09 de Marzo de 2017

Asilo San Vicente de Paúl 

Ya nadie escucha a las flores de patio

En el Asilo San Vicente de Paúl conviven las historias de ancianas y cuidadoras, mujeres que han hecho del establecimiento un hogar. Hoy, bajo la crisis de financiación, la fundación, sus flores de patio, las mujeres que lo habitan, recuerdan cómo es crecer, vivir y trabajar en el asilo.

Por: Valentina Muñoz Zúñiga

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 El patio nunca está vacío, está lleno de flores. Ahí están ellas, silenciosas, mirando al frente, observando, observándose. Unas están sentadas, otras se mueven de un lado a otro. Otras están tristes, otras no pueden evitar reírse. La piel habla del paso del tiempo y las miradas demandan contar sus historias. Hay otras que las acompañan a sanar, a pasar el dolor, a mitigar los estragos de la tristeza. Están todas ahí, acompañándose en el patio, aquel patio donde las flores se marchitan sin que nadie las escuche.

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 Graciela

El piso de madera rechina, cruje mientras los pasos cansados avanzan. Se convierten en un murmullo constante, en una canción que incómoda al silencio, tan natural en una casona vieja como la del asilo San Vicente. Graciela, 74 años, camina hasta sus pantuflas, observa sus pies arrugados, descalzos y su pintaúñas rosa, todavía puede escuchar el sonido del rock and roll estrellarse en las paredes, rechinar en el piso, y  las  risas leves de las niñas escondidas en algún lugar del orfanato. Ha permanecido casi toda su vida en el mismo lugar, una construcción antigua que una vez hizo de orfanato, y actualmente hace de asilo. La misma casa. Pero hoy, cuando piensa en el pasado, las siente como dos vidas distintas.

 Graciela llegó a San Vicente en 1950, cuando tenía ocho años. Huía de su madrastra y de los trabajos duros que le imponía. Su mamá se había suicidado años atrás, y ella y su hermano quedaron  a cargo de su abuela por un tiempo. “Puedo recordar la música, mi tío era ciego, y un gran guitarrista, se la pasaba cantando, a mí me gustaba escucharlo tocar, me hacía feliz”, exclama mientras sonríe. Un domingo, en una catequesis, cuando todavía vivía con su papá, un hojalatero, se acercó a una hermana de la congregación de las Josefinas y le pidió ayuda. Ella le hablo de las hermanas de los pobres y su fundación, y esa misma tarde la llevó para allá.

 

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Nubia

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Nubia restriega el piso con un trapeador viejo, lleva botas de caucho blanco, un delantal que le queda un poco grande y un tapabocas que revela solo sus ojos. Se detiene a limpiar la ventana mientras ve pasar a la gente por la calle. Nubia trabaja en el asilo desde  hace 19 años y desde hace 4 bajo contrato. No hace parte del servicio de limpieza pero desde que la fundación no posee recursos para más empleados ella lo asume.

 Cuando Nubia piensa en su niñez, recuerda estar rodeada de ancianos. “Voy a ser enfermera”, respondía con premura si algún familiar le preguntaba por su futuro. “Nunca pensé en ser enfermera jefe o en tener cargos altos, solamente quería ocuparme de la asistencia de abuelitos, solo soñaba con eso”, dice mientras continúa limpiando la habitación. Cuando terminó el bachillerato pensó que no cumpliría ese sueño: su familia no podía enviar a ninguno de sus doce hermanos a la universidad, pero un tiempo después se anotó a un curso para ser auxiliar de gerontología. Cuando finalizó el curso se acercó a una hermana del asilo con la que realizaba labor social, le comentó de su trabajo y ella le permitió realizar la práctica en la fundación. Después de eso no volvió a trabajar en otra parte.

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 Graciela

graciela2 optEn el orfanato tiene recuerdos muy felices, sobre todo por Soledad, su mejor amiga, una niña alocada que creció a su lado. Eran muy distintas, pero hacían todo juntas,“andábamos en rosquita, pasábamos bueno, robábamos plátanos de la despensa, inventándonos cuentos, bailábamos a escondidas de las hermanas”, dice y al mismo tiempo observa las fotografías en su escritorio. En la adolescencia Graciela era la estudiante más aplicada y ayudaba con los oficios del orfanato. En esos tiempos ejerció como vigilante múltiples veces, cuando sus compañeras de habitación salían a escondidas a bailar en la noche y a encontrarse con muchachitos que las esperaban a unas cuadras del orfanato. “Yo sabía que la hermana venía a las nueve a revisarnos, así que las hacia salir un poco más tarde, regresaban a las dos de la mañana, me daban un beso calladitas y luego se acostaban”,  recuerda Graciela. Confiesa, ensimismada, que siempre tuvo miedo que la atraparan, pero también celos de sus amigas. Le encantaba bailar pero no podía permitirse que la echaran del orfanato, no tenía otro lugar a donde ir.


 En esa etapa se enamoró por primera vez, de un profesor que le echaba flores todo el tiempo y le traía dulces a cada clase que podía. Sonríe pícaramente mientras admite: “Me pintaba pajaritos, me hablaba de amor, pero a mí no me habían enseñado nada de eso, uno era muy inocente, yo no sabía de amor, ni de hombres”. Se levanta y busca pinzas en los cajones. Luego, mirándose al espejo, dice: “en esa época a mí no me interesaba mucho verme bonita, ni vestirme como las actrices de moda, yo crecí aquí, en estas casas uno se cría como fuera del mundo”.

 En ese tiempo Soledad, su amiga, quedó en embarazo de un muchacho que vivía cerca al orfanato, la encarcelaron en el Buen Pastor y con ayuda suya y de las hermanas del orfanato logró salir. Soledad se casó y se pasó a vivir a una casita de muñecas, un espacio pequeño donde crío a Marcos su bebé. Con el tiempo se fue a vivir a Bogotá con la otra hija que tuvo. “No volví a escuchar de Soledad, me dejó sola en esta casa”, dice suavemente mientras se acerca a una radio vieja que tiene al lado de su cama. “Ahora la radio es mi mejor amiga…hace rato estaba escuchando de la historia del Día de la mujer, es pronto. Siempre pensé que era una fiesta que se habían inventado para celebrarnos, pero el locutor contó la historia de las mujeres quemadas en una fábrica en un lugar que no escuché. ¡Pobres mujeres, siempre hemos sufrido! ¿No?”

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Nubia

 nubia1 optCon los años, los ancianos se convirtieron en su familia, terminó su curso y se graduó. La fundación empezó a enviarle pacientes a domicilio, hasta que finalmente la necesitaron de tiempo completo. Nubia conoce el asilo a la perfección, los escondites, los lugares peligrosos, todas sus habitaciones, olores y ruidos particulares. Reconoce que su labor tiene dos caras, una un poco  menos dulce que la otra: “la mayoría de veces siento mucha impotencia, porque solo puedo bridarles una atención básica, me gustaría dar más, curar sus depresiones y falta de afecto”. Nubia y otro grupo de mujeres ayudan a mantener al asilo y hacen de él un lugar cálido y seguro para los ancianos: “yo creo que como mujeres aportamos el sentido maternal, de protección, y esto da la posibilidad de educar y re-educar a un adulto, acogerlo en nuestro hogar”.

Nubia es madre soltera: tiene un hijo de 19 años que ha llevado al asilo desde que tenía un año y medio. Siempre pensó, desde que lo tenía en la panza, que quería educarlo para que fuera sensible, no pensaba ni en el dinero, ni en el éxito. “Muchas escuelas han traído a los niños al asilo, corren y lloran porque nunca han visto a un anciano, yo quería que mi hijo viera a la vejez y no le tuviera miedo”, dice y después se sienta y descansa unos minutos.

 Al rato, pensativa, se pone a recorrer la habitación y recuerda los años en los que fritaba empanadas con las hermanas para recoger dinero para algún medicamento de los ancianos, o las veces que recorrió la galería en busca de alimentos, y la vez que la Alcaldía les informó la posibilidad de cierre del asilo. Esta última colmó su paciencia: “seguimos solicitando ayuda porque este es un lugar muy grande, no queremos rendirnos, hay ancianos que llevan muchos años aquí y no sabemos qué podría pasar con ellos. Nosotros hemos vivido en carne propia sus depresiones, enfermedades, ésta se ha convertido en nuestra vocación, este lugar ésta lleno de historias, de vida”.

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 Un hogar en crisis

 En los últimos tres años la Fundación Asilo San Vicente de Paúl ha subsistido de aportes de la ciudadanía. La Alcaldía de Popayán y el Concejo Municipal han recortado los recursos para su mantenimiento. El hogar atiende 81 adultos mayores, pero ante la crisis, 61 de ellos que no obtienen recursos de sus familias serían entregados a la administración municipal, pues en los últimos años tampoco reciben protección del Estado.

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