06 de Marzo de 2017

Crónica de viaje

Una mujer del Sur

En la tranquilidad de su anonimato en un pueblo enclavado en el Macizo Colombiano, Flor de María vive su vida honrando la estirpe de la mujer campesina y trabajadora de estas tierras.

Por: Juan Carlos Pino Correa

Fotografías: María Fernanda Restrepo

una mujer del sur

Se llama igual que mi madre. Cuando extendió su mano para presentarse y pronunció aquel nombre sentí una sensación extraña. Esas tres palabras se convirtieron por un momento en un nudo en la garganta pero también en la puerta abierta a un universo infinito de recuerdos y de nostalgias. Acabábamos de llegar a San Juan, un pequeño pueblo ubicado en lo alto de una montaña de la cordillera central, en el municipio de Bolívar Cauca. Hacía frío en esta tarde que declinaba y Flor de María, su esposo Gerardo y su hija Gladis, nos recibieron con café caliente y hojaldras –masas de harina, solemos decir los surcaucanos–. A ninguno de los tres los conocía y tampoco antes estuve en esta localidad. Pero nada había sido impedimento para decir hace un par de meses: quiero ir a San Juan. Quería ir no porque sí, sino atendiendo mi curiosidad por recorrer esta zona que queda muy cerca del departamento de Nariño. Claro, antes había leído cosas sobre el pueblo, sobre la Virgen de los Remedios que es visitada de forma permanente por fieles muy fieles que en romería van a pedir milagros o a agradecerlos, o simplemente a expresar su devoción y su fe. Y quería visitarla porque me interesaba ver los petroglifos, aquellas inscripciones enigmáticas sobre rocas asentadas por aquí cerca desde quién sabe cuándo. Pero todo aquello por lo que había venido quedó suspendido en el tiempo al escuchar, en la voz de la señora que amablemente extendía su mano, el nombre que había sido también el de mi madre. Un universo también. Otro universo.

una mujer del sur 2Flor de María es campesina, de esta estirpe de mujeres del Sur que no se cansa nunca, de esta estirpe que trabaja desde la madrugada hasta la noche sin jamás soltar una queja o un lamento, de esta estirpe que desde que apenas tiene uso de razón hasta su día postrero va de aquí para allá haciendo los deberes de la casa sin que nadie se lo agradezca. Da igual si está en el primer mes de embarazo o en el último, da igual si afuera llueve, truena o relampaguea, da igual si hace frío o calor, si está soleado o nublado. Y también da igual si hay salud o enfermedad, o alegría y tristeza. Ahí están las mujeres de esta estirpe, como Flor de María, ubicuas e incansables, silenciosas y prudentes, amables y respetuosas. Es increíble que ellas no pierdan tampoco la capacidad de reír, de alegrarse por aquellas cosas buenas que les van sucediendo a sus hijos e hijas, a sus nietos todos. ¿Cuántas veces se alegraron en silencio y cuántas fueron capaces de vivir como nadie una felicidad personal e íntima que solo a ellas pertenece?, me pregunto yo mirando a Flor de María ir de aquí para allá en este espacio donde es imprescindible. El canto de un gorrión, la luz mágica de un amanecer, el caer de una hoja, el crepitar del fogón, la gota de lluvia que cae implacable desde el tejado para remover y hacer saltar la tierra o la arenilla del patio, el rumor de los fantasmas que se quedaron por aquí y que a otros asustan sin compasión.

A esta estirpe hacendosa (un adjetivo que ha entrado en desuso) pertenece Flor de María. A esta estirpe de mujeres que es, además, un prodigio cocinando. Lo pude comprobar durante los dos días que ella nos ofreció su mesa y su sazón. Y lo hace con la facilidad y la naturalidad de quien domina con solvencia un oficio. La conversación, en cambio, no se le da con tanta fluidez aunque tampoco es de las que se esconde. En ese terreno de las palabras ella es tranquila y dice las cosas con pausa, como si ya no tuviera prisas de ninguna clase. Seguro que no las tiene. Por eso, cuando sale de su cocina y recorre las calles del pueblo para ir a la tienda, a la iglesia o a la parcela donde la familia cultiva lulos que le entrega por encargo al colegio, lo hace también lentamente, como si contara los pasos. Sabe que ya no va muy lejos y un buen andar le garantiza un regreso seguro. Alguien puede pensar que es la parsimonia y la pesadez de la edad, y puede que no le falte razón, pero también ese alguien podría pensar que es una declaración de principios. Como cuando se mueve por esta cocina acogedora donde el fogón nos protege del frío que hace afuera.

Y cuando le digo que mi madre se llamaba como ella, Flor de María sonríe con un gesto que me parece que está entre el orgullo y la picardía. Acaso lo hace porque sabe que por aquí ese nombre no es muy común pero entraña en sus tres palabras toda la valía de las mujeres de esta estirpe.

 

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