16 de Septiembre 2017

Memorias del conflicto armado

Sobre los mismísimos ojos del destierro

Como los más de 6 millones de víctimas del desplazamiento forzado en Colombia, Doña Ana y su hija también sufrieron las contrariedades de la guerra y sus caprichos. 

Por: Daniel Egas

Fotografías: Daniel Egas y Jairo Ramírez

 

 

1 egas111.jpg

 

Justo en ese momento, cuando el hombre de los ojos atiborrados de miedo le apuntaba directo al surco que se le formaba entre ceja y ceja, notó cómo el índice de la mano derecha de aquel hombre dejaba su trastabillar tembloroso cargado de angustias esas que solo se despiertan en las encrucijadas que deciden el desenlace de una vida para activar el gatillo que le silenciaría los minutos.

Para entonces José María, Putumayo, no era más que un caserío de terrenos baldíos habitado por una veintena de familias que poco a poco cambiaban las casas de guadua por unas más decentes hechas de bahareque y caña brava. Doña Ana logró, como pocos, construir la que sería su casa en ladrillo fundido y cemento.

Meses antes de su llegada al pueblito en el que pretendía dejar atrás las tristezas, Doña Ana ya conocía los dolores, las amarguras de los adioses. Su esposo y padre de su hija había cerrado sus ojos para entrar en lo que los más románticos denominan ‘el sueño eterno’.

Más allá de los temores, con la voluntad necesaria que solo le daba el hecho de ver día a día los ojos inocentes de su hija, se batía ante cualquier dificultad. Como le habían dicho en sus años de mocedad, “ningún trabajo es sinónimo de vergüenza mientras sea honesto”, por ello, restregar las ropas sucias de algunos vecinos adinerados a cambio de unas cuantas monedas, no era causa de vergüenza. Al menos le alcanzaba para calmar los crujidos hambrientos de las entrañas de la pequeña de sonrisas desentendidas.

tamaño.jpg

Con las necesidades que en poco o nada alcanzaba a solventar con las monedas ganadas a pulso, no vio otra alternativa que embarrarse las manos de tierra para cultivar lo único que crecía en el terreno baldío que le pertenecía: cebolla y cilantro. Hizo caso omiso a lo que algunos hombres que merodeaban el sector le recomendaban cultivar. Sembrar coca no era precisamente lo que ella consideraba un trabajo honrado.

Once años pasaron desde su llegada al pueblo en donde como pudo logró enfrentar las vicisitudes de la vida, de su vida, la misma que se derrumbaría justo en esa mañana de tranquilidad pasmosa que solo el campo puede propiciar, en el momento en que los golpes repetidos sobre la puerta de madera rompieron el silencio de la mañana imborrable.

Días antes, cuando los rumores le acarreaban una pérdida más, la de su hija a manos de los hombres que de vez en vez descendían los espesos montes que rodeaban el caserío para caminar imponentes por las callecitas del pueblo, Doña Ana tomó la decisión: “primero me matan antes de que se me lleven a mi hija”.

Embarcó como pudo en una lancha a su hija con destino a la ciudad de Neiva en donde algunos amigos cuidarían de ella. No pensó en las consecuencias, simplemente lo hizo guiada por el amor de madre, ese amor que no contempla ni le teme a nada.

El día de los anhelos perdidos no tardaría en llegar. Fue cuestión de horas para que las consecuencias del actuar de Doña Ana se hicieran evidentes: el sonido de la puerta no dejaba de retumbar en las paredes de la casa. Cuando abrió, después de los insistentes golpes que no daban tiempo ni para preguntar quién era, se encontró con seis hombres.

No eran vecinos, no eran amigos, no eran familiares, eran guerrilleros. Cada uno de ellos con fusil terciado que amarraban desde el cañón hasta el extremo del proveedor con una soga similar a la que utilizaba ella para colgar las ropas húmedas después de lavadas. Todos dejaban huellas de botas ‘La Macha’ en la fangosa tierra humedecida por la lluvia de días anteriores que parecía anticipar momentos cruciales.

Cual armadura, el camuflado les cubría cada una de las partes del cuerpo, las manos eran revestidas por guantes negros y los rostros se mostraban impávidos escondidos bajo pasamontañas tejidos en lana como pretendiendo que los filosos vientos de las noches a la intemperie les rompieran los hilos más no las carnes. Pero en la inexpugnable armadura, Doña Ana, habría de reconocer la única endeblez de la premeditada apariencia, el único espacio que permitía reconocer que detrás de esas ropas había hombres. Solo los ojos estaban descubiertos, ella miraba fijamente la ventana que le revelaba todas las debilidades de los individuos encapuchados.

Esos ojos cargados de enojo, ojos con ceños fruncidos y cejas acusadoras, ojos repletos de miedos, de angustias, de tristezas que se chocaban con la pupila de la mujer de tez pálida. Esos mismos ojos que dejaron de ser protagonistas cuando de la comisura en donde se suponía estaban las bocas de los hombres, se escucharon las primeras palabras de la mañana.

–¿Dónde está la niña? –preguntó uno de los guerrilleros.

–¿Cuál niña? –respondió Doña Ana, invadida de un miedo que le constreñía alguna parte de su cuerpo.

–¡Pues su hija! –gritó uno de los guerrilleros que acompañaba cada frase con un insulto.

–No sé, mi hija se me perdió –contestó Doña Ana aun sabiendo que cada palabra que decía la ponía en riesgo.

–¡Mire, vieja hijueputa, su hija no se le perdió! –gritó el guerrillero seguido de varios improperios que solo concluyeron cuando los seis hombres encañonaron a la mujer.

3 egas33.jpg

Seis fusiles. Detrás de ellos seis hombres con los dedos templados y firmes con la intención perentoria de abrir fuego. Uno de los guerrilleros cargó su fusil ruidosamente, parándose al frente de la mujer que yacía casi de rodillas sostenida solo por la puerta semiabierta de la casa, apuntándole fijamente, justo ahí, directo al surco que se le formaba entre ceja y ceja.

–Vea –dijo el guerrillero de presencia infranqueable anticipándose al sonido de los disparos–. Usted ya no entra a la casa; ¡se pierde ya mismo de acá!

Con la oscilación que le venía desde lo más recóndito de las entrañas intentó entrar a la casa para cambiarse los harapos que tenía encima. Ni siquiera eso le permitieron los hombres de los rostros desconocidos. Con lo que tenía puesto salió caminando, arrastrando las chanclas por entre las calles fangosas del pueblo, cayéndose y levantándose sin mirar atrás a pesar del miedo que le provocaba sentir el estruendo de un disparo. Era el miedo de recibir la muerte por la espalda.

Solo allí comprendió que si salía viva era por intervención divina, un milagro, un despilfarro de bendiciones que ese Dios, su Dios, le concedía. A pesar de que las tristezas le invadían los pulmones y no le dejaban respirar, recordó que después de todo tenía un lugar al que siempre podía y debía llegar: día a día tenía la posibilidad de ver los ojos inocentes de la pequeña de sonrisas desentendidas, de estar con ella y para ella.

 

 

primi sui motori con e-max.it