Entre la tradición y la sangre

Noche de gallos 

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Cada  ocho o quince días se hacen encuentros gallísticos en Popayán. Una tradición heredada de los españoles y vigente gracias a los galleros que invierten y cuidadores que se dedican a la crianza de estos animales. Un espectáculo controvertido, que a muchos les desagrada y que para otros es una forma de vida. 

 La riña es presente. Momento imperioso. El pasado y el futuro se recogen en la urgencia de sobrevivir. La cercanía con la muerte recrea figuras bellamente obscenas. La sangre salta. Las plumas caen. Los corazones se agitan. Los gallos viven o mueren. Y los hombres ganan o pierden.

Las galleras no son solo pelea de gallos. Están las señoras que venden tamales en la entrada; el bar-discoteca que pone desde música popular hasta reggaetón, pasando por salsa, bachata y merengue; el restaurante que ofrece bandeja completa, sopa, masas de choclo, café, papas fritas, rellena, empanadas; los juegos de azar de dados que funcionan discontinuamente; los campesinos urbanos; los galleros adinerados; las familias enteras que ya dejaron su tierra, pero no todas sus tradiciones; las nuevas generaciones que mientras apuestan revisan su Smartphone. Las galleras son mucho más que dos animales matándose salvajemente.

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—¿Cuánto le pesa?

—Tres quince

—¿Es gallo?

 El interlocutor afirma con un gesto. Ponen a los gallos sobre la mesa, cada uno en una jaula. Son casi igual de altos. Les acarician el pecho. Ellos levantan el pico y miran con desdén. Mueven las patas como un toro embravecido, parece que se preparan para embestir. Las alas se expanden. Después, los apaciguan pasando la mano sobre el dorso. Emerge una calma mentirosa. Aquí no solo se mide la altura y la edad, es muy importante el instinto del cuidador. Sentir que se puede ganar. Si los dos están de acuerdo, llaman a los galleros que harán parte de la apuesta. Hay gestos entre los integrantes de cada bando. A todos les gusta. Ahora van a la balanza.  

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 El gallo es azul con manchas amarillas y rojas. Sobre él están las agujas que marcan las libras y onzas. La balanza, además de la mediocre pintura, tiene otra curiosidad: hay una tela de cuero amarrada donde se mete cada gallo. Cuando este pesa, lo que su dueño decía que pesaba, se puede hablar de una apuesta. Desde 300 mil hasta tres millones, depende de lo que se tenga y se confíe en el gallo. Algunas veces se apuesta mucho más: treinta millones, casas, fincas, carros, etc. 

 Van hasta una pequeña garita o mesa. Le dan el dinero a los jueces. Reciben un papel con el número de la pelea y el monto a recibir. Se prende una vela. La cera se riega por el espolón. Se coloca la espuela que puede medir de 35 a 50 milímetros, depende del peso y lo pactado. Cada gallero tiene en cuenta las características de su animal: si es cuerpero, que tira al cuerpo, habrá que tener una espuela grande, si es cabecero podrá ser más pequeña.

 A los gallos ya armados se les corta las plumas de la nuca. Después se meten en una angosta maleta de tela de dos compartimentos. La mayoría de animales tiene su primera contienda entre los nueve y once meses, todavía pollos. A los siete se les quita las barbillas y a los ocho se les corta la cresta, las dos operaciones se hacen con tijera o navaja. Han sido correteados por sus cuidadores, han estado adquiriendo estabilidad en trapecios móviles, han sido obligados a dar saltos  y a levantarse con brincos del piso. Comieron avena, concentrado de pescado, huevo con cebolla, lentejas, zanahoria, carne, maíz, pan con café y todo lo que se le ocurra útil al cuidador o que ordene el gallero. Es hora de demostrar que todo esto no fue en vano.

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The Beatles. El letrero tiene la misma tipografía que utilizó la banda inglesa. Pero aquí no hay rock. Solo este hombre con una gorra de otro mundo. El mismo que baja por unas escaleras de cemento llevando una maleta de tela y un tablero acrílico.

Mucha gente está en el centro del ring: una mujer con escote profundo, pantalón apretado y tatuaje en el pecho izquierdo; un hombre de camibuzo naranja y collar de oro; un joven de camisa pastel, zapatillas y jean clásico. El juez más joven toma el tablero y lo cuelga. Ahí se informa sobre el número de pelea, los nombres de los gallos, la gallera a la que pertenecen y el dinero que está en juego. Después se abre cada compartimento de la maleta. El bullicio es incesante.

Voy 50destacado

Voy 100 a 80

Voy 20

Gimen los gallos. Al otro lado del coliseo cada quien busca rival. Los borrachos prematuros e indeseables caminan entre amigos y conocidos. Los juegos de azar están desiertos. Las graderías llenas. La muerte llama. O quizá no sea la muerte. Quizá sea el preludio de la misma. Esa cercanía que tanto entusiasma. Y más, cuando el preludio es una escena llena de valentía animal, de fuerza animal, de honor animal, y  de morbo humano, de tradición humana, de insensibilidad humana.

Cada juez toma un gallo. Los acercan y alejan, los picotazos van y vienen. Entre lanzas endemoniadas las apuestas se siguen pactando, con gritos o gestos, entre grupos o individuos, de veinte mil o de algunos millones.   

Los sueltan. Las plumas de la nuca se erizan. Los picos se enfilan. Uno salta y tira un espuelazo, el otro se agacha y contraataca. El juez cuenta: una. Ahora están más cerca, casi pegados. De nuevo hay un brinco de atleta. Dos. Se forma un amasijo de plumas que vuela por el aire. Tres. Los gritos se convierten en alaridos. Cuatro. Dale hijo de puta; los que están en graderías generales se señalan, cuando está sellado el pacto, mueven el dedo índice como afirmando. Cinco, hay pelea.

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gallosEl cuerpo del gallo salta esporádicamente. La sangre chorrea, sale del pico, de las alas, del torso. Escupe el líquido vibrante. Sus ojos todavía ven. El dueño revisa las heridas. Nada queda de la elegancia. Ahora parece una deforme aglomeración de plumas mojadas. Está asustado, cansado. Se le quitan las espuelas. Se acaricia un poco. Se deja descansar.

“Empezamos con los gallos desde enero y nos ha ido bien”, dijo tímidamente. Es un joven cuidador. No tiene gallera. Le prestaron un gallo para que le sacara crías. Van 70. Sabe un poco de historia de los gallos. Opina sobre la mejor cuerda de Popayán (Picos). Trata diferente a su animal. Es muy valioso. Es un pollo y este será su primer combate. Lo acaricia, lo calma. Cuenta asombrado cómo en Cali apuestan durísimo, “es que hay gente con mucha plata”.

Está recostado y olvidado sobre muertos. Agonizante, intenta levantar la cabeza. Es imposible. Su ala está estirada. Era un ‘colorao’. Las espuelas fueron retiradas. El golpe no fue fulminante. Se retuerce un poco. No soporta más. Se ha quedado eternamente quieto. Y ahora hay cuatro cadáveres encima de una lavadora anónima.

 Hay cosas que pueden variar. A veces las riñas son de diez minutos continuos, otras veces dividen ese tiempo en dos. Puede que el reloj de arena, que mide un minuto, se coloque porque un gallo huye del combate o está en el suelo sin querer o poder levantarse. Puede deshacerse una apuesta si los gallos demoraron mucho en acabar con su rival y los apostadores consideran aburrido el combate, cosa que casi nunca sucede. Las espuelas puede que solo las venda la gallera anfitriona (cerradas) o que cada quien traiga sus espuelas (abiertas). Puede haber piezas especiales para cada cuerda (gallera) o simples cajones de madera donde se guardan los animales.

Hay gallos por todas partes. Algunos muertos y tirados en esquinas, otros acariciados tiernamente por sus amos. Un griterío estalla a cada tanto. Un hombre abandona su asiento, salta emocionado, “uno, echemos uno”, le grita a alguien que está frente a él. El otro hombre pide respaldo a su compañero. Hace un gesto de aprobación. Un millón en juego. Si pierde tendrá que pagar y nada más. Mientras tanto, en el ring, uno de los gallos perderá su vida. Y cuando pase, el ganador clavará pequeños picotazos en la cabeza del moribundo, como besos sentenciando la muerte.

Por: Jonny Molano

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