03 de abril de 2017

Cuando el dolor se convierte en esperanza

Dos décadas de valentía

El 23 de marzo del 2017 se cumplieron veinte años de la declaratoria de Comunidad de Paz en San José de Apartadó. Los habitantes de esta región han resistido y se han defendido sin armas a la guerra. Crónica de un país que se niega a la muerte.

Por: Fernando Cortez
Fotografías: Pablo Mejía Trujillo

comunidaddepaz2 opt

Recuerdo a Leider Burbano, en el año 2013, hablando sobre un muchacho de nombre Edward José Lanchero Jiménez, un bogotano a quien los habitantes de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó guardan especial aprecio por haber sido una de las personas que más mostró solidaridad con ellos, tanto así que consagró los años más valiosos de su vida al servicio de la comunidad. Por ello, fue víctima de persecución, amenazas, intentos de homicidio por más de 14 años, hasta su muerte temprana a razón de un cáncer el 27 de junio de 2012 en Barranquilla. Edward, es el mismo al que hace unos días se refería el padre jesuita Javier Giraldo al vaivén de su ventilador, con ese hablar pausado suyo, como si cada giro de las astas le dictara una palabra al oído.

–Proclamaba que lo imposible se hace posible cuando el dolor dejar de ser dolor para convertirse en esperanza –cuenta el padre, recordando las palabras de Edward en una visita a la localidad de Sumapaz, al sur de Bogotá, en noviembre del 2010.

Ahora estoy en mi hamaca viendo para el techo, tratando de recordar cada palabra de la historia contada por Leider hace 4 años y hoy por el padre sobre esta comunidad que ha resistido por más de veinte años las más atroces expresiones que tiene la guerra.

comunidaddepaz3 opt¿Cómo era Bartolomé Cataño, uno de los más férreos líderes de la comunidad, asesinado en la terminal de Apartadó el 16 de agosto de 1996? ¿Cómo estaría Santiago Tuberquia, un niño de 18 meses de nacido, si no hubiese sido asesinado junto a ocho personas más el 21 de febrero del 2005 en las veredas de Mulatos y La Resbalosa? Siete de ellos eran integrantes de la Comunidad de Paz (lo asesinaron junto a su madre, Sandra Milena Muñoz, su padre, Bolívar Tuberquia y su hermana Natalia. Según los verdugos, ellos eran guerrilleros. El crimen fue efectuado por tropas del ejército adscritas a la Brigada XVII). ¿Cómo sería Colombia sin todos sus muertos a causa de la guerra?

Según el padre Javier Giraldo, son cerca de 320 muertos, 100 torturas, 50 desplazamientos colectivos, 330 ocupaciones de lotes por paramilitares y 190 por el ejército que han ocurrido solo en la Comunidad de Paz.

Ya lo preguntaría Gonzalo Arango en su Elegía a Desquite: “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”

¿Por qué nos matan?, preguntan unos. Quien los manda a nacer aquí, responden los otros. Bien cantaría Julián Rodríguez: “los grandes no saben jugar a la guerra, porque se matan de verdad”.

Sin embargo, hoy acompañan nuevas imágenes. La de Jesús ‘el negro’ Tuberquia diciendo “yo podría decir que por mis venas no corre sangre sino barro”. O la de doña Brígida González señalando a los asistentes de la sesión de la Universidad Campesina de la Resistencia que “una casa nunca se construye del techo pa’bajo, somos nosotros, los que estamos en la base, quienes debemos tomar nuestro destino en las manos y echar pa’rriba”. O la de Gildardo y Vlacho cantando el himno de la Comunidad: “acordémonos hermanos de los muertos que hemos puesto y brindemos homenaje con cariño y mucho amor, vamos todos campesinos para ir fortaleciendo la Comunidad de Paz”.

Alguna vez habrán visto el afán de un niño por salir corriendo porque no quiere que lo vean llorar, pero que igual se queda ahí Comunidadepaz1 optporque el quedarse es cuestión de valentía. Esto lo tiene completamente claro cada habitante de estas tierras, donde la fuerza de los fusiles y las detonaciones se rechaza para abrigar el va y viene del machete limpiando el cacao y el bullicio de los niños corriendo en botas plásticas tras un balón deshilachado.

Hace unos días, el 23 de marzo de 2017, se cumplieron veinte años de la declaratoria de la Comunidad de Paz: dos décadas de
valentía, de quedarse, de hacerle frente a la guerra sin más defensa que la firme decisión de no abandonar sus territorios. ¿Por qué? ¿A qué se debe esa terquedad del corazón y el alma?

–Yo no conozco otra guerra más que no sea la colombiana –dijo un periodista en el evento conmemorativo por los 20 años de la
Comunidad–, pero esta me basta y me sobra.

Toda guerra sobra. La guerra colma en un mundo donde, como expresa Gloria Cuartas, ex alcaldesa de Apartadó y acompañante de la Comunidad de Paz, “se siembra cacao y se cosechan muertos”. Ya basta de eso. Hay una Colombia más allá de la guerra, más allá de las armas y los odios. Hay una Colombia que se niega a la muerte. Una Colombia que ha sufrido, pero que convierte su dolor en esperanza, esa que nos han negado, pero que poco a poco se está edificando.

 

 

primi sui motori con e-max.it