Tradición y sustento de vida

En una casa cerca de la Normal Superior, en el sur de Popayán, viven doña María y don Antonio, panaderos por vocación y convicción. Un horno de leña y la unión familiar es todo lo que necesitan para honrar la vida sencilla y el trabajo honesto.

 

 Por :Daniela Bravo Suárez

 

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Desde las tres de la mañana, los integrantes de la familia de doña María se despiertan para continuar el proceso de la yuca y el maíz que han dejado listos desde el día anterior. Así, pueden poner en el desayuno de muchos hogares sus famosos pan de maíz y pandebono.

 

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 En el fondo de la casa, luego de atravesar un taller de mecánica, se observa a una mujer de 88 años: María Antonia Narváez, oriunda del Carmen, Nariño. Ella es la primera de su familia en traer como tradición y sustento el pan de maíz a Popayán. Es la encargada de moler la yuca y el maíz, remojar la harina y finalmente dar forma al pan.

 

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 Don Antonio y su esposa vinieron del sur, de Nariño. Ella y él, como una buena pareja, han hecho siempre el trabajo juntos. Hasta hace poco, él se levantaba cada mañana a prender el horno de leña para poner el pan de maíz y el pandebono, luego de realizar en la galería una búsqueda exhaustiva de la mejor yuca para llevar a su casa y entregársela a su esposa. Don Antonio sigue siendo el alma de lugar con sus risas y chistes en torno al fuego. “El horno de leña ya es algo que no existe”, dice.

 

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 El horno de leña es el objeto más interesante dentro de este lugar. En pocos lugares aún existe. Sin duda alguna, doña María piensa que dentro del sabor de su producto se encuentra el horno lleno de leña.  

 

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Como una familia unida, doña María y don Antonio involucraron a sus hijos en el proceso de la creación del pan de maíz y el pandebono. Luego de limpiar bien el maíz y la yuca, se revuelve dentro de una máquina, la cual es manejada por una de sus hijas quien, además, ayuda en varios procesos del horneado y trabaja con una de sus hermanas en la galería.

 

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Doris, la administradora, es una mujer amable que se encarga del negocio. Así como su madre, asume la responsabilidad de continuar con esta tradición.

 

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Mientras hace el pan, doña María en su silla y con los ojos entrecerrados cuenta sus historias a las personas que llegan a comprar cada mañana. Una mujer que trabajó como vendedora de raspados y mercancía en la “vieja galería” logró construir su casa para poder tener su propio negocio y sacar adelante a sus hijos.

 

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 Luego de un proceso de casi 24 horas, el pan de maíz y el pandebono llegan al horno donde permanecen por un lapso de 20 minutos. Dependiendo del día salen una o dos tandas para las personas que llegan al lugar y las tiendas del sur de la ciudad.

 

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Finalmente Moisés, otro de los hijos, alista el producto dentro de su canasta y se monta en la bicicleta para llevar a las tiendas de los barrios cercanos el producto elaborado con el esfuerzo de todos los suyos. Trabaja como mecánico la mayor parte del día, pero eso no le impide estar vinculado al negocio familiar.

 

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El producto final: el pan de maíz y el pandebono que tienen un sabor único, de tradición, de amor y unión. En cada uno de ellos está el sur que les dio origen y están también las manos de una familia que, unida, sostiene el pequeño pero reconfortante negocio. Don Antonio y doña María ya son viejos, llenos de sabiduría y amor, y dejan cada día con su alimento una valiosa tradición.