16 de septiembre de 2017

Testimonio

“Ya nada es como antes”

La Institución Orfeón Popular Obrero de Popayán fue fundada en el año 1936 por el maestro Leonardo Pazos Fernández. Su intención era darle cabida a la clase trabajadora y a los sectores populares para que se involucraran en las artes y pudieran estudiar la música en toda su extensión. Edilma Guzmán rememora con nostalgia los buenos tiempos vividos allí.

Por. Angélica María Guzmán Mambuscay

 

texto de prueba alternativo

Llegamos un viernes al Huila. Teníamos que ir con el vestido típico caucano a recibir a nuestra reina. Íbamos en comparsa, en medio de mucha gente y el sol pegaba muy fuerte. La chirimía tocaba y nosotros bailábamos. Así era allá en el Huila, yo no sé ahora. Ese día estábamos esperando a la reina, cada delegación lo hacía y eso era una alegría muy bonita. Cuando dijeron: “¡la reina del Cauca!”, sonó el Sotareño. Volteo a ver a mi parejo, era Hernando, don Hernando Noguera. Llore que llore y le digo: “a vos qué te pasó, pero qué te pasó, vé, bailá, tonto, que para eso estás, no te han puesto a llorar”. Y el condenado sólo decía: “ay, es que me dio gran emoción cuando nombraron a la reina”. Bailamos con ella y ella con nosotros. Fue bien bonito. Y por la noche le sacamos gusto a Hernandito: este chillón, que lo metan a la cola porque es muy chillón.

Esa ha sido la experiencia más linda que tuve en el Orfeón. Nos mandaron al Reinado Nacional del Bambuco en el año 1971. Primero concursamos en el Club Campestre para poder viajar y representar al Cauca. Me presenté con Rocío Rengifo, era la mejor ñapanga de aquí, tenía los vestidos más hermosos. Yo me hice mi propia falda caucana, le puse todo lo típico del departamento: flauticas, chanclitas, tambores, todo lo que lleva una chirimía. Llené la falda de eso y con esa falda bailé el Sanjuanero. El día que nos presentamos en el Club Campestre, bailamos con amor y ganamos, entonces, nos fuimos para el Huila.

Estando allá, recordaba todo lo que había hecho para estar ahí. Cuando entré al Orfeón tenía 17 años, eso fue como en el 67. Yo trabajaba en Carvajal. Era ensambladora de libros. Nadie me llama por mi nombre, para todos soy “La Gata”, es raro, pero cuando nací tenía los ojos azules, parecidos a los de un gato y mi papá me dejó así. Desde ese momento no tengo nombre y como no tengo hijos, yo soy la tía Gata.

Mi tío Julio era el profesor de guitarra del Orfeón y tenía una agrupación musical que se llamaba Los Andinos, ahí también tocaban otros tíos. Era unos duros. Yo le dije a mi tío Julio: “ay tío, hágame anotar, yo quiero entrar a danzas, a mí me gusta el folklor”. Entonces habló con el secretario, el viejito Vicente, y listo, quedé en la lista.

Como trabajaba en Carvajal, me levantaba a las seis de la mañana porque entraba a las siete. Me iba por toda la calle 11 hasta las Américas. En el camino me encontraba con compañeras y llegábamos juntas a la empresa. En ese tiempo estaban las cañerías visibles en la calle, era muy desagradable porque olía muy mal y más cuando hacía sol. Llegaba antes de las siete, iba a mi locker y me colocaba el delantal. Antes no era necesario usar otros zapatos, pero después nos dieron dotación y nos tocaba ponernos los zapatos pecuecudos, unos zapatos negros hechos de hule que a todas nos hizo dar pecueca. Hicimos de todo y no se les iba el olor y así tocaba usarlos.

Luego esperaba a que tocaran el timbre para iniciar las labores, en ese tiempo era ensambladora de libros, meter figuritas, había pines y otras cosas. Luego pasé a encoladora y luego a revisora de libros. Era más responsabilidad, llegaba la de control de calidad y sacaba libros, si encontraban alguna imperfección me rechazaban y me tocaba quedarme arreglando todos los libros a mí sola. Salía a las doce del día y entraba a las dos de la tarde. Me iba a la casa a almorzar. Y en las dos jornadas nos daban cinco minutos para descansar, comer algo y seguir. Salía de trabajar a las seis de la noche, llegaba a la casa, comía, me cepillaba y me iba. A veces me iba con mi tío Julio, o si no me iba sola.

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Cuando entré al Orfeón me llevé la sorpresa que tenía que asistir a todas las clases que daban. Tenía que entrar al coro, a la estudiantina, a teatro y finalmente a danzas. Yo le decía a mi tío un poco asustada: “pero yo quiero danzas, no quiero teatro, ni nada más”. “No, mija, aquí tiene que entrar a todo”. Pero si a uno no le gustaba algo, no iba. Allá no se le cerraba las puertas a nadie, pero al principio todos tenían que ir a todo.

Ensayábamos todos los días. Los lunes era la estudiantina, no me acuerdo si era media hora o una hora, ahí se enseñaba los instrumentos de cuerda, daban acordeón, bandola, flauta, tiple y guitarra. Era dos días por semana. ¡Dios, no me acuerdo bien! Yo empecé a ir a clases de tiple, pero ¡alma bendita!, Pedrito, el profesor, me hizo aburrir. En el Orfeón estaban todos los instrumentos para los alumnos. Después de la estudiantina seguía las danzas y después el coro. Los martes solo había teatro.

Uno de los profesores era Ismael Pabón con el acordeón, la bandola, la flauta y era el director de la coral. Ah, también enseñaba marimba, pero nadie la aprendió a tocar, ¡qué desperdicio! Otros profesores: Pedro Ordoñez con el tiple, mi tío Julio con la guitarra, Ricardo Dávila el profesor de danzas y Pedro Méndez, el profesor de teatro. Me acuerdo muy bien que Pedro me dijo:“señorita, tiene que pasar por teatro”, y yo le dije: “ay, Pedrito, si es de retirarme yo me retiro porque a mí eso no me gusta”. Y el vergajo me responde: “compruébelo”. Y me acuerdo tanto que me pone en una obra de teatro que se llamaba “El mercado”. También estaba mi tío Julio y él era el culebrero, tenía en la cara una pintura, vendía huevos con una canasta, se remangaba los calzones, y a mí me tocó con Dávila, el profesor de danzas. Estaba vestida de campesina, ese día hice el oso, me dio mucha risa. Me tocaba vender plátanos y cuando vi al profesor de danzas que era el que venía a comprar, traía una mochila, una peinilla, los pantalones remangados y un sombrero. Llegó a decirme: “india, a cómo tiene los plátanos”. Yo tenía que decirle: “con cáscaras o descascarado”, y en vez de eso yo le dije: “¿qué querés, descarado?”, y se desató en el teatro una guerra de sombrerosdonde todos me gritaban: india bruta.

Eso fue para recocha. Y de esa forma le dije a Pedrito “¿si ve que yo no puedo?”. Y para mi fortuna, nunca más volví a teatro. Los miércoles era solfeo y de ahí pasábamos a coro. Los jueves, creo, no estoy segura, era la estudiantina, solfeo y coro. Los días se repartían solfeo y coro o solfeo y danzas. Y los viernes era sólo danzas.

El profesor Pabón me daba clase, él era muy bravo. Me acuerdo tanto de las Suárez, ellas llegaron antes que mi persona, pero iban a calentar puesto. El profesor nos cogía por banca a cantar: “a ver esta banca, a ver la otra”. Cuando llegó donde ellas ni pa tras ni pa delante, se puso muy bravo y les dijo: “han venido a hacer culo aquí, hagan el favor levántense y váyanse, necesito es gente que trabaje”. Ellas se quedaron ahí, pero después de eso nunca más volvieron. Él era bravo, muy bravo, pero con él la institución se movía, se trabajaba duro. Fue un gran sucesor del maestro Leonardo Pazos, el fundador. Aunque el Orfeón era de obreros, de carpinteros, de zapateros, de empleados, también había médicos, ingenieros, abogados. Ha habido gente jailosa, pero al final todos terminamos siendo obreros.

Mientras recordaba, nos sentábamos a ver y estábamos muy tristes porque veíamos a los demás y tenían exóticos trajes de baile y los nuestros eran bien  humildes. Nosotros de ver esa belleza de vestidos brillantes que tenían los demás pensamos: ¡no, nosotros qué vamos a ganar! Cuando ya nos tocaba bailar había mucha gente, yo temblaba de oír la bulla. El público estaba enloquecido. Estando en el escenario, Noguera, mi parejo de baile, iba saliendo en calzoncillos, cuando le dijeron que tenía que ponerse los calzones. La gente se dio cuenta y él de la emoción salió en calzoncillos de esos largos que antes se usaban. Primero bailamos un bambuco, pero cuando bailamos “Aquí es Caquiona” nos aplaudieron y a petición del público bailamos una y otra vez.

 

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Al otro día salía el comunicado de quién había ganado en danzas. Estábamos lavando las sábanas, haciendo oficio de lo que nos había prestado la Universidad del Huila, donde nos estábamos quedando. Dormíamos en colchonetas con sábanas y todo. Al otro día teníamos que levantarnos porque en cada sección había varios grupos. Bendito sea mi Dios que nos tocó juntos: las danzas del orfeón, la chirimía del profesor Pabón y el grupo Los Andinos, mis tíos. Como estaba en familia y con compañeros, quedábamos seguros.

Estábamos en short cuando llegaron borrachos los compañeros, venían tocando los instrumentos, lloraban, nos abrazaban y nosotros les decíamos: “vé éstos, qué les pasa”, y nos dijeron: “ay mujeres, que ganaron, se ganaron el primer puesto, ¡el primer puesto en danzas!”. ¡¿Cómo así?! Y nos agarramos a llorar, ¡no puede ser!, ¡qué felicidad!, ¡qué felicidad! En ese tiempo todo era muy diferente. A los quince días teníamos que ir por el trofeo al Huila. Nunca fuimos, nadie pudo ir por él. ¡Qué triste! Todos ganamos, la chirimía en primer puesto, las danzas también. Y mis tíos, Los Andinos, ocuparon el segundo, pero Hernán Garcés, que era el vocalista, batió a todos y se llevó el primer lugar.

Allá en el San Pedro había muchos concursos, hasta niños de dos años salían bailando. Había concursos de baile, música, canto, estudiantina, tiple, tríos, chirimías. Aunque mi tío Julio era profesor del Orfeón, la agrupación era aparte. Todos los días mi tío me despertaba diciéndome: “mama, vaya vea a este sinvergüenza”, a Teoclis, mi otro tío. Todos los días tomaba. Entraban borrachos, yo llegaba a tocarlo. Y una vez, en los pies de mi tío Teoclis había un sapo grandote y mi tío Julio decía: “que lo pique por güevón, quien lo manda a ser un borracho”. Mi tío tomaba mucho. Llevaron a un sobrino del profesor Pabón para que cuidara al tío y ¡qué berraco tan tomador de trago que terminamos cuidándolo a él!

Esa fue la experiencia más linda. Haber ido al Huila a representar el Cauca. Por allá todo fue muy lindo, yo casi me caigo del escenario porque había estado tomando esa crema de coco. Uy, eso es dulce. Un día nos llaman a bailar y Alfredo me dice: “para dónde vas, maricona”, y yo solo le pude responder: “cógeme que estoy borracha”. Uy no, pero muy rico, en ese tiempo la pasamos rico.Todos íbamos patrocinados por la Oficina de Turismo. En ese tiempo el Orfeón participaba en muchas cosas, era muy activo. Los de la junta eran muy metelones, conseguían que el Orfeón estuviera en muchas partes. Ahora ya no. Pero parece que la nueva juventud, sí.

En el viaje de regreso, venía enferma, allá me enfermé por el calor, tenía que salir en una carroza y no pude. Yo allá no comía, sólo ese chupi y eso tan malo me hizo enfermar más, me dio un cólico horrible y era la hernia, a los poquitos días me operaron. ¡Uy no, vine más mala de allá! También me pegué una mareada, horrible. En pleno páramo iba vomitando por la ventana, solo quería llegar a bañarme, olía a todo. Muy largo ese viaje y muchas curvas.

Nosotros éramos muy unidos. A veces teníamos problemas en el trabajo, nos iba mal, salíamos aburridas y en el Orfeón se nos olvidaban todos los problemas que teníamos. Allá la pasaba muy rico, varias veces nos daban las 11 de la noche bailando. Cuando uno estaba cumpliendo años, los hombres compraban aguardiente, nos tomábamos los traguitos y llegábamos prendidas, lo duro era al otro día madrugar a trabajar. Pero éramos muy unidos. Para qué. Era muy rico. El Orfeón es como la casa de uno. Uno se distrae. Pero los tiempos cambian, ya no es lo mismo, ya nada es como antes.

Teníamos un buen grupo de danzas. Pero algo pasó, se desintegró y no volví. Me quedé en el coro, para mí es vida. Nos reímos, nos critican, en realidad me distraigo. El Orfeón está lleno de historias, no sólo mías, de todos. No sé si estoy cantando bien. Yo le he dicho a la profesora: “si estoy cantando mal, dígame y me saca”. Hay que abrir campo para la gente nueva, uno se va quedando atrás, uno se va acabando. Sería chévere que mi familia siguiera en el Orfeón, que continuara la tradición. Ese era el sueño de mi tío, pensarlo es revivir historias. Mi tío es un ejemplo, ya no está, pero sigue vivo.

Por eso, yo metí a todos mis sobrinos a ver cuál quedaba en el Orfeón, yo quería que siguieran esa ramita, que les gustara, pero no, esos zoquetes ninguno. Ahora van a empezar a dar guitarra, métase. Ay, Bendito sea mi Dios que yo llegué al Orfeón.