03 de noviembre de 2018

Paro Nacional

El hambre de la educación

Estudiantes, profesores y trabajadores de las universidades públicas de Colombia llevan más de tres semanas en un pulso con el gobierno por la defensa de la educación pública. La huelga de hambre ha sido un mecanismo de lucha y de presión en el campamento educativo y pacífico que han organizado los estudiantes.

Por: Darío Fernando Fernández y Daniel Daza Cuéllar

Fotos: Angélica Guzmán

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Jueves 1: Día de todos los santos

         Son unos ojos color café claro los que tiene Andrés Meneses, y suelen quedarse quietos por varios minutos viendo hacia alguna parte. Él, junto a Javier Granda y Leonardo Burbano, tomaron la decisión de declararse en huelga de hambre a modo de protesta por las complicaciones que atraviesa la educación superior pública de Colombia.

Hace calor y Andrés está sentado dentro de la carpa de la Brigada de Salud del campamento estudiantil ubicado en el Parque Caldas, con un cartel colgando de su cuello donde figura su nombre y la cantidad de días que lleva haciendo huelga de hambre. Para el día primero de noviembre, pone nueve días. El sudor empapa las frentes de las personas que asisten al campamento, pero la de Andrés permanece árida.

“Es duro. Es muy duro tomar esta decisión y… la ansiedad, las ganas de comer que a uno le genera el ver comida es lo más duro que a uno le puede llegar a dar”. Su voz se siente cansada. Suele tomar pausas un tanto prolongadas para terminar las frases mientras baja la mirada, pues sus ojos empiezan a humedecerse.

Cuenta que aquello que lo impulsó a empezar una huelga de hambre fue ver el compromiso que habían asumido tanto profesores como estudiantes y trabajadores respecto al problema de desfinanciación para con las universidades públicas. “El objetivo general es que el estado tome conciencia de la situación en la que estamos y se establezcan mesas de diálogo para resolver este problema”, musita mientras empieza a juguetear con el tarro de suero que apoya contra su vientre, pensando, quizá, que hasta entonces, no probará otra cosa que no sea ese suero.

Dice también que es su primera experiencia haciendo huelga, y que sabe que ese acto aportará de alguna manera a la movilización estudiantil en defensa de la educación pública. Entonces calla. No puede extender mucho su discurso, pues más de una semana resistiendo al hambre le ha empezado a debilitar ciertas capacidades.

Al fondo de la carpa, charlando con algunos integrantes de la Brigada de Salud, se encuentra Javier Granda, estudiante de Ingeniería Física y Derecho. De acuerdo a su cartel, lleva cuatro días de huelga. “Básicamente lo que me motivó fue ver a los compañeros que están luchando por algo que nos compete a todos, y no puedo desconocer que yo también estoy en esa lucha”, comenta con cierta seguridad en su voz mientras trata de ocultar el temblor en sus manos apoyadas sobre el espaldar de una silla. Él, como estudiante, reconoce la importancia de su acto, y espera recibir una respuesta concisa, oportuna y segura por parte del gobierno para el estudiantado nacional.

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Los estudiantes y profesores de la facultad de medicina de la Universidad del Cauca, con el apoyo de la Cruz Roja, son quienes están a cargo de brindar el servicio de salud; también supervisan a los huelguistas, manteniendo en control sus signos vitales. Según Esmeralda Hoyos, estudiante de Fonoaudiología e integrante de la Brigada de Salud, los huelguistas permanecen estables hasta ahora. La dieta que se les suministra se compone principalmente de suero, Omeprazol, Tiamina y un poco de Vitamina C, porque las noches han estado bastante frías.

Los dos más jóvenes, Andrés y Javier, son los que menos complicaciones han tenido. Sin embargo, Leonardo Burbano, quien lleva siete días en huelga, ha requerido de unos cuidados más específicos. Él ha tenido más variabilidad en lo que respecta a la frecuencia respiratoria, frecuencia cardíaca, glucosa y tensión arterial, a causa de su hipertensión. Motivo por el cual se le da Losartán. También les dan aceite de oliva para variar el tipo de líquidos que se les suministra, porque este aceite es una especie de néctar. “Pero a ninguno de ellos les gusta el sabor”, comenta con una risita.

Leonardo es un administrativo que labora como camarógrafo y camina por ahí, hablando algunas veces con conocidos o curiosos que se le acercan. Lleva siempre consigo el chaleco que lo identifica como funcionario del área de comunicaciones de la Universidad del Cauca, también una gorra roja que le protege del fuerte sol que sofoca por el momento a los asistentes del campamento. Agachado, sentado ahora en una banca, recuerda que en 1999 realizó una huelga de tres días junto a uno de sus compañeros, con la cual lograron el objetivo que se habían propuesto. Hoy espera que suceda lo mismo: que el sufrimiento no sea en vano.

Cercano a las lágrimas, luego de un silencio y una larga bocanada de aire, habla de su familia. “Ha sido duro, porque mi mamita es la que más ha sufrido, y mis hijos también, pero ellos entienden que es una lucha por la educación del pueblo; por mis hijos, por los hijos de mis hijos, por los hijos del pueblo”. Cuenta que sus allegados han estado muy pendientes del campamento, y sostiene que lo que él hace es para el bien de la educación. “Créame que han sido unos días muy largos, pero también han sido unos llenos de mucha esperanza”.

Sus manos sostienen el tarro de suero que todavía contiene un poco de líquido, y su mirada se pierde en el suelo. A pesar de su visible cansancio, no se le nota arrepentido, e igual que con Andrés y Javier, se le ve más desafiante que agotado. Entonces, es ahí en donde las palabras de una de las arengas que se entonan en las marchas cobra sentido: “a parar para avanzar”. Estudiantes, profesores y trabajadores dispuestos a parar, a sacrificar cuanto les sea posible para aportar a una causa que trasciende la efervescencia del momento y busca ser histórica.

Pasa un joven y se queda viendo por un momento a Leonardo, entonces deja escapar un breve comentario: “son unos berracos. Yo no sería capaz de hacer eso”.

Viernes 2: Día de las almas

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La noticia se riega como pólvora por el campamento, las sedes de la universidad y la ciudad. Dos de los tres huelguistas han levantado la huelga de hambre. Leonardo Burbano afirma que históricamente, hombro a hombro con estudiantes, profesores y compañeros de Sintraunicol, ha apoyado la justa lucha por una educación a cargo del Estado. Andrés Meneses dice que en distintos estamentos se ha logrado el reconocimiento del espacio para hablar de la problemática de las universidades y desde el campamento se han alzado argumentos en su defensa que han llegado a la ciudadanía y a las autoridades. Ambos coinciden en que entraron en huelga de hambre hasta que se concertara una mesa de negociación nacional y que con ese objetivo cumplido la dan por terminada. No obstante, siguen en pie de lucha al tiempo que adelantan su recuperación. Ellos, al igual que Javier Granda, quien continúa en huelga de hambre, y al igual que estudiantes, trabajadores y profesores de las distintas universidades del país, siguen a la espera de que el gobierno dé garantías para llegar a acuerdos y soluciones. Porque la educación pública superior no puede morir de hambre.

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