16 de Septiembre 2017

Homenaje

Un nuevo e infinito amanecer

El pasado mes de mayo se cumplieron 20 años de la muerte de Raúl Gómez Jattin y 72 de su nacimiento. Uno de los muchos admiradores y seguidores de su obra imaginó una escena del poeta a esta edad, siempre fiel a las convicciones y al universo que construyó con su vida y sus palabras.

Por: Fernando Cortez

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Está noche tendrá una cita con su reflejo. Andará descalzo, y pisará el asfalto caliente que le abriga la espalda.

–¿Eres tú, Raúl? –le preguntará al vidrio del carro viejo donde se mira–. Qué viejo estás, amigo ¿Qué hay de Gloria?

Ya no se reconoce más que en su locura, ahora sí que la vida anochece en su cuerpo setentón. Fumará marihuana y recordará a su madre adultera, a los habitantes de su aldea que despreciaban su alma peligrosa de poeta, a sus amores homosexuales de infancia y adultez, a Tirsa metiéndole la mano en su sexo detrás de una puerta.

¡Cuántas vidas vivió Raúl!

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Llegarán las calles polvorientas de Cereté justo frente a su cara y mojarán sus pies las aguas del rio Sinú, llegará a su hombro una mariposa y volarán libres. Barba Jacob se sentará a su lado y le murmurará al oído que hay días en que somos tan sórdidos, tan lúbricos, tan móviles, tan plácidos, tan lúgubres (como esta noche)… como Raúl. Y se recordará bajo su cama de infancia devorando los libros de la biblioteca de su padre. Y ya no habrá cómo dar vuelta a la locura. Lo consumirán sus sueños, lo despojarán de todo el mundo y quedará él frente al espejo. Tomará una piedra y romperá el vidrio. Levantará la inmensidad de su cuerpo de animal salvaje y encenderá un cigarrillo Piel Roja. Vagabundeará por las calles de Cartagena con la cabeza gacha, pero con la mirada recta. Los pasos serán bamboleantes y arrebolados.

La luna se desnuda en su estrepitoso ensueño deslavado y besa la calva de Raúl. Ya no hay sombra para él, se marchitan las flores que cuelgan de su boca, sus ramas y su tronco se hunden para acurrucar todo su cuerpo en sus raíces y será un dios subterráneo que florecerá en cada putazo y en cada palabra tierna. Y adorará está noche en la que ya no seguirá siendo árbol, ese árbol alucinado con aroma a azufre que traga sus propias cenizas y que duerme junto al vómito de su desgracia en cualquier andén. Y de repente, amanecerá en su hamaca, y mirará con sus ojos anchos y desesperados un nuevo e infinito amanecer.

 

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