Mi nombre es Érika

¡Que se me vean los senos por favor!, exclamó alguna vez entre risas mientras era filmada como personaje principal para un documental. Sentada y de piernas cruzadas tejía una peluca de cabello natural mientras narraba entre chascarrillos algunas etapas de su vida, la vida de una mujer aguerrida y comprometida con sus ideales, con su propia vida.

Mi nombre es Erika

 

 

 

 

 

 

 Por: Julián Villarreal Luna

17 de mayo de 2015

Las arrugas ya se le notan pero su rizada y dorada melena acompañada de un inconfundible y satírico sentido del humor, desprecian la vejez que normalmente suele aparecer después de los cincuenta. Viuda desde hace siete años y con un hijo que ladra y brinca de felicidad cada vez que la ve llegar nuevamente a casa, siente que ha hecho tantas cosas en la vida que no sabe qué le falta por hacer, pues como dice ella misma “yo ya estoy por encima del bien y el mal”.

Érika nunca tuvo hijos biológicos, pues siempre deseó tenerlos con su esposo y por cuestiones de la vida, o de la suerte, posee el mismo sexo biológico que aquel que tanto amó. Ahora la acompaña Betto, un French Poodle de un año y cinco meses de edad, al cual le habla como si de un niño se tratara pues en su casa, es lo único que la acompaña, luego de la partida de su anterior hijo, otro French Poodle que la acompañó durante trece años, homónimo al actual y fallecido hace casi dos años.

Algunos sobrinos aún la llaman “tío”, pero ella no se molesta pues entiende que para muchos en su familia los recuerdos de aquel hijo y hermano se encuentran intactos, aunque la respeten y la vean vestida de otra manera, de la manera en que siempre se ha sentido y ha querido ser, de la manera en que es. No quise preguntarle por el nombre que le dieron sus padres, pero sigilosa notó mi curiosidad y con mirada pícara y penetrante me dijo: “Érika del Río, así me llamo desde que nací”.

Por más de treinta años vivió con su esposo, y aunque nunca se casaron ante la ley o la iglesia, “el amor es el que hace que todo sea posible, y realmente nos amamos y respetamos como los que se casan, hasta que la muerte los separe, y así fue”, asegura con mirada cándida. Aún tiene pretendientes, pero a ella le interesa más dedicarse a sus asuntos que a un hombre, quizá porque ya vivió la miel de la vida en el amor y ahora lo que venga es añadidura. “Hay por allí hasta un ‘sardino’ que quiere que lo acabe de criar”, dice Érika mientras suelta una carcajada.

Viñeta Mi nombre es ErikaSe levanta todos los días a las cinco de la mañana, cinco y treinta a más tardar, reza el rosario y escucha la misa matutina de algún canal local o nacional. Mientras se baña pone la radio “para estar informada”, y le da de comer a su hijo putativo mientras prepara sus propios alimentos. Ama la fonomímica y alardea jocosamente de algunos premios ganados a partir de este arte, y aunque cabe en el cliché de ser estilista, se sale totalmente de él cuando, casi a diario, adopta la faceta de activista social que la caracteriza. Hace más de quince años fundó la Fundación Eres buscando ayudar a personas con VIH/SIDA.

Desde entonces sus días no son tan corrientes, pues no es la típica mujer que deambula entre condimentos y escobas, tampoco aquella que se rodea de mesas, papeles y escritorios, ni mucho menos del tipo que prefiere sentarse en un sofá a ver su telenovela favorita. Ella tiene de todo un poco, como un gran collage de mujeres, hogareña, activista social, vecina y madre. Así es Érika del Río Sánchez.

  

 

 

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