resto ya fue con procesos analógicos”, relata Potes González.

“Empecé con lo audiovisual cuando estaba en el bachillerato, como en noveno grado”, comenta el realizador audiovisual Nelson Freddy Osorio. “De hecho, hicimos una película que se llamó ‘Por un mal camino’, que surgió de una obra de teatro que hicimos a partir de unos cursos sobre prevención de drogadicción que nos daban los estudiantes de Medicina de la Universidad del Cauca. Después, cuando el INEM compró unos equipos audiovisuales de VHS, nos preguntaron qué se nos ocurría hacer con ellos, y lo que hicimos fue convertir la obra de teatro en un producto audiovisual, rodado en diferentes barrios, como el José María Obando y El Mirador”.

Las calaveras del temblor

Luego del terremoto en Popayán, contando ya con tecnologías análogas más asequibles, muchos de los proyectos que surgen se plantean cómo aportar a esa narrativa de reconstrucción de ciudad. El cine club que dirigía el profesor Guillermo Pérez La Rotta junto a Oscar Potes, decide empezar un taller de realización audiovisual encaminado al acercamiento de ese lenguaje a las personas de la ciudad y a explorar las formas de representar la nueva realidad.

Oscar Potes recuerda que diseñar una producción en un modelo analógico implicaba un proceso riguroso de organización, porque, “primero, uno tenía que calcular mucho mejor su material, porque ahora ustedes graban, y graban, y graban, incluso borran. Si quedó mal pues se llena la memoria, pero se puede borrar. En ese tiempo uno no podía borrar. Borrar era perder calidad, porque a medida que se iba borrando, la cinta se iba deteriorando”.

“Crisálida”, corto rodado en 1986, fue uno de los productos logrados en el taller, con el apoyo de Lisandro Duque, director de películas como Milagro en Roma y Visa USA, Gustavo Wilches Chaux, entonces director del Sena-Cauca, y un grupo de voluntarios. A este le siguió una puesta en escena de ficción de “El día señalado”, de Manuel Mejía Vallejo, con el apoyo del profesor José Raúl Ordóñez. Y luego una serie documental sobre arte y cultura.

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Las películas y cortos se enfocaron en representar ese contraste social surgido de la crisis. Marcando Calavera, largometraje estrenado en 1999, dirigido por Nelson Freddy Osorio, es uno de los referentes de estos nuevos discursos: de la condición marginal y violenta de la ciudad. “La grabación empezó en 1994, el año del mundial de futbol de Estados Unidos. El día en que jugaba Colombia contra Rumania, a las 6:15 de la tarde, el protagonista de Marcando Calavera fue asesinado. Todas las calles estaban vacías, todo el mundo estaba viendo el partido, y él estaba en una calle del barrio de El Mirador. Es una manera muy particular de entender la ética y de entender la forma de vivir allá. Ese hecho hizo que la película sufriera un revés, pues ya llevábamos rodada casi la mitad, y al morir el protagonista, tuvimos que empezar de nuevo.”

“Nos tomó un tiempo volver a consolidar el equipo de trabajo.” En 1996 se presentaron a las Becas Nacionales de Colcultura, y ganaron una beca de producción audiovisual con ‘El Parche’, que fue el primer nombre que tuvo la película. El desembolso del dinero se demoró más de un año, de modo que las grabaciones empezaron a finales del 97 y terminaron un año después. “El 13 de mayo de 1999, estrenamos Marcando Calavera. Se estuvo presentando en muchos espacios nacionales e internacionales, y aún hay lugares donde se la puede conseguir pirata, que ha sido como la mayor distribución que ha tenido”.

“Algunos discursos tuvieron que ver con la transformación de la ciudad”, dice Potes González. Cuenta que así como Nelson Osorio hizo sus trabajos en los barrios marginales de la ciudad, documentando las dinámicas y vivencias que ocurrían allí, también Carlos Marino Illera exploró esos campos con el corto “Occidente”, de 1991. Además, las comunidades indígenas empezaron a realizar sus propios trabajos. Fundaciones como Sol y Tierra y el CRIC se acercaron al lenguaje audiovisual para exponer sus visiones de mundo.

 

Breve mirada al audiovisual en Popayán 3.jpgEn las conclusiones de su libro sobre cine colombiano, Guillermo Pérez La Rotta escribe que “así como una literatura nacional lo hizo con creces durante el siglo XX, el cine empieza a ser un nuevo universo imaginario de identidad, afirmación y transformación de la conciencia social colombiana”.

De este modo, a mediados de los años noventa, aparecen otros grupos. Por ejemplo, Cinestesia, que fue un grupo de trabajo audiovisual en el que se hicieron algunos cortos experimentales por jóvenes cineclubistas. Entre ellos, Alex Andrés López, Juan Esteban Rengifo y Rodrigo Orozco, quienes fundan el Festival de Cine Corto de Popayán en el 2008.

           

Los que llegaron

“Cuando recién empezó la muestra del Cauca, uno no podía hacer curaduría ahí. Lo que llegaba lo pasábamos. Llegaban cinco, seis cosas. El año pasado llegaron veinte. De esas veinte proyectamos doce”, cuenta Alex López, organizador y miembro fundador del Festival de Cine Corto de Popayán.

Al principio, la invitación era directa, y de ahí se lograba la muestra. Se contactaba a los realizadores y se les proponía la exhibición de sus productos. Después se logró que la muestra fuera competitiva dada la creciente cantidad de postulaciones. Entonces se empezó a recibir el material y se dividió en dos categorías: la de muestra y la de competencia.

De acuerdo con la base de datos del festival, el año pasado, 2018, se postularon 352 producciones de las cuales solamente 100 pasaron a la selección oficial. “El festival no pretende ser algo excluyente, pero sí exige ciertos estándares de calidad para la muestra y la competencia”.

De acuerdo con López, uno de los objetivos del festival es que la gente encuentre en él lo que no encuentra en otros festivales: el encuentro con la gente. “Si vas a Bogotá, la ciudad te absorbe de tal modo que no ves el festival. Igual con el de Cartagena: 85 películas, y no puedes ver casi nada del catálogo por cuestiones de movilidad y tiempos. El Festival de Cine Corto pretende ser un lugar de encuentro y en el que se pueda ver la totalidad del festival, y que la gente se vea con los realizadores, los directores…”

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El festival recibe apoyo de la Fundación Universitaria de Popayán (FUP) desde su quinta versión, y cada año se presenta a concurso con el Ministerio de Cultura y con Proimágenes Colombia para recibir capital. La alcaldía y la gobernación también han aportado dinero en algunas ocasiones, pero “forma parte de ese proceso de buscar apoyo”. En su décima versión, el festival funcionó con un presupuesto de 32 millones de pesos.

Además de este espacio, existen otros medios en los que se promueve este lenguaje, como sucede con “Cine en mi barrio” o el proyecto “Viento en Popa”, que ganó el premio India Catalina el pasado 9 de marzo, en la categoría de mejor producción de canal comunitario por su documental “Coca, la planta sagrada”.

Según López, al Cauca le queda mucho por contar, así como mucho por aprender, pues, a pesar de la trayectoria que ha trazado el medio en la ciudad y la región, “nos damos cuenta que el Cauca todavía está en un proceso emergente”.

 

 

 

 

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