06 de mayo de 2018

Conmemoración

Crecer donde la maldad no alcanza

Casi tres décadas han pasado desde la masacre de Los Uvos, donde fueron asesinados 17 campesinos. De alguna manera, la realidad y la incertidumbre de este pequeño pueblo del municipio de La Vega están estrechamente ligadas a aquellos sucesos. Caminar, no hay de otra, abrir la puerta y seguir. Todos los días. Como esta historia andante.

Por: Fernando Cortez

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Uno

El vapor del café recién colado rebota en la olla, se pasea un momento por el aire frío de la cocina y dobla a la izquierda en la puerta. En la sala hay dos costales llenos de harina, abiertos debajo de la ventana cubierta con cortinas verdes. Llega a la habitación y se filtra por los orificios del mosquitero para despertarlo del sueño en la casa en donde nació hace poco más de seis años.

Abre los ojos. Se sienta al borde de la cama y se queda viendo al suelo por un largo rato, atento al grito furibundo de su mamá cruzando la sala. El colchón de paja heredado de no se sabe quién, siempre le ha jodido la espalda en las noches.

Dos

Ellos, nosotros: Alfonso Chilito, José Belisario Dorado Muñoz, Wilson Gil Velásquez, Hoibar Gómez Mamián, Rubén Darío Joaquí Narváez, Santiago Lasso Bolaños, Adriana López, Hernán Mamián Moreno, Leoncio Mellizo Angulo, Libardo Nieves Dorado, Yenny Prieto Rengifo, Hernando Rosero, Adán Ruano Daza, Alejandro Salazar Paz, Henry Suárez Villa, Pastora García, Saúl Espinosa.

Tres

Ahora, a sus veinte años, viendo bajar el río Guachicono a pocos metros de donde asesinaron a los 17 y recordando el dolor de su espalda aquella mañana de febrero olorosa a tinto, se da cuenta de que su dolor es más profundo, que atraviesa su piel y su tiempo, su memoria y su suelo. De pronto, el peso de los muertos aquel abril de 1991 es suyo. Sabe que la vida de uno está estrechamente ligada a los caminos por donde se transitó, y aquí, por estos caminos polvorosos, los mató el ejército.

Cuatro

El pasado 7 de abril se cumplieron 27 años de la masacre de Los Uvos, La Vega, donde fueron asesinados, a manos de miembros del batallón José Hilario López, 17 campesinos. Hoy, casi tres décadas después, todavía no se entiende a qué responden estos hechos, cuál es la verdad y la raíz profunda de su ser. Así que debe inquietar el alma entender el por qué, pues además del drama humano, de la barbarie arañando la historia, debe mover el reto racional de encontrar dónde calza esa piedra en las realidades históricas de esta región.

Para saber qué cosas se ciernen en este territorio es necesario armar un todo-rompecabezas y reflexionar, para poder comprender a qué están entrelazados estos hechos. Las masacres no solo son acciones donde unos asesinan a unos otros inocentes. No, son parte de un todo más agresivo y cruel.

Cinco

Juan Carlos Córdoba, uno de los soldados que participaron en la masacre, afirmó el 25 de julio del año 1991 ante la Procuraduría General de la Nación:

“Hizo devolver la chiva (refiriéndose al subteniente Carlos Valero, quien tuviese al mando el Pelotón “Águila Dos” perteneciente a la Compañía “A” del Batallón de Infantería Nº 7, “José Hilario López” del Ejército Nacional, ejecutor de la masacre) donde se subieron ocho soldados, un cabo y el subteniente y le bajó la carpa. Se fueron tres soldados atrás, uno a cada lado y el resto dentro de la chiva, llegaron hasta el lugar de los hechos y los campesinos le preguntaban que quiénes eran, y el subteniente les respondió que guerrilleros. La gente se azaró y se preocupó bastante. Después el subteniente los hizo bajar y los acostó bocabajo sobre el piso y los campesinos les decían que por favor no los fueran a matar… bajaban unos señores en una moto quienes fueron parados y los hicieron acostar donde estaban los otros. Los campesinos le dijeron otra vez que no los fueran a matar y entonces el subteniente dijo: disparen. Después que se disparó, el cabo quemó la chiva”.

  

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Seis

Envuelto en una toalla blanca se asoma por la ventana y ve un par de hombres: uno encima de un caballo y otro a pie, acompañados por un perro.

–Vaya báñese –le gritan riéndose.

Cierra la cortina y arrima a la cocina donde las masas saltan al ritmo del aceite caliente. Las nubes descansan en los arboles de plátano y café que se alcanzan a ver por la ventana. Afuera, su tío afila el machete mientras le cuenta a don Ebert que el viernes anterior no perdió ninguna de sus apuestas en la gallera, que llegó borracho y presume de su buena suerte.

Se arrima al fogón de leña por un momento buscando abrigo.

–Quítese de ahí, no ve que tiene que bañarse. No se acalore, no sea necio.

Siete

En la curva estarán los sacos de café humeante al día siguiente, las cenizas de la chiva junto a todos los muertos con sus respectivos tiros calibre 7,62 mm en la cabeza, la espalda y el cuello, y las piedras pintadas de naranja por los verdugos buscando entorpecer las investigaciones. Ahí estarán, besando la tierra, amarrando su piel al pasto que los abriga, ausentes de estas lomas manchadas con su sangre. Y seguirán estando las huellas del terror, aunque llueva, aunque el polvo ensucie las cruces que habrá en su memoria y nadie se percate de ellas al pasar. Estarán. Incluso ahora, convertidas en agua y semilla, porque el olvido total nunca será una posibilidad.

Ocho

Días después de la conmemoración de los 27 años de la masacre, se enteró de que habían estado en el pueblo, que entraron al billar, que pidieron la cédula a los jóvenes. Decían que andaban buscando “extorsionistas” y que “no les perdonarían la vida, mientras mencionaban integrantes de la comunidad con sus propios nombres”. Los anotaron a ellos y a las placas de las motos que se encontraban afuera del lugar. La gente dice que “eran 10 hombres y que se movilizaban en cinco motos de alto cilindraje y se encontraban fuertemente armados con fusiles y armas de corto alcance, que usaban gorras tipo boina y vestían prendas de uso privativo de las fuerzas militares y algunos de ellos usaban otro tipo de prendas. Cuatro de los hombres estaban con sus rostros cubiertos por capuchas. En voz alta le informaban a la comunidad que hacían parte del Ejército Colombiano”.

 

Nueve

–Vámonos, se hace tarde, mijo –le gritan desde el carro gris que está un poco más adelante. Quita los ojos de la placa que está en el suelo en honor al profesor Saúl, una de las víctimas, y se reincorpora.

–Ya voy –responde, y sale al paso.

Toma camino, pero sabe que nunca podrá irse de aquí. Se queda. Sea de donde venga, ya no regresará. Al menos no regresará el mismo.

Diez

Ya está listo, se ha puesto su ropa, amarrado sus zapatos, tomado el tinto con masas, cepillado sus dientes, tendido la cama, empacado sus cosas, recibido el beso de su abuela y su mamá, recogido sus 500 pesos para el día, esperado a los vecinos y tomado camino. Es su primer día de escuela. Regresará esta tarde. Aunque uno nunca sabe quién es que regresa, pero la vida es hoy y hay que salir a caminar. La vida ha sido siempre, y seguirá siendo, aunque los enemigos del respiro y de la dignidad hecha carne callen las voces de las semillas.

Sepan de una vez: crecemos en silencio, cada día, despacio, allá, donde las manos de su maldad no nos alcanzan, despertando a la vida, como si nos filtrásemos por el mosquitero de la muerte.