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“Ese día estábamos en la Loma de la Virgen cuando miré llegar a un niño de aproximadamente cuatro años de edad: llevaba puesto unos short y una camisa de color azul. El niño venía para que le reparáramos su bici, pero el trabajo parecía imposible. La bicicleta estaba en muy mal estado, no tenía frenos, ni galápago, estaba oxidada, llena de barro. Yo traté de arreglar lo que más pude. Mientras reparaba la bicicleta, el niño se acercaba y me decía “¿señora, ya está mi bici?”. Yo le respondí que aún le faltaban muchas cosas, a lo cual él me dijo: “No, déjela así”. El niño se marchó con la bici que seguía sin galápago pero al menos tenía frenos, en su rostro una sonrisa que me llenó de satisfacción”, dice Marcela Naspirán con un gesto de alegría que se refleja en sus ojos.

Marcela es diseñadora industrial, nació en Pasto, pero vive hace seis años en Popayán. El tema de las bicicletas no le era muy familiar hasta que conoció a Shannon Snider, un estadounidense que iba rumbo a Ecuador, pero terminó enamorándose de la ciudad blanca, y aquí se quedó. “Hace dos años que realmente empecé a montar bicicleta, Shannon fue el que me motivó a usarla y a conocer grupos que montan bici”, dice Marcela.

Shannon había retomado el tema de las bicicletas en Estados Unidos, más precisamente en el estado de Georgia, donde conoció un lugar llamado Sopó, que era un colectivo donde se hacían donaciones de bicicletas, de herramientas y demás cosas. Un espacio donde la gente podía ir a reparar una bici y obtenerla a un precio muy económico.

Popayán era un lugar bueno para montar un sitio similar. “La primera cosa que nosotros pensamos fue en repuestos. Recuerdo que un sábado yo estaba de viaje y cuando llegué la casa estaba llena de chatarra, cada vez que Shannon pasaba por una chatarrería compraba más bicicletas de cinco mil y de seis mil pesos. La idea era que la gente practicara el arreglo con estas bicicletas para luego poderlas donar”. A este proyecto social sin ánimo de lucro lo llamaron “La casa de la Bici”.

Empezaron con un colectivo de diez personas, visitaban las veredas por donde hacían normalmente sus recorridos, sin embargo no todos estaban interesados en realizar este proyecto social. Es así como decidieron establecer un lugar en específico donde los niños pudieran ir a reparar sus bicicletas. El lugar es la casa de Shannon y Marcela, ubicada en la calle 53 norte con carrera 5. Allí los niños encontraban cada sábado un lugar donde aprendían sobre el cuidado y mantenimiento de sus bicicletas, y allí les enseñaban valores, a ser organizados y, sobre todo, creativos.

Tiempo después el colectivo comenzó a salir a los barrios. “Uno de los primeros lugares que visitamos fue Santa Helena, había como 60 niños con sus bicicletas, nosotros éramos seis voluntarios. Muchas cosas no se podían reparar, por ejemplo, algunos niños tenían bicicletas como de chatarrería, con un marco aquí y una llanta acá. A veces eran cosas muy complejas, pero después los niños salían felices y ese era como nuestro incentivo”.

La casa se ha convertido en el segundo hogar de muchos, Marcela y Shannon siempre tiene sus puertas abiertas para los niños y las personas que quieran ayudar. La gente que pasa por ahí piensa que este sitio es un taller de mecánica, pero no, es un lugar de aprendizaje, que con pocos recursos y casi a arañazos ha contribuido a mejorar la vida de muchos niños.

“Una vez hicimos una bici-parrillada, usted traía un repuesto y le dábamos un chorizo. Esa vez reunimos muchísimas cosas; donaciones de llantas, de frenos, de herramientas. Fue muy chévere ya que muchas personas nos vinieron a ayudar y pasaron un buen rato comiéndose un chorizo”.

Las personas que conforman este colectivo son pocas, todos tiene sus obligaciones y trabajos personales que les proporcionan su sustento de vida, razón por la cual la casa de la bici funciona solo los sábados. “Cuando íbamos a los barrios nos volvían a llamar para que regresáramos, pero no podíamos estar cada dos meses en el mismo sitio, este trabajo tiene muchas necesidades”.

Shannon es el precursor y el de las ideas creativas: “Ideó unas capacitaciones donde les enseñábamos a los niños cómo reparar sus bicis. El propósito es que en cada barrio o vereda haya una sede de la casa de la bici manejada por los niños”.

Muchos de los chicos que acuden a estos talleres son de escasos recursos, niños muy inteligentes que por razones económicas no han podido continuar con sus estudios. Este colectivo les ofrece la oportunidad de aprender un oficio en el que se pueden desempeñar más adelante. También es una oportunidad para ocupar su tiempo libre en cosas productivas y beneficiosas para su vida.

“Una vez estábamos en un ciclo paseo por las Guacas, y vimos a un niño que montaba una bicicleta mucho más grande que él, ni siquiera podía subirse al galápago. Le preguntamos la razón y nos dijo que era la bici de su abuelo, nosotros no lo creíamos y dijimos: hay que darle una bici a este niño”.

En esta labor humanitaria no se recibe dinero, pero sí se recibe agradecimiento, ese que es puro, sincero. El proyecto ha marcado y transformado la vida de Marcela y Shannon, como también de aquellas personas que han sido participes de este trabajo. “Esto es algo que cambia la manera de ver la vida. Desde mi experiencia yo siempre pensaba en mí misma, en lo que quería para mí, un pensamiento egoísta. Tú puedes con solo un poco de tu tiempo cambiar la vida de una persona. Cuando ves a un niño que llega con su bici hecha trizas, como desarregladito, y le ayudas a repararla, te agradece con tanta sinceridad y pues eso alegra el corazón de cualquiera”, dice Marcela.

 

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