Retrato con fondo claroscuro

La calle de la última morada

Las calles no están solamente en medio de la ciudad: hay lugares que albergan caminos llenos de sensaciones. El cementerio es uno de ellos.
Por: Jonny Molano Gabalán.-

El sol está en lo más alto, pero el frío de esta ciudadela no mengua. Hay una calle principal que lleva hasta el altar. Desde ahí se puede ver la iglesia y las paredes blancas, además de algunas fuentes de agua y pastizales bien cuidados. El contraste abunda, no hay tantos matices, al menos no cromáticos. 

La mejor calle es la que está entre los bloques de cemento y la zona verde. Es un poco más ancha y larga que el resto. Algunas personas se paran frente al gélido color blanco a hablar sobre la vida, pero sobre todo hablan de la muerte.
En esta calle, una de las más transitadas, las cosas son extrañas. No encierran a nadie por hablarle a un montón de gusanos y carne putrefacta. Cada ocho días, en su nuevo dormitorio, don William es despertado por una roca. Y hasta es normal que una madre de treinta y siete esté llorando salvajemente, mientras sus dos hijos de cinco y seis años juegan con una llave de cobre.

 

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En ocasiones pasan cosas aún más inusitadas: la calle se llena de un negro profundo, de ese que no tiene un dolor reciente sino un vacío que constantemente ha intentado ser olvidado. En esos días especiales, puede que un machete se clave entre los huesos y es ahí cuando las ausencias de hace mucho son despedazadas por una oleada de recuerdos, es ahí cuando don William vuelve a la vida. La calle se engalana, y por un momento, todo se convierte en imágenes del pasado.
Las personas que habitan esta calle están esperando. Esperan sin importar el tiempo, algo divino. Están encerrados, sin ninguna otra preocupación más que esa. Al menos eso dicen algunos.
Los mosquitos siempre rondan, aunque no pican. Ellos solo están aquí, moviéndose de un lado a otro, buscando de qué vivir. Pasan la esquina, miran que no haya nada que los mate, deambulan, van a un lugar porque así lo tienen establecido, regresan y tocan lo eterno, no les gusta, vuelven a buscar en lo orgánico, en lo vivo.

 

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Las sombras atraviesan la calle y descansan sobre lo blanco. De nuevo ese contraste curioso: negro y blanco. Algunos ramilletes de flores están clavados en las paredes. Pero esta calle es tan larga que esos colores intensos pasan a ser como islas nadando entre un mar blanco. A cada tanto hay espacios, huecos entre ese mar. Uno grande por allá, uno más pequeño por acá. Son oscuros y fríos, pero lo más importante es que son negros. Todo queda muy bonito así: lo blanco siendo perforado por lo negro, mientras lo vivo es apenas visible.
La calle ha quedado vacía. Los andenes son amplios y tienen techo, como en la Roma del 64. Hay moho en las columnas y en partes del piso. La calle es de asfalto, tiene una línea media. Quizás ese gris de las lápidas cuente como matiz, pero es que aquellas piedras no pueden reflejar matices, son tajantes. Aquí todo son opuestos: vida y muerte, lo blanco y lo negro.

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