Veinticinco años de la masacre de Los Uvos

Una carretera de miedo

Diecisiete campesinos fueron asesinados el 7 de abril de 1991 en la vía que conduce de Los Uvos a Piedra Sentada, en el Sur del Cauca. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por la responsabilidad de miembros de la fuerza pública en los hechos. Crónica de una travesía por la zona donde ocurrió la masacre.

Por: Juan Carlos Pino Correa

Los UvosAhora no recuerdo bien si fue en enero de 1997 o de 1998. El invierno había hecho estragos en todas las carreteras y yo no podía volver a Popayán donde me esperaban para reintegrarme al trabajo después de las fiestas de fin de año. Pero había llovido tanto que la ruta Altamira – Rosas, al sur del Departamento del Cauca, tenía más de ocho derrumbes y hacía varios días no había transporte en ninguno de los dos sentidos. Así que Damar, Ruby y yo no tuvimos otra opción que intentar alcanzar la ciudad por una vía distinta. Don Julio nos llevó en su campero a Los Uvos y a partir de allí tendríamos que caminar hasta Piedra Sentada, una población ubicada a orillas de la carretera Panamericana.

La travesía fue tensa porque la carretera daba miedo con su aspecto solitario y abandonado. Como en las primeras páginas del Otoño del patriarca, unas vacas se asomaban melancólicas por las ventanas de algunas casas rumiando una libertad que de seguro no lograban comprender mientras a su alrededor los hierbajos y la maleza empezaban a devorarlo todo. El sonido de los pasos se clavaba en el suelo, justo ahí donde nos uníamos con nuestras sombras bajo el sol de lo frío, y un instante después se levantaba impetuoso para embestir como una daga la densidad de aquel ambiente. Parecía que alguien nos hubiera puesto sin previo aviso en el escenario de una película de terror o de una ficción sin ninguna posibilidad de final feliz.

Los Uvos2
Pero no era solo aquello lo que producía zozobra sino también, y sobre todo, el recuerdo de lo que había ocurrido en abril de 1991 por allí cerca, en la vereda de Monterredondo: diecisiete personas que volvían en chiva de Los Uvos fueron interceptadas por una patrulla del ejército y dos civiles vestidos con prendas de uso privativo de las fuerzas militares. Luego, la ejecución a sangre fría. Y al día siguiente, las mentiras oficiales inundando la radio, la prensa y la televisión, el paripé que siempre se monta en casos así. Don Saúl Espinosa, el padre de la mejor amiga de Damar, había caído allí y por tal razón teníamos información precisa de cómo habían sucedido las cosas aunque las investigaciones avanzaran con la lentitud propia de nuestra justicia.

Años después, hablando con doña Mery, su viuda, supe que don Saúl fue a buscarla a Popayán para que regresaran juntos a Los Uvos y no la encontró pues ella, que había estado visitando a sus tres hijas en la ciudad, tomó al mediodía un bus hasta Piedra Sentada donde tuvo que pernoctar al no conseguir transporte para continuar su camino. Fue el mismo trayecto que hizo su esposo unas horas después, pero él decidió seguir a pie a sabiendas de que era tarde. Lo hizo porque alguien le dijo que hacía ya un buen rato había visto a la mujer subir en un campero con destino al pueblo. Las horas transcurrieron y llegada la noche doña Mery no sabía nada de don Saúl mientras en Piedra Sentada empezaban a preocuparse también porque no llegaba la chiva que hacía el trayecto desde Los Uvos y cuya salida a la hora de siempre había sido confirmada con una llamada del telefonista de Telecom. “¡Qué amargura esas horas sin saber qué pasaba! Y entonces unos señores vinieron y nos dijeron que fuéramos para allá, para el centro del pueblo, desde donde se divisa la carretera de Los Uvos, y se veía un humo negro espesísimo, negro pero inmenso el humo, y entonces pensamos que era una casa que se estaba quemando”, rememoró doña Mery.

La SierraPero no, no era una casa. Era la chiva la que ardía, la chiva que desde el final de la tarde se consumía en el fuego junto a diecisiete cadáveres: catorce pasajeros —Alfonso Chilito (25 años), José Belisario Dorado Muñoz (41 años), Wilson Gil Velásquez (17 años), Hoibar Gómez Mamián (18 años), Rubén Darío Joaquí Narváez (32 años), Santiago Lasso Bolaños (28 años), Adriana López (18 años), Hernán Mamián Moreno (31 años), Leoncio Mellizo Angulo (50 años), Libardo Nieves Dorado (24 años), Yenny Prieto Rengifo (28 años), Hernando Rosero (42 años), Adán Ruano Daza (55 años) y Alejandro Salazar Paz (22 años)—, un hombre y una mujer que se desplazaban por aquel lugar en una motocicleta —Henry Suárez Villa (37 años) y Pastora García (42 años)— y un hombre que al salir del camino por donde regresaba a casa se encontró en la carretera con esa escena de sangre —Saúl Espinosa (42 años)—.


El recuerdo de aquellas muertes nos perseguía a cada paso y teníamos la sensación inequívoca de estar pisando un terreno que los violentos habían convertido en maldito. Si quisieran, aquí podrían aparecer ahora guerrilleros, paramilitares o soldados y con ninguno de ellos estaríamos seguros. Esa paranoia surgida de repente nos había silenciado y nuestros ojos se movían inquietos buscando fantasmas acechantes detrás de los arbustos. No fantasmas de muertos sino de vivos, de aquellos que se consideran invencibles con su ignorancia y el poder de sus armas, llámense como se llamen o militen en la ideología que sea, si es que de verdad tienen o tuvieron alguna.


Intentando hacer más corto el viaje nos metimos por entre los matorrales buscando un trayecto en línea recta hasta Piedra Sentada cuyas casas se asomaban en lo alto de la montaña de enfrente, pero después de caminar varios minutos debimos regresar porque no encontramos salida. Así que seguimos sudorosos y tensos por el centro de la carretera serpenteante, pateando yo a veces pequeñas piedras que se me atravesaban o deteniéndome a otear con angustia el Cuadro Los Uvos1horizonte. Y de repente, a la vuelta de una curva apareció la huella de la ignominia: las diecisiete cruces blancas que el tiempo y la maleza empezaban a carcomer. Pasmados nos detuvimos frente a ellas y cuando haciendo un gran esfuerzo pudimos sacudirnos del impacto rezamos en voz alta una oración. Damar recostó su cabeza en mi hombro y sollozó mientras Ruby quitaba la hierba que ocultaba algún nombre. Yo pensé en la insensatez de los violentos que son capaces de arrasar con todo lo que se les ponga adelante sin tener siquiera un mínimo discernimiento o cegados por verdades a conveniencia.


Pero el abismo más grande era que esta escena no fuera sólo de aquí.


Las cruces que ahora miraba eran el reflejo de otras cruces similares que se habían erigido a lo largo y ancho del país en una barbarie sin principio y sin fin que jamás tenía responsables y que era capaz de justificarse en cada ocasión con diferente tono de voz y el mayor de los cinismos. Aquel humo negro y denso que doña Mery vio la noche anterior como presagio de la noticia de la muerte de su esposo y otras dieciséis personas era el mismo que nos cubría desde siempre y nada parecía tener remedio. Ese velo malsano nos envolvía y ni siquiera nos dejaba ver qué era lo que pasaba en torno nuestro y si tendríamos o no alguna esperanza.


Con esa sensación retomamos el camino, doloridos y tristes, y cada paso se nos hizo más pesado y angustioso, consumidos los tres en cavilaciones secretas. Habría de recordar esta escena muchos años después, al leer en un libro de Rafael Argullol un fragmento sobre las tinieblas, la destrucción y la sangre: “Nadie puede compararse a nosotros en liturgia, en crueldad, en mentira, en cobardía, en heroísmo, en dolor, en juego. Nuestra guerra es tan poderosa que no atañe solo al guerrero, de uno y otro bando, al vencedor o al vencido, sino a todos los demás hombres, espectadores cubiertos de sangre, aunque ingenua o interesadamente crean que sólo son espectadores”.


Hoy creo que quizá debí haber vuelto a Monterredondo para escribir sobre esta travesía amarga que al final no es nada si se la compara con el dolor y el infierno de las víctimas masacradas aquel domingo 7 y con el dolor y el infierno de sus familiares. Pero no fui. No fui y no me apena confesar que aquella carretera aún me produce miedo. No fui porque entrar en ella sería como cerrar los ojos y dejarse arrastrar por el sueño a sabiendas de que lo único que hay detrás es esa pesadilla violenta y sin contornos que nos consume a todos.

 (La primera imagen es de Prensa Libre Cauca)

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