5.5 en escala de Richter: una mirada al terremoto de Popayán en 1983

5.5 en escala de Richter: una mirada al terremoto de Popayán en 1983

El jueves 31 de marzo se conmemora 40 años del terremoto de Popayán. Según reportes de la Unesco, 200 personas aproximadamente murieron, 1500 resultaron heridas, el 72% de las construcciones tradicionales sufrieron averías graves y una cuarta parte de los pobladores quedaron sin hogar.

El jueves 31 de marzo de 1983, a las ocho de la mañana, doce minutos y cincuenta segundos, un fogonazo, como el color de la sangre, surcó el cielo y pareció chocar contra la tierra. El sonido aturdidor fue similar al de una granada cercana que pudo sobresaltar y poner en posición de ataque a una buena parte de las fuerzas militares, pues el espontáneo y solitario estampido retumbó sobre la plaza de armas de la Escuela de Suboficiales del Ejército de Popayán, justo cuando un grupo de alumnos del Curso 31 cantaban el himno nacional. Pero no era la guerra la que llegaba a la ciudad.

 

Segundos antes, un puñado de perros que había iniciado su jornada festiva desde tempranas horas de la mañana, coincidieron en aullidos celestiales dignos de un espectáculo de música religiosa, pero lo que pretendían era anunciar a sus amos, o a cualquier buen samaritano desprevenido, de que algo malo estaba a punto de suceder. Justo en el instante en que unos cuantos caninos más se preparaban para sumarse al coro que había irrumpido su sueño, surgió un potente grito sobrenatural desde el fondo de la tierra que silenció todo a su alrededor.

 

A menos de cinco kilómetros de profundidad, la placa tectónica, bautizada como Placa de Pubenza, sufría una rutinaria fractura y toda la energía liberada buscó intempestivamente un escape hacia la superficie que emergió en forma de trueno. Desde las entrañas de la tierra las grietas de Pubenza no solo buscaron una salida vertical, sino que siguieron el camino norte-sur que se venía trazando 16 kilómetros atrás, desde la zona rural del cercano municipio de Cajibío, donde el sismo tuvo su nacimiento. Las fracturas que llegaron a Popayán a velocidad de relámpago surcaron los predios de la Escuela de Suboficiales, atravesaron sin ningún impedimento el aeropuerto Guillermo León Valencia, se deslizaron sobre la vía panamericana, rozaron sin aviso alguno las inmediaciones del Instituto Nacional de Educación Media –INEM‒, cruzaron como un despertador endemoniado los Bloques de Pubenza y parecieron dispersarse sobre las calles y carreras del viejo casco colonial y barrios populares cercanos hasta que pronto se hicieron imperceptibles.

 

Aquel Jueves Santo las personas que se encontraban desarrollando sus actividades matinales o que apenas despertaban de un apacible y reparador sueño y pensaban en la firme intención de alzarse de sus camas para merodear entre los actos religiosos que concedía la Semana Santa escucharon un estruendo repentino que los transportó inmediatamente casi que a un mundo de fantasía. Una persona dijo escuchar cómo una turba enfurecida de machos bovinos, escapada de la plaza de toros Francisco Villamil Londoño, corría por las calles próximas, y estos, sin reparo alguno, habían trepado por los techos de sus casas, lo que generó una estridencia nunca antes vivida. Algunos estuvieron expectantes de que brotara de la tierra una ensordecedora máquina de acero que parecía remover todos los caminos subterráneos que se encontraban sobre la meseta de Popayán y que impedía mantenerse en pie. Otros creyeron haber sido burlados por fuerzas paranormales que los tomaron por sus pies y los lanzaron a cada rincón de la habitación en la que instantes atrás dormitaban. También se pensó en que un gran animal vivía en el centro de la tierra y que anunciaba su aparición a punta de rugidos que hacían vibrar lo que estuviera a su paso. Los más creyentes no dudaron en pensar que se cumplía la maldición que vaticinaba que Popayán se hundiría una vez se cayera completamente la cruz de la emblemática iglesia de Belén. A quienes la imaginación no les dio para tanto tuvieron la reacción mecánica de abrazar al ser querido más próximo o se quedaron petrificados como gárgolas y sintieron irse muriendo mientras en un destello revivían cada uno de los pasajes más agraciados de su vida. Una monja que caminaba a esa hora por el centro histórico de la ciudad vio levitar por un instante la cúpula de la catedral Basílica Nuestra Señora de la Asunción y luego desaparecer, como si de un acto de magia se tratara. “¡Dios de todos los santos!”, habría dicho.

 

Durante 18 segundos pocos supieron que Popayán era sacudida por uno de los terremotos más fuertes en su historia, y que, a excepción del ocurrido en 1736, ningún otro de los 115 sismos registrados desde su fundación podía compararse con la energía que desplomaba a la ciudad. Ni siquiera uno de los eventos sísmicos más sorprendentes ocurrido a mediados de la década de 1940, denominado “El enjambre”, que produjo más de treinta temblores en ese mismo año y que generó absoluta consternación y daños físicos, pudo igualarse. El jueves 31 de marzo, a las doce de la mañana, trece minutos y ocho segundos, una nube de polvo cubría la zona histórica de la ciudad de Popayán y todos cayeron en la plena conciencia de que algo terrible había pasado.

Minutos más tarde, a 270 kilómetros de la tragedia, el presidente de la República de Colombia, Belisario Betancur Cuartas, era informado por uno de sus edecanes sobre la noticia que ya se propagaba a través de las grandes cadenas de radiodifusión del país. El presidente se encontraba desde las seis de la mañana en la ciudad de Neiva y se enteró del caso de Popayán mientras transcurría una ceremonia donde se le hacía un llamado a los alzados en armas para insistir en la pacificación del país. Belisario pidió más datos a sus asistentes, y cuando los obtuvo, decidió cambiar su agenda, cuyo destino programado era el Magdalena medio. Debía reunirse con las autoridades en Popayán.

 

Antes del mediodía, el primer mandatario de la nación ya recorría las calles del centro histórico: “Aquí estamos, caucanos, payaneses, vigilando su propio dolor, asistiendo a su propia pesadumbre” dijo mientras caminaba entre escombros. Luego de unas horas de reuniones con funcionarios del Gobierno local regresó a Bogotá. Desde la capital hizo un nuevo pronunciamiento a través de los medios de comunicación: “Haremos que los recursos de la nación se vuelquen hacia Popayán. Haremos que las edificaciones públicas y privadas se levanten como un Ave Fénix de sus escombros, resurgirá una Popayán nueva, pero plantada sobre su historia, sembrada sobre las glorias tutelares de la nacionalidad”. 

 

Días más tarde, apegados a la ciencia, Michio Hashizume y Cinna Lomnitz, delegados de la Unesco, realizaron una excursión macrosísmica sobre toda la meseta de Popayán y otros municipios cercanos, para encontrarse con los rastros de la falla de Pubenza y determinar los pormenores del terremoto. Dentro de las cifras que entregaron en su informe se calculó que los muertos estaban por encima de los 200, que había aproximadamente 1500 heridos, que una cuarta parte de los pobladores de Popayán estaba sin hogar, que el 72 % de las construcciones tradicionales sufrieron averías muy graves y que los daños totales del sismo ascendían a los 29 mil millones de pesos, unos 400 millones de dólares de la época.

 

Aun cuando el país no salía del estupor generado por la tragedia, varios medios nacionales y regionales llegaron a la ciudad para cubrir el acontecimiento. “Popayán surgirá de sus escombros: B.B”, “Una noche de angustia y dolor”, “Un terremoto, una pesadilla”, “Resucita Popayán”, fueron algunos de los primeros titulares con los que medios como El Tiempo, El Colombiano y El Espectador contaron los hechos. El diario local El Liberal, cuyas instalaciones y rotativa se encontraban averiadas, dos semanas después del sismo pudo recuperar la circulación entre las calles de la ciudad con el lema “El diario reconstruir de Popayán y el Cauca”. Apareció con ocho páginas bien distribuidas de notas e informes sobre la tragedia, pero fue un breve reporte alrededor de un nuevo evento al que se enfrentaba la ciudad lo que llamó la atención.

 

Numerosas invasiones o asentamientos espontáneos comenzaron a generarse en los límites del perímetro urbano de Popayán como consecuencia de la destrucción de viviendas en el centro histórico y zonas populares, pues gran parte de los damnificados desde muchos años antes se habían resignado con sus familias a la idea de vivir como inquilinos ante la ausencia de un hogar propio. A las pocas semanas surgieron, casi que de manera simultánea y espontánea, cerca de 27 asentamientos que se alojaban principalmente en el occidente, cuyas tierras pertenecían a algunas familias de renombre en la ciudad, y al suroriente, donde se encontraba una buena tanda de predios del gobierno local y que se conocían con el nombre de ejidos municipales, una vasta zona verde predominante de humedales, quebradas y lagunas, que en ocasiones servía como atractivo natural dominical para los ciudadanos. La toma de estas tierras no tenía otro motivo más que exigirle a los gobiernos nacional y local que con la gran cantidad de ayudas internacionales que comenzaban a llegar se les otorgara aquello que para muchos parecía imposible de conseguir: una vivienda.

 

Ni las estaciones sismográficas más cercanas ni la astucia de Hashizume y Lomnitz hubieran logrado predecir el nuevo temblor que se gestaba en Popayán. La tragedia se convirtió en una disputa entre el Gobierno nacional y las más de 25 mil personas que se radicaron en las zonas de invasión, que hicieron en un santiamén ranchos o cambuches con lo que a su paso encontraron. Todo como símbolo imprescriptible de que ya nada ni nadie los despojaría del lugar que reclamaban fuera suyo. Las tensiones aumentaron y pronto aparecieron las fuerzas del Estado para tirar al piso las precarias construcciones y limpiar los predios de todo aquel que no fuera su dueño. La comunidad resistió y por unas semanas fue común ver las escenas de desalojo y confrontación: las agresiones, las provocaciones, los acuerdos fallidos, las disputas, las amenazas, la sangre y los muertos. Una cara oculta de la reconstrucción de la nueva Popayán.

 

En medio de las bemoles surgidas después del terremoto del Jueves Santo, las mujeres de los asentamientos espontáneos jugaron un papel fundamental. También fueron ellas las que se tomaron las tierras, lucharon, marcharon, gritaron, resistieron, se enfrentaron a la fuerza pública, cuidaron de sus hijos y su familia, sacaron arena de los ríos, cargaron ladrillos, bultos de cemento, negociaron con autoridades locales y nacionales la constitución de arrabales y aprendieron a construir sus propias casas ladrillo a ladrillo. Fueron madres, esposas, hermanas, amigas, obreras, ingenieras, gestoras. Un paisaje cotidiano que no se podía concebir sin ellas. Movieron los hilos del hogar y los nacientes barrios con la idea de que tendrían un espacio propio dentro de la ciudad después de la tragedia. Sin embargo, las historias de estas mujeres poco se han narrado o registrado, y muchos de los recuerdos que cuentan y miran la ciudad desde su sensibilidad han comenzado a desvanecerse.

 

Esta crómica es tomada del libro «Desde las grietas del 83. Luchas barriales femeninas», publicado por el Sello Editorial de la Universidad del Cauca. El libro surge como una apuesta por visibilizar las luchas y resistencias de las mujeres de los barrios populares, que fueron parte importante en la reorganización urbana de Popayán en la década de 1980. 

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