02 de diciembre de 2018

Crónica

Remembranza del Maestro Pazos

Leonardo Pazos Fernández fue un músico cajibiano que dedicó gran parte de su vida a la enseñanza musical para la clase trabajadora. Después de hacer un recorrido musical con Efraín Orozco, fundó en 1936 el Orfeón Popular Obrero de Popayán. El maestro Pazos como era conocido es un personaje que ha pasado inadvertido a través del tiempo. Aquí, un homenaje a un hombre que nunca quiso ser nombrado.

Por: Angélica María Guzmán

Ilustración: Laura Lara Narváez

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Quisiera haber conocido a Leonardo.

Dicen que era una persona solitaria, pasiva, serena y educada.

Dicen que siempre andaba con saco y corbata, que tenía mucha presencia, que era un hombre de finos modales.

Dicen que la gente al saludarlo le hacía una venia en señal de respeto y le decían, “maestro Pazos”.

Dicen que no sufría de nada, pero se quejaba de todo.

Y también dicen que era liberal, un gran liberal.

Sereno. Pausado. Nervioso. Estricto. Rebelde. Friolento.

Casi siempre intento imaginarlo. A través de algunas viejas fotografías logro alucinar un poco, quizás mucho.

Pensarlo me hace recordar un pasillo que se llama Las acacias.

Me hubiera gustado conocerlo.

La gente que lo recuerda dice que por estas épocas nadie sabe quién es él. Tienen razón. Lo han olvidado.

Aun así logro imaginarlo caminando por las calles de la ciudad con su erguida postura y seguridad al caminar. Con esa típica expresión de su cara que trasmite inquietudes, preguntas sin respuestas. Logro verlo, tomándose un tinto y fumándose un cigarrillo en su habitación. Ahí está, sentado en su escritorio con un lapicero de tinta negra en las manos, escribiendo una partitura en un pedazo de volante que le dieron en la calle. Está sentado, leyendo a Nietzsche y poniendo la Quinta Sinfonía de Beethoven mientras piensa en Cajibío, en su infancia y el Orfeón. Luego, se levanta y pone “Bésame morenita”, de Carlos Julio Ramírez, y saca una pastilla para el dolor de estómago porque siente que los dolores estomacales y el frío de la ciudad están acabando con él.

Se siente un poco incómodo y de repente todo le duele, porque él es un cuerpo glorioso. Sale por más tinto de su cuarto y se pone un rato al sol para calentarse porque el bendito frío está muy fuerte. Aprovecha el espacio de la casa y camina por el corredor sin fin y ve que su sobrina Susanita está cosiendo unas muñecas de trapo para venderlas a los almacenes. Las observa, pero sigue de largo. Al volver a pasar pide silencio, porque el silencio es importante para concentrarse, para pensar, para leer, para escribir.

No dice nada más. Habla lo necesario. Escribe. Lee. Sólo piensa y recuerda a Hilarión, su hermano.

¡Es tan flaco pero tiene tanta vida!

El escritorio para el maestro representa algo más que un simple pedazo de madera, en él sucede la magia. La magia de sus canciones, de sus crónicas, de sus hazañas. Ahí es donde se materializa todo lo que pasa por su mente. Ahí es donde recuerda, donde ensueña. Ahí está él, perdido entre una pared que ha cambiado de color y algunos nuevos ladrillos. Ahí sigue él, en la primera habitación de su casa que aún existe y que al entrar, a la izquierda conserva su escritorio y a duras penas cabe el asiento.

Ahí está.

Entre los cuadros que ya no están. Entre las sinfonías que nunca más volvieron a sonar. Entre el balbucear de una canción. El maestro nunca se fue.

Ahí está.

Hablando jocosamente como solía hacerlo y contando algún chiste para que la gente ría.

Ahí está.

Leyendo partituras en el salón del estudios del Orfeón y preguntando a los alumnos si entendieron o no. Para él era importante la enseñanza musical, para él eran importantes los obreros. Se sienta, mira alrededor y le dice a sus alumnos que la Institución del Orfeón Obrero es su casa. Toma café negro con azúcar.

Luego se sienta a leer El Liberal y se ve en la primera página del periódico con uno de sus escritos sobre Cajibío. Es que para él su pueblo es tan importante como su música, como su gente. No lo dice, él no dice nada, no habla, pero se siente.

Desde lejos se logra sentir –aunque ya no esté–, que el maestro Pazos es pura vida.

Gracias Maestro.

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