02 de abril de 2017

Crónica 

La tinta de mi tierra

El naidí es un fruto que se cosecha en la región pacífica colombiana. En Guapi, un municipio del Departamento del Cauca, el consumo del fruto hace parte de las tradiciones culturales y de las vivencias cotidianas del pueblo. Crónica de un sabor, de un saber y de un color.

Por Valentina Muñoz Zúñiga.

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Cuando pienso en mi infancia, todavía recuerdo el olor y el color del naidí. Llego a Guapi un lunes en la mañana, decidida a vivir los relatos que mi mamá y mi abuela me han contado sobre su tierra y que yo siento lejana, extranjera. Probar, oler, sentir, comer lo que había compartido con mi abuela en su cocina durante mi niñez. Las dos sentadas en una mecedora que una vez le perteneció a Nane, mi bisabuela, mientras compartíamos naidí —o la pepita de la felicidad, como le gusta llamarla a mi mamá—, enviado desde lejos, en una pequeña olla de orejas azules destinada solo para ese alimento. La escuchaba atentamente mientras hablaba de mi abuelo, de mis tíos, de las amigas que dejó, de los hombres y mujeres del pueblo: todas las personas de las que hablaba se convirtieron en mis personajes favoritos de ficción. Después, cuando terminábamos de comer, me gustaba correr a verme al espejo y sonreía exageradamente para ver mis dientes y labios manchados de tinta oscura.

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Prepararlo

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En Guapi, bajarse del avión se siente como un abrazo caliente, la humedad abriga todo mi cuerpo, desde los dedos de mis pies hasta mi cabello. El mercado está lleno de gente y una pepita negra parecida al color y al tamaño de una uva titila entre los canastos, encima de las bandejas, en las cabezas de las mujeres, en las manos de los niños. “¿Va a llevar una vianda de naidí?”, repiten alto las vendedoras, como en un sonsonete cantado. Y ahí también está el río, el río Guapi tan extenso que se pierde con el cielo. Del otro lado, las casas de la orilla están acompañadas de unas palmeras enormes cuya superficie cabecea por los racimos de pepas oscuras y que se extienden por más de cien mil hectáreas de la Costa Pacífica.

Me quedo en la casa de mi abuela, hoy de mis tíos. Ya no es la casa de madera de la que me había hablado mi mamá, ahora es de cemento y se ha reducido un poco. Lo único que continúa igual es la presencia de María Cruz o Macú, como le dice todo el pueblo, una de las mujeres que se ha dedicado por mucho tiempo a cocinar en mi familia.

“En Guapi se come naidí”, me dice Macú cuando llego. Desde el primer momento descubro que es el tipo de mujer que habita los silencios, pero de vez en cuando los quiebra con un comentario disparatado, locuaz. Es fuerte, de eso hablan sus manos y su mirada. La acompaño a la cocina: está lista para que me prepare un pepiao, así se lo han encomendado mis primas.

Primero Macú acaricia las pepas y deposita las viandas en una olla. “Si están más oscuras es mejor, quiere decir que se pueden preparar”. En ese momento recuerdo la voz de mi mamá mientras lo preparaba, en otro lugar, años atrás.

Después hierve agua y la deposita en la olla, la deja reposar media hora mientras se dedica a otras labores. Yo la sigo por todas partes. Vuelve un tiempo después para acariciarlas nuevamente y saca el agua del recipiente. De ahí utiliza una botella de refresco vacía, la mayoría de guapireños tiene una especial, dedicada a la preparación de naidí. Esta es una de Coca-Cola y, con fuerza, Macú aplasta las pepas hasta que las separa de su cascara, las baña de agua nuevamente y añade azúcar al gusto.

Macú me sirve el naidí en un plato azul pequeño. La montaña ahora es una acumulación parecida al barro, pero emana un olor dulzón que me lleva abruptamente a mi niñez.

*
Comerlo

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Cuando crecía en Popayán algunas de mis amigas encontraban extraño el acto de comer naidí: una, alguna vez, lo llamo “comida para momias”, primero por su color oscuro parecido a la tierra mojada y porque nunca se consumía totalmente. Solo se metía a la boca, se saboreaba y luego se botaba en algún recipiente. Comerlo era casi acariciar la pepa, en un baile entre los dientes y la lengua. No se tragaba porque “se tapa”, repetía mi abuela cada vez que comía a mi lado. Después la boca y los labios quedaban pintados, permanecían oscuros por un tiempo antes de lavarse con agua. Mis primos y yo sonreíamos exageradamente para vernos las muelas y reírnos con el resultado.

Todo esto pasa por mi cabeza el día que la profesora Chila me invita a su casa a comer naidí con otras mujeres del pueblo. La profesora Chila es una mujer mulata de ojos enormes y expresivos. Se acerca y me abraza, dice que ve algo de mi madre en mí. Días después mi prima me lleva en su moto, pasa por el río y huele a pescado.

En la casa, afuera, nos sentamos en unas sillas blancas formando una media luna. Ahí esta mi prima, la hija de la profesora, una jovencita que vive unas cuadras atrás y la madre de Chila, una anciana que permanece concentrada mirando a la calle. Chila trae naidí para todas. Esta vez es mucho más y me doy cuenta que nunca he comido lo suficiente. En el centro hay unas pequeñas bolsas para botar nuevamente las pepas. “A mí me gusta sin mucha azúcar, me gusta sentir el sabor del naidí”, expresa la más joven de todas mientras continua hablando de su esposo y su nueva casa. Se me vienen entonces a la memoria algunas palabras de mi mamá mientras me regañaba por comer a escondidas del fruto: “a tu abuelo también le encantaba el dulce, además de la azúcar añadía leche Klim y leche condensada, heredaste ese mal”, repetía sonriendo.

En el ruido de las seis de la tarde cada una habla del pueblo, uno que otro chisme, el trabajo, los hijos, el amor, alrededor de la pepita de la felicidad que les da una excusa para reunirse y reírse juntas. Sus voces se escuchan por toda la calle.

Mientras ellas se sirven nuevamente, yo observo callada, guardando todo, comparándolas con mis personajes de ficción. Al final se ríen un poco de mí: soy la única que no he repetido, no porque me disguste, sino porque comer naidí rápido implica habilidad y yo mantengo mi atención en sus discursos.

Más tarde, la profesora Chila me acompaña a su lavadero y me deja una coca para lavarme la boca. Al frente hay un pequeño espejo que me refleja tenuemente. Sonrío solo para verme los dientes manchados de tinta negra, del color de la tierra de mi abuela, y ahora mía también.

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