16  de Septiembre 2017

Crónica de viaje

Travesía hacia otras tierras

Emigrar del país de nacimiento en busca de mejores oportunidades es una situación muy común en Colombia y en Latinoamérica. Esta experiencia, lejos de ser fácil, trae consigo muchos sacrificios.

Por: Andrés Pacheco Calderón

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En medio del vuelo, mientras disfrutaba de la inmensidad del cielo y de sus nubes que parecían algodones que flotan desde la ventanilla del avión, miraba a mi alrededor y recordaba la última vez en la que compartí un viaje en avión con mi madre. Fue en noviembre del 2010: veníamos desde San José, capital de Costa Rica, regresando a Cali luego de vivir por más de 10 años fuera de la tierra del pandebono y el champús.

Desde aquel tiempo muchas cosas habían cambiado, pero este nuevo viaje estaba logrando que mi memoria repitiera las sensaciones de aquel día. En aquella ocasión iba en busca de la Yaya Ligia, de mis primos y de ese ambiente familiar típico de cualquier casa materna en Colombia, la casa donde llegan todos. Cuando se pasa tantos años por fuera, aun siendo un niño, se alcanza a entender la vida de forma distinta y se aprende a valorar mucho más a la familia, quizás porque en el extranjero es de las cosas que más cuesta encontrar.

Mi mamá se había ido en busca de eso que Cali no le ofrecía en su momento, y con ella iba yo. Curiosamente tuvimos que regresar por la misma razón, buscando algo que Costa Rica ya no nos podía ofrecer. Esta situación es muy común en Latinoamérica, en países en donde las oportunidades laborales son pocas, y Colombia, por supuesto, no es la excepción. Muchas personas, principalmente de ciudades como Bogotá, Medellín y Cali, emigran de su lugar de origen en busca del sueño americano, el sueño europeo y demás sueños, y cuando ya los están viviendo, parecieran más una pesadilla de la que cuesta despertar.

 Pacheco - Foto Crónica de viaje 2.jpgMientras en el extranjero las personas son constructoras, dependientes, empleadas del servicio, niñeras, entre otros oficios comunes para advenedizos –trabajando hasta 16 horas por unos cuantos dólares, para poder tener más dinero para enviar a sus países de origen, por aquello de que el dinero de allá rinde más acá–, sus hijos se quedan bajo el cuidado, en el mejor de los casos, de las abuelas, abuelos o con cualquier otro integrante de la familia.

Aún recuerdo el asombro que me manifestaba un amigo de la universidad, que vivía en Popayán, cuando lo invite a la Feria de Cali con mis primos. Hacía menos de un año había fallecido la Yaya Ligia, quien era la persona adulta que vivía con nosotros, pues las mamás de todos vivían desde hacía varios años fuera de Colombia. Éramos unos ‘culicagados’ entre los 18 y 20 años que vivían solos y que no tenían quien les dijera a qué horas debían estar en casa. Para esos días de feria, dormíamos hasta las dos de la tarde y nos acostamos a dormir cuando cerraba la última discoteca de Menga, zona de fiesta en Cali.

A mi amigo, quien venía de una familia “funcional”, en donde está presente la madre y el padre, le parecía increíble conocer historias de mi familia y de amigos cercanos, en donde el hecho de que los papás estuvieran fuera del país, en España, Estados Unidos, Chile, era algo normal. Para nosotros este tipo de historias de vida ya estaban normalizadas y encontrar una persona que tenía la mitad de su familia fuera del país era algo cotidiano, pero para mi amigo, quien venía de una familia conservadora, esto era algo muy impactante. Recuerdo incluso que se fue diciendo: “la pasé muy bueno, pero me voy con más ganas de estar con mi familia”.

Yo nunca había pensado con tanto detenimiento esta situación y desde aquella conversación ese tema quedó en mi memoria. Yo era consciente de la condición de mi familia, pero nunca había pensado que no era normal. Ese vuelo que compartía con mi madre me puso a pensar en todo esto, pues para ese entonces la situación de mis primos no era la misma: uno por uno los vi irse de Cali, cada vez fueron quedando menos. Ahora mismo allí no queda ninguno, ni siquiera yo.

Faltando pocos minutos para aterrizar en nuestro destino, empecé a observar desde la ventanilla del avión aquel lugar que estaba en mi imaginario como un lugar paradisíaco e idílico, que hacía parte de la historias de ficción que tenía en mi cabeza, gracias a las anécdotas que contaban mis tías españolizadas, quienes se habían radicado desde hacía más de siete años en Palma de Mallorca, España.

En medio de la conversación con mi madre, salían frases muy nostálgicas. Era un 31 de diciembre e íbamos camino a compartir con la familia un fin de año como hacía muchos años no vivíamos. Mientras la Yaya Ligia vivía, el sueño de ella fue vernos a todos reunidos en un solo lugar, compartir nuevamente como una familia. Pero las cosas nunca fueron posibles: la Yaya falleció, e incluso, dos de sus hijas y cuatro de sus nietos no pudieron asistir a su despedida, pues se los impidió los más de ocho mil kilómetros que los separaba.

 Pacheco - Foto Crónica de viaje 1.jpgPero esto en familias en donde sus integrantes han emigrado al exterior es el pan de todos los días. Por mucho tiempo creí que era algo lamentable, pero a lo que te acostumbras. Desde muy pequeño, metido en las conversaciones de los adultos, escuchaba que personas cercanas a mi mamá comentaban situaciones parecidas a la muerte y la enfermedad de sus familiares, exclamando con impotencia: “¡Y yo por acá tan lejos!”

Sin embargo, esta lamentable situación no significaba mucho para mí, hasta aquel día en el avión cuando mi madre, evitando mirarme a los ojos y con las manos inquietas, me dijo: “Yo a Colombia no volvería, ¿Para qué? Ya no está mi mamá, ya no está mi familia. ¿Qué sentido tiene volver?”. Yo no supe qué responder. Giré mi cabeza como quien no sabe qué decir y me dejé ir en el silencio profundo del momento, mirando hacia el cielo mientras pensaba en aquellas palabras.

De repente, mientras el avión descendía, comencé a divisar entre las nubes el azul del mar Mediterráneo que bordea la geografía de la isla, y nuevamente recordé el sentimiento de aquel día en el que regresé a Colombia después de 10 años. Sentía la misma alegría y ansiedad por ver de nuevo a mis primos, quienes desde hacía algunos meses habían hecho de este paraíso estacional su hogar, por fin, junto a sus madres.

Cualquiera que no tenga su madre, su padre o algún familiar cercano en el extranjero, pensaría que esta situación es fácil, y que todo son ventajas. Pero no, vivir en el extranjero es duro, acostumbrarse a otra cultura diferente cuesta. Por allá muchos viven humillaciones, explotaciones y sufrimientos. Y quizás el peor de todos sea estar lejos de los que más quieres. Y todo por unos cuantos pesos.