Un frasco de recuerdos


frasco de recuerdosQuienes lo conocieron antes, no pueden sino llorar por lo que es ahora. Camina por las frías y nocturnas calles de Silvia Cauca, como un ángel caído de alas negras y rotas. Pero su andar, no es solitario, como él hay muchos más que atizan sus recuerdos oliendo bóxer.

Por Maury Perdomo

"Vos no sabés lo que yo soy capaz de hacer, yo puedo tirarte desde este puente o puedo chuzarte si quiero, entonces, aprendé a no ser tan sapa", fue lo que me dijo la última vez que lo vi durante uno de sus viajes.
Su nombre es Jhohan David, el olor a bóxer es algo a lo que uno termina de acostumbrarse cuando esta junto a él y que sale de esa masa amarillenta y seca sobre las mangas de su chaqueta negra.
Tiene 19 años, en octubre cumple 20. Comenzó a consumir según cuenta él, desde los quince años, el trago fue lo primero que lo conquistó desde sus catorce. En su casa nadie le prestaba atención, como eran tan inteligente prefirieron preocuparse por el futuro del hermano mayor que estaba muy hundido con el trago. Vaya uno a imaginar cómo es la vida: el hermano mayor ahora está fresco estudiando y este al que se le veía mejor, ya los sueños se le desgastan de a poquitos.
soledadHa intentado suicidarse tres veces, en la segunda casi lo logra: se tomó un poquito de veneno para ratas en un yogurt. Entre mareos y vómito llegó al puesto de salud más cercano, después fue enviado a Popayán donde lo terminaron de salvar. Las otras dos veces, fue cortándose las venas, pero él reconoce que el veneno que más lo ha acabado es "andar oliendo eso".
"Hay gente que me saluda lo mas de bien, a esos también los saludo. Otros me hacen mala cara, a esos sí les pegó su insultada", comenta el joven mientras observo la gran cantidad de tatuajes que tiene: en su espalda descubierta hay dos lobos rabiosos, quienes, según él, lo cuidan, y en sus manos y cubriendo las heridas que le dejó el intento de cortarse las venas hay unos tribales. También hay otras imágenes en sus dedos, en sus brazos y en sus piernas. Su cabello no es largo ni sucio aunque huele a sudor: es negro, un poco grasoso, liso y abundante. Su rostro es algo rudo y ovalado, tiene la nariz rota de una pelea que tuvo con su padre. Es un muchacho delgado, con ojeras grandes y de piel india. Cada vez que habla suena una voz fuerte y gruesa, de esas que te llenan de miedo, de esas que te invitan a correr.
A pesar de esto conozco sus carcajadas y en lo que he hablado con él me cuenta porqué está así. Cuenta que todo esto inició con los maltratos físicos de su padre. David empezó a beber cuando se iba las fiestas en Jámbalo donde sus tíos, fue donde sintió que el trago hacía olvidar un poco la tristeza que sentía. Cuando vivió un tiempo en Popayán, en el barrio María Oriente, vio como uno de sus vecinos olía en una bolsa negra el bóxer, una sustancia amarillenta que se usa para pegar la suela de los zapatos. La primera vez que lo hizo fue descubierto por su madre y prometió no hacerlo de nuevo. Sin embargo, hacía mucho que no recibía tanta atención y por eso siguió, siguió y siguió hasta estar desde donde me habla ahora, desde el fondo.
“La gente del pueblo le tiene miedo”, me cuenta con orgullo en sus ojos. En la iglesia evangélica de la que alguna vez fue parte, lo miran como si fuera el mismo diablo, cuenta mientras ríe. La mayoría de policías y en la Comisaría de Familia ya lo conocen y es famoso entre ellos. "Piensan que yo soy malo, pero en serio hay unos que son peores, peor que yo", dice seriamente.
IMAGEN 16583312 2Su familia ha hecho mucho por ayudarle, pero a pesar de esto, parece que no es suficiente. Muchas veces he visto miedo y desesperación en su mirada. Al final, siempre después de relatar sus aventuras con el parche de amigos igual de hundidos, cuenta que aún tiene sueños: quiere mejorarse y estudiar ingeniería en sistemas, aunque primero quiere terminar el colegio, pero en Silvia ya ninguno lo quiere recibir.
“Estos días anda más triste que nunca”, cuenta su madre, quien me habla por teléfono. David tiene en la conciencia el dolor de haber apuñalado por la espalda, con el cuchillo pequeño de la cocina, a su hermano mayor. Ni él cree que haya sido capaz de hacerlo, solo porque Juan no le quiso prestar unos pantalones.
Su nombre fue Aarón Jacob y se lo cambió hace un año, esperando dejar atrás todo su pasado y su dolor. Su nombre es Jhoan David Perdomo, mi sobrino, uno de los tantos jóvenes drogadictos de Colombia, uno de los tantos que el sistema de salud no reconoce como enfermos, uno de los tantos que la gente no comprende y apedrea. En algunos días viajaré a Silvia, solo espero que esta vez me reconozca y no amenace con matarme, de nuevo.

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