13 de junio de 2019

25 años de la avalancha del río Páez

El sismo que sacudió la vida de los paeces

Tras el terremoto que ocasionó graves deslizamientos de tierra, el 6 de junio de 1994, muchas personas migraron del pueblo a municipios cercanos viéndose obligados a empezar una nueva vida lejos de su tierra natal.

Por: Ana Isabel Cerón Pill

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—¡Corran! ¡Corran! ¡Que viene una avalancha! —gritaba con desesperación Luis Ledesma, jefe de la Cruz Roja en Páez, mientras se dirigía con prisa a encender la alarma del pueblo, ubicada en la alcaldía. Eran las 3:47 de la tarde. 

Minutos antes. En una pequeña casa de color blanco, con puertas y ventanas azules, construida en bahareque y techo de teja, ubicada a una cuadra del parque principal del pueblo, se encontraba Rosa Helena Pill, quien acababa de tomar un baño y peinaba su pelo liso, sentada en la puerta de su casa. Era un lunes muy caluroso y el sol iluminaba Belalcázar como últimamente no lo hacía. 

De un momento a otro, Helena comenzó a notar  que todo se movía. Era un temblor. La intensidad del sismo era cada vez más alta. Pero en ese instante,  lo que más le angustiaba a ella  era que se cayera la enorme piedra ubicada en la parte de arriba de su casa.

El terremoto duro treinta segundos y tuvo una magnitud de 6.4 en la Escala de Richter. Su epicentro se localizó sobre la Cordillera Central,  entre los  límites de los departamentos del Cauca y Huila, muy  cercano al Sur de la cima del Volcán Nevado del Huila.

 

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Imagen del Periódico “El Liberal” de junio de 1994. La creciente del rio se incrementó hasta 30 metros.

 

“Cuando fue mermando la intensidad del temblor  yo me fui corriendo y crucé por el parque. Eso donde las monjas se había caído todo al suelo. En ese momentico, pasó Ledesma con otros gritando. Iban a avisarles a los de la Símbola que pusieran cuidado que había habido un temblor. Salieron y se fueron en un carrito;  yo me fui pa’ el hospital",  relató Helena.

Mientras ella corría preocupada hacia el hospital para avisarle a su hijo Jorge sobre el temblor, Simeón Ramos, un zapatero de tez mestiza, pequeño y sonriente, se encontraba dentro de la iglesia tratando de salvar a las monjas que estaban preocupadas de que el techo se les cayera encima. Sin embargo, cuando intentaron salir la puerta se atascó y todos tuvieron que gritar con fuerza para que los escucharan y los pudieran rescatar.

Oscuridad y cenizas

Ese 6 de junio de 1994.  El sismo de Páez, llegó a afectar gran parte del territorio nacional, especialmente al suroccidente del país. En el departamento del Cauca se registraron, inicialmente, alrededor de 1.550 viviendas destruidas y 2.900 averiadas. Pero en Huila, según un reporte de Ingeominas, las viviendas destruidas fueron más de 100 y las averiadas cerca de 300.

Después de ir al hospital Helena subió corriendo por la Virgen,  desde ahí logró ver una gran humareda: "Era como si estuvieran quemando algo". Pero no,  "había sido la avalancha que bajaba", ya venía por la Símbola cuando todo comenzó a oscurecerse. El día soleado había llegado a su fin. Entonces, ella se fue para donde su esposo, Juan Gutiérrez.

Juan era un señor alto y de tez oscura. Él se encontraba en un barrio de Belalcázar, que para ese entonces solían llamarlo el Caí. Ese día, cuando sintió el temblor, estaba arreglando unos tubos de alcantarillado.

Cuando Helena fue donde Juan, en la parte alta, vio cómo las rocas echaban candela. El río tronaba, las piedras se chocaban y salían disparadas hacia arriba. Poco a poco el río fue bajando; primero se llevó el cementerio. El agua formaba como olas de mar  pero eran de puro lodo. Luego, llegó al hospital. Había momentos en los que el río se quedaba mudo e incluso, tal y como lo cuenta Juan, "parecía que no había".

 

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Foto de archivo. Imagen del periódico “El Liberal” de Junio del 94. Mosoco fue uno de las zonas más afectadas por la avalancha.

 

Con la avalancha el día se fue oscureciendo, el pueblo quedo envuelto en cenizas. Juan se fue para la casa mientras pensaba en el paradero de su hija Francy, quien se había ido desde por la mañana con su abuela materna para Mosoco. En el pueblo se comentaba que ellas estaban muertas, porque el carro en el que venían se lo había llevado la avalancha en un punto cercano al río, llamado Tálaga.

Francy era la segunda hija de Helena, ella tenía catorce años cuando ocurrió la avalancha. Ese día había madrugado, por ser día de mercado, para viajar a Mosoco con su abuela Julia. De regreso a Belalcázar en una chiva, el viaje se vio interrumpido por la fuerza del temblor.

"Estábamos al frente de la iglesia de Tálaga, íbamos pasando cuando la gente empezó a mirar para todos los lados y cómo las tejas se movían para arriba y para abajo, pero en realidad no sabíamos lo que estaba pasando. Las personas empezaron a gritar: ¡está temblando! ¡está temblando! El conductor de la chiva se detuvo un momento, mientras todos nos observábamos con preocupación”, relata Francy.

En medio del camino, cuando estaban próximos a llegar al pueblo, un señor les gritó con gran fuerza que venía una avalancha. La chiva volvió a parar y la gente paralizada del miedo ni reaccionaba, no se bajaban rápido.

 

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Sólo después de cinco metros, se puede habitar la zona aledaña a la ribera del Río Páez. 

 

Francy estaba muy preocupada, mientras trataba de motivar a su abuela para que saliera del rincón  en el que siempre se ubicaba. “¡Abuelita, por favor bájese,  bájese que viene la avalancha!”, le decía angustiada. Al bajarse, todos corrieron hacia la loma sin rumbo fijo y con el temor de que en cualquier momento la avalancha los alcanzaría.

Al adentrarse en la loma, caminaron mucho. Pasaron por el cementerio de Tálaga, cruzaron una quebrada, con cierta rapidez y temor porque era posible que "esa quebrada creciera por la avalancha". Luego, siguieron avanzando sin saber hacia dónde, pero finalmente llegaron –después de una larga caminata– a un lugar que le llamaban La horqueta.

Francy y su abuela tuvieron que pasar varios días en la montaña, ya que los helicópteros no podían aterrizar en la zona porque todo estaba muy nublado por las cenizas que dejó la avalancha. Después de unos tres días llegó un helicóptero con remesa al lugar en donde ellas se encontraban. Su abuela se dirigió donde el piloto y le dijo que por favor las llevara al pueblo, sin embargo el hombre –en primera instancia– se negó. Hablaron por un buen rato, hasta que el piloto accedió a llevarlas porque eran familiares del socorrista Laureano Pill, tío de Francy.  “El hombre nos dijo que ellos nos creían muertas porque la avalancha se había llevado la chiva", contaba Francy mientras recordaba con tristeza que en esos momentos, dentro de la montaña, no dejaba de pensar ni un segundo en su familia.

 

(…) hasta habían personas encima de los techos "

pero en medio del río, ¿quién los iba a salvar?” El río parecía una fiera, bramaba”

 

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Foto de archivo. Imagen del Periódico “El Liberal” de junio de 1994. Tras el desastre natural se registraron cerca  de 1.100 muertos.

 

Lo que el río se llevó

Como Francy, Pilar, una joven de 19 años, no dejaba de pensar en su abuela y su prima, puesto que no se sabía nada de ellas desde hacía ya tres días. Cuando ocurrió el terremoto, ella estaba en la casa de su abuela Julia, ubicada a una cuadra del parque. La gente empezó a gritar: ¡una avalancha! ¡una avalancha! Entonces, cuando ella salió miró hacia la parte de la Símbola - ubicada en el lado izquierdo del río. Venía una sombra, una nube grande de polvo, no se lograba observar bien. Todo estaba muy oscuro.

Pilar tenía ocho meses de embarazo, vivía en una pieza cerca al parque. Sin embargo, ese día su familia estaba cada uno por su lado. “Luego de escuchar los gritos y ver la ola de polvo que se desató, todos empezamos a coger loma arriba. Toda la gente del pueblo era corra,  corra y corra. Parecíamos hormigas. En ese preciso momento, cae un lapo de agua durísimo, que uno dice ¡¿Dios mío qué paso?!".

Todos corrieron hasta llegar a la "Mesa de Belalcázar", una loma alta y segura en donde la avalancha no iba a llegar. Cuando Pilar subió, miraba en medio de su angustia cómo la avalancha se iba llevando casas, y animales –que chillaban de la desesperación–. “Hasta había personas encima de los techos, pero en medio del río, ¿quién los iba a salvar?”, pensaba ella.  El río parecía una fiera, bramaba.

"Fue mucha gente la que murió ese día", recuerda Pilar en medio de lágrimas y con su voz quebrada. "A mí sí me da mucha tristeza que personas que estudiaron conmigo se las llevo la avalancha. Gente que yo conocía. ¡Se llevó familias enteras!".

En la avalancha del 94, según el censo realizado por el CRIC, hubo 1.100 muertos. En cuanto a familias, se registraron en el Cauca 7.511 afectadas y 414 en el departamento del Huila.

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Una playa de lodo

Llegó la noche. En la Mesa había unos albergues para la gente damnificada. Además se habían instalado pequeñas carpas para prestar primeros auxilios. Allá arriba había niños huérfanos, heridos, ancianos, familias completas, madres que habían perdido sus hijos, hombres viudos, mujeres dando a luz, otras en embarazo, etcétera. Ese día nadie pudo dormir, todos escuchaban el fuerte sonido del río mientras temblaba cada veinte minutos y con temor no dejaban de pensar en qué momento se desataría otra avalancha.

Después del primer sismo registrado el 6 de junio por la Red Sismológica Nacional de Colombia (RSNC) se detectaron aproximadamente 800 réplicas, hasta el 30 de junio.

Al día siguiente, con el amanecer y el aire un poco libre de ceniza, desde la Mesa –en donde se encontraba Pilar– se lograba ver lo poco que quedaba del pueblo. La avalancha había arrasado con gran parte de él. Se respiraba tristeza y angustia. Lo único que quedaba era una playa de lodo, sola y vacía.

La avalancha se llevó toda la parte baja del pueblo. Mosoco fue una de las veredas más afectadas ya que las casas construidas en bahareque y barro quedaron totalmente destruidas. Aunque fue Irlanda, como lo registra un reporte de Ingeominas, “el sitio más afectado en la zona del epicentro”. 

Pilar recuerda los daños que sufrió Irlanda y se le eriza la piel. Cuenta que “murió un colegio entero porque estaban en clase.  Cuando el terremoto, todo mundo dijo: ¡está temblando!, pero Irlanda estaba tan cerca al nevado que cuando se dieron cuenta fue que el nevado venía encima de ellos”.

 

”Uno no está enseñado como se dice a estar encerrado.

Allá uno es como un pájaro, para donde quiera anda y no hay peligro de nada”

 

Asimismo, ella no dejaba de pensar en su abuela y en su prima. Ya iban tres días y seguían sin saber nada de ellas. A las cinco de la tarde, Pilar se encontraba en la Mesa cuando le dijeron que “Doña Julia ya había llegado con la nieta”. Su corazón latió más rápido y sintió de inmediato una felicidad indescriptible. Salió corriendo con gran afán –con su bebe, aún en la panza– a la cancha de fútbol en donde estaban aterrizando los helicópteros que llevaban alimentos no perecederos, agua, útiles de aseo y medicamentos.

Cuando Pilar llegó, en la pista estaba, como era de costumbre, Helena. Ella bajaba todos los días, desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche, a la cancha con la esperanza de que en alguno de los helicópteros que aterrizaban estuvieran su hija y su mamá. Esa tarde, narra Helena, iba descendiendo el último helicóptero y ella iba bajando. Cuando lo vio dijo: “¿Esa no es mi mamá?” Volvió a mirar y dijo: “¡Dios mío, esa parece mi mamá! Cuando la vi me fui corriendo de ahí para abajo”.

Mientras tanto Pilar, Simeón, Laureano y Helena corrían hacia donde estaban sus familiares Julia y Francy. Cuando aterrizó, ellas bajaron. Iban completamente llenas de barro. Julia, abuela de Francy y mamá de los demás, iba con su canasta del mercado en donde llevaba una gallina muerta. Francy sentía una guerra de sentimientos. “Cuando bajamos, entre todos nos abrazamos y lloramos,  fue una felicidad volverlos a ver a todos vivos, y saber que nosotros también estábamos para ellos”, relata Francy.

Luego, los socorristas se las llevaron hacia el puesto de salud, como era costumbre con cada persona que rescataban. Estos puestos los habían ubicado en la cancha cerca del colegio de los niños. En la Mesa también se encontraban otras carpas de primeros auxilios que servían para atender a los heridos, enfermos, etc.

Después de dos días. El 10 de Junio, Pilar fue trasladada a Inzá en un helicóptero porque la niña “ya se le quería venir”. Cuando llegó a Inzá la llevaron en carro hasta Popayán, en donde –tres días después– tuvo su primera hija en el Hospital San José.

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Foto de archivo. Imagen del periódico “El Liberal”, junio de 1994. El primer helicóptero que aterrizo en Belalcázar fue suministrado por la gobernación de Antioquia.

 

Tierra afuera

Ya han pasado 24 años desde que Pilar dejó su pueblo natal. Aunque ha regresado, sólo ha sido 

de paso y no para volver a vivir en él. Actualmente reside en la ciudad de Popayán. Tiene dos hijas. Afirma que después de la avalancha su vida sufrió un cambio absoluto, porque el hecho de pasar de vivir en un pueblo a una ciudad es muy difícil. “Uno ya tenía su gente conocida. Y llegar de un momento a otro a una ciudad donde uno no conoce a nadie ni siquiera a la ciudad, es duro. Además, yo jamás pensé venirme a vivir a Popayán por una tragedia, yo siempre decía: ¡yo no quiero nunca salir de mi pueblo!”, resalta Pilar.

Como ella. Días después de llegar a Belalcázar Francy y su abuela, en compañía de primos y tíos, también viajaron a Popayán para “despejar un poco la mente”, como diría Francy. Su estadía en la ciudad fue muy corta puesto que a los pocos días se devolvieron al pueblo porque extrañaban su familia y su tierra natal.

Sin embargo, seis meses después de la avalancha, Juan tuvo que vender su casa al gobierno porque ahí iban a construir el nuevo hospital. Él decidió comprar una casa en Popayán, con el dinero de la otra, y no en Belalcázar porque su mayor pregunta era: “¿Qué nos quedamos haciendo aquí en Belalcázar si después de la avalancha ya no promete nada?”. Además, después de la avalancha al pueblo llegó mucha gente de afuera y la inseguridad se incrementó.

 

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Foto de archivo. Imagen del periódico “El Liberal”, junio de 1994

 

Así fue como Helena, Juan, Francy y sus otros tres hermanos llegaron a vivir a Popayán, el 3 de enero de 1995.  La vida de Francy dio un giro de 180° porque cuenta que “vivir en un pueblo en donde usted está acostumbrado y ha vivido su infancia y parte de su adolescencia, en donde todo estaba construido y de un momento a otro cambiar todo, es totalmente brusco, y luego venir acá a una ciudad donde nadie lo conoce a uno, es aún más difícil”. Al igual que Pilar, Francy afirma que aunque ha regresado al pueblo, después de la avalancha, sólo ha sido de visita.

Para Juan este cambio de vida inicialmente fue “cosa dura” porque como él asegura: “uno no está enseñado, como se dice, a estar encerrado. Allá uno 

es como un pájaro, para donde quiera anda y no hay peligro de nada”. Además, él estaba enseñado a trabajar y  acá, en la ciudad, duró una semana, dos semanas, haciendo nada. Hasta que inició a trabajar colocando tubos de alcantarillado en Popayán y todo regresó a la normalidad.

Cuando regresan a Belalcázar, Juan y Pilar siguen sintiendo cierto temor y una enorme tristeza al recordar todo lo que vivieron hace 24 años. Porque como afirma Pilar, al ir al pueblo se sigue sintiendo “como ese temor de que Dios no quiera a qué hora iba a temblar,  para dónde íbamos a pegar.  Uno queda como marcado y como con ese presentimiento de que algo va a pasar”.

En el caso de Juan, a él le gusta mucho pescar, sin embargo cuando va a Páez cuenta que le da miedo. Sólo pasa pero por el puente. Porque...como afirma Juan: “¡Es que una cosa es contar y otra ver!”.

A diferencia de Juan y Pilar, para Francy regresar al pueblo ya no genera temor  puesto que lo que ella siente es alegría de regresar allá porque es como recordar su infancia, sus amistades y todo lo que ella vivió allá.

Como Juan, Helena, Pilar y Francy hubo muchísimas personas y familias que migraron del pueblo hacia la ciudad o hacia otros lugares cercanos. En total fueron cerca de 1.600 familias las que salieron del territorio afectado por este desastre natural. Ellos harían parte de Tierra Fuera –la gente que de todas formas tuvo que salir del territorio a ubicarse en municipios vecinos– como diría Diana Pulido, funcionaria de la Corporación Nasa Kiwe, que se creó seis días después de la tragedia.

 

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Foto de archivo. Imágenes del periódico “El Liberal” de Junio del 94. Debido a la magnitud del desastre natural, muchas comunidades indígenas debieron abandonar su territorio.

 

La tierra de uno

Además de la constante lucha por las tierras, después de la avalancha del 94 las comunidades indígenas reasentadas han venido batallando por la conservación de sus tradiciones y costumbres. Aunque en varias comunidades como la de Moseucue aún se habla la lengua nativa, hay otras como la de Cofradía  –ubicada en las afueras de la ciudad de Popayán– en donde la lengua nativa se ha ido perdiendo y además se han ido adquiriendo las costumbres urbanas dejando a un lado las propias.   

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Hoy, Belalcázar sigue siendo un pueblo en donde se respira la tristeza de un pasado que lo marcó. Francy dice que hay cosas “que nunca se pueden olvidar”. Aunque el pueblo ha salido adelante, sí ha cambiado, comenta una mujer nasa, porque “el Páez de antes sabíamos que era un Páez azotado por la guerrilla. Pero ahorita, después de la avalancha, es un Páez azotado por la furia de la naturaleza que es algo muy diferente”.

Si ese 6 de junio no hubiera ocurrido nada. Juan, Helena, Pilar y Francy aseguran no haber salido del pueblo nunca. Para Francy “no habría nada que los hubiera sacado de él”. Por su parte, Pilar también estaría aún en su pueblo, porque a ella no se le habría ocurrido nunca vivir en Popayán. Juan, seguiría teniendo su finca e iría a pescar sin temor alguno de que el río fuera quien lo pescara a él. Y Helena, quizá seguiría peinando su cabello liso mientras disfrutaba de su descanso en las tardes. Porque como dice Juan, “no hay nada mejor que la tierra de uno”.  

 

 

 

 

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