16 de septiembre de 2017

Un día en altamar

Navegar a destiempo

Puerto López está ubicado en el sur de las costas ecuatorianas y es el punto de encuentro de turistas de todos los lugares del mundo en el verano para apreciar la migración de los mamíferos más grandes del planeta, las ballenas.

 Por: Lina Alejandra Palta

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De pronto, mientras nos encontrábamos en el centro de la nada, sintiéndonos diminutos e inofensivos ante el infinito mar, salió de las profundidades una ballena para danzar ante nuestros ojos. Era como si supiera que estábamos ahí para sorprendernos con su tamaño y admirar su belleza. Se sumergía y salía para marcar territorio y recordarnos que éramos simples invitados en ese lugar. El guía nos relató la ubicación, aunque las coordenadas en ese espacio inusual no nos fueran conocidas. Además aprendimos que es en esa época donde las ballenas migran a Sur América para anidar y dar vida a sus ballenatos.

No podía dejar de lado esa sensación de paz y tranquilidad que me evocaban los olores y colores del lugar. Todos ellos hacían que me perdiera en el infinito de aquellos azules que se conectan en el horizonte, un azul profundo en el que dan ganas de navegar. Pero cuando se logra dimensionar la realidad del contexto se siente el temor a una fuerza superior que en cualquier momento puede envolver sin dejar rastro alguno de la existencia.

El reloj marcaba la una de la tarde y mi cuerpo, como por instinto, tenía la necesidad de pararse de esa cama que agudizaba y a la vez arrullaba mi resaca. El cuarto aún desordenado, poco tiempo para salir, no tener que pagar un día más en el hotel. Y mi cabeza dando vueltas. Al abrir la ventana para observar el panorama del lugar, un resplandor incandescente que se impuso entre las cortinas cegó mi vista y nubló mis posibilidades de despejar un poco mi cabeza, poder activarme y organizar mi maleta para tomar el rumbo agendado ese día.

Son vagos los recuerdos de ese impreciso momento de afán en el que debía poner todo en su lugar, darme una ducha y salir en tiempo record, pues si no sucedía de esa forma lo presupuestado traería percances monetarios el resto de mi travesía. Unas gafas de sol resultaron ser las mejores aliadas para ese tortuoso momento de mi encuentro cara a cara con la luz del lugar. Casi puedo recordar el rostro del mayordomo mientras nos cruzábamos con un gesto de despedida en la calle aledaña al hotel. Y es que el autobús que me llevaría a mi nuevo destino ya se encontraba a pocos metros. Había pasado el mediodía y parecía que ya era muy tarde para llevar a cabo lo planeado. Un día perdido, casi.

Dos maletas pesadas, la garganta seca y nuestras ganas infinitas de encontrar un buen restaurante después de dos horas de viaje, nos llevaron a entrar en el primer sitio que encontramos. De esas cosas de las que uno se arrepiente profundamente, pues encontrar algo medianamente parecido a ese sabor hogareño de tu país en un lugar lejano donde las costumbres cambian rotundamente y hacen extrañar hasta el restaurante más popular en donde se pueda comer algo digerible, resultó casi imposible.

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“Van a tomar el tour para ver a las ballenas”, nos preguntó una mujer robusta mientras con una sonrisa de amabilidad intentaba crear una charla que le permitiera convencernos de comprarle los pasajes a ella y no a los demás vendedores que se paseaban por los alrededores del lugar. Ya son más de las cuatro de la tarde, le respondí, convencida de que eran casi nulas las posibilidades de abordar una lancha y disfrutar del bello e inmenso paisaje que nos ofrecía Puerto López. “Muchachos, son apenas las 11 de la mañana”, dijo la mujer, mientras en su cara se dibujaba un gesto de burla.

Una alteración del tiempo distorsionó nuestro sentido de percepción sobre el clima e incluso el espacio, pues mientras nosotros veíamos en el horizonte un aura un poco desalentadora que nos aproximaba al atardecer, el momento resultaba perfecto y preciso para adentrarnos en las profundidades del mar y ver en un acto sublime la naturaleza y su instinto imponiéndose en toda su grandeza ante los ojos del hombre intruso en su hábitat.

Una sensación de intranquilidad expectante combinada con una terapia de sonidos producidos por el choque entre olas y la brisa que moja la piel acompañada de ese leve sabor a sal, me hacían olvidar todo malestar que había heredado de la noche anterior. Jordan, por su parte, no logró desconectar el malestar de su mente para concentrarse en apreciar el paisaje que nos rodeaba en ese momento. Los estragos de un entorno desconocido tuvieron sus efectos en él, su rostro tomaba tonalidades blancas, amarillas y verdes, su estómago parecía jugarle una mala pasada. Yo, tratando de calmarlo, me senté a su lado para intentar charlar un poco con él y de esa forma ayudarle a desviar su atención del malestar. No funcionaron mis intentos de auxilio y tal fue su mareo que no pudo dejar de vomitar durante todo el viaje. Ya cuando parecía que por fin estaba mejor, contagió a la embarcación y provocó una epidemia general.

Decidí alejarme un poco para volver a sumergirme en el paisaje. Tomé la cámara y empecé a guardar esos momentos en el dispositivo para luego recrear todo de la manera más precisa e incluso evocar esas sensaciones que me transportaran a ese tranquilo, épico, desfasado pero maravilloso momento.

Pero eso no fue todo. En el clímax de la aventura pude sumergirme a bucear para apreciar y deleitarme con los colores y formas de las especies marinas que se encontraban en las cristalinas aguas del arrecife. Fue en ese momento donde logré dimensionar la majestuosidad de un hábitat salvaje en el que cada animal cuenta con unas características únicas e imperceptibles en nuestra cotidianidad. Hubo tanta  conexión con ese espacio que solo quería quedarme por horas para compartir energías y llenarme de toda esa pasividad que el mar como terapia puede brindar.