27 de octubre de 2018

PopayánCiudadLibro

Dos novelas de Juan Cárdenas

También invitado a Popayán Ciudad Libro, el escritor payanés Juan Sebastián Cárdenas habla este sábado sobre su última novela El diablo de las provincias. Co.marca publica dos comentarios sobre algunas de sus anteriores novelas.

Por: Juan Carlos Pino Correa

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Zumbido e intemperie

“Cuando uno sale de su casa y se pierde aparece de pronto la intemperie, que está llena de aromas”, escribe el payanés Juan Sebastián Cárdenas en su novela Zumbido, publicada en 2010 por la editorial española 451. Pero esa frase, que está en la página 63, es apenas una ratificación de lo que la novela viene planteando desde el principio: el hombre está condenado a la desolación, a la soledad y al dolor. Y no sólo el hombre sin nombre que inicia un deambular por la ciudad desde el hospital donde su hermana ha muerto, sino todos los hombres, aunque muchos ni siquiera lo perciban así (a veces, mejor no saber, dirían algunos).

Eso es la intemperie: no tener ya nada que proteja de las desesperanzas que acechan por doquier, no saber cómo afrontar esos aromas y esos zumbidos que pueden aparecer en cualquier esquina, en algún rincón, en una habitación conocida o desconocida. El zumbido, en la novela de Cárdenas, es el que surge de una fábrica, de un circo, de un perro que ladra, de unos automóviles que pasan, de una cinta magnetofónica, de una perorata, de la lluvia al caer, de un silencio, de un discurrir de ideas que se atropellan en la mente. Pero fuera de la novela, en la realidad de todos y de cada uno, puede ser cualquier otra cosa. Fugaz o perenne.

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Sin embargo, la intemperie no es sólo no tener algo que ahuyente el caos sino no querer ese algo, intentando un acto de libertad que parece una especie de suicidio pero que también puede leerse como entereza para dar un salto mortal hacia el vacío, para iniciar una travesía cuyo fin se desconoce porque lo que importa es la travesía misma. “En la renuncia estaba la tranquilidad. La sola idea de que yo era el último de la familia, de que después de mi no vendría nadie, me reconfortaba”. Esa es la razón para que, en Zumbido, el minuto siguiente, la escena siguiente, el día siguiente, sean absolutamente nebulosos, deleznables. Si es que ese minuto, esa escena y ese día llegan a existir. Y por eso me parece que no es en vano el hecho de que el narrador use en algún momento la palabra ritornelo (como esperanza quizá, o como amuleto: “como esbozo de un centro estable y tranquilo”, a la manera de Deleuze y Guattari) aunque luego no la vuelva a mencionar. Esa es también la magia de esta novela.

Como lector debo decir que sentí hondamente cercana la historia que cuenta Juan Sebastián en su libro. Profundamente latinoamericana aunque no por ello menos universal. Esa cercanía me la construyó el tono de la narración, los escenarios, los giros lingüísticos, las tragedias, la manera de encontrarse y de desencontrarse de los personajes, las búsquedas y los miedos, los olores sugeridos, las canciones, algunos pequeños detalles muy nuestros. Y me la construyó ese zumbido que atraviesa todo el texto como banda sonora. Un largo y elocuente zumbido de ciento treinta y un páginas.

 

 “Poner palabras en la penumbra que crece”

Una parte de la magia de las novelas es que invitan a cruzar escenas de ficción con escenas de la realidad. Es decir, unas hacen que se evoquen otras. O que se relacionen con aquellas que suceden mientras se devora un libro. Se puede decir que esta es una forma de que el lector escriba también esa obra que lee. De alguna manera, eso me sucedió con Los estratos, la novela de Juan Sebastián Cárdenas publicada por Editorial Periférica en España. De más está mencionar la calidad y rigurosidad narrativa, y no porque Juan Sebastián sea payanés sino porque se hace cada vez más evidente que su recorrido en el mundo literario europeo le está dando consistencia a su obra.

Podría afirmar que Los estratos tiene el mismo aire, el mismo tono, un ritmo similar que Zumbido, la anterior novela de Cárdenas. Si me lo preguntan diré que en ambos libros la protagonista es la intemperie. La de los personajes que ha creado el autor, por supuesto, y la que él sugiere nos gobierna a todos, sin distingo de raza, sexo, estrato o religión. Quizá sea por ello que aquí también el personaje principal no tiene un rumbo fijo sino que se deja llevar por sus instintos, por sus emociones, por sus inercias. Si en Zumbido el detonador para dar un salto hacia lo desconocido sin saber qué va a suceder en adelante es la muerte de un ser querido, en Los estratos es un recuerdo que parece concretarse pero en seguida se hace evanescente. Y luego el devenir incierto, lo impensado, alguna insensatez, o muchas. Es decir, la vida.

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La vida en Los estratos fluye como un río aparentemente apacible, como un constante estremecimiento interior. El lector no encontrará quiebres inesperados ni giros espectaculares. La elocuencia está en la sencillez de las cosas, de la cotidianidad, de aquello que de tan simple puede suceder en cualquier momento. Esa es la razón por la cual sentí como parte de la novela al señor que hacía malabarismos frente a mi ventana, en el techo de la casa vecina, intentando coger las goteras después de una mañana de lluvia. Y fue parte de la novela una foto que apareció por allí, en mi escritorio, donde una pareja joven posa junto a una escultura de Botero.

Ambas escenas, la del techo y la de la fotografía, fueron parte inequívoca de Los estratos porque en el relato de Cárdenas llueve demencialmente y porque en las buenas novelas, más que amores hay desamores. Si el señor resbala y cae emitiendo un grito desgarrador mientras leo (y esa fue una posibilidad), seguro que no me habría quedado más remedio que avanzar en la historia impresa para llegar, más temprano que tarde, a la página 124 donde se plantea que es probable que el arte sea sólo un mal chiste, “algo creado para provocar la risa socarrona de los dioses menores”. Y yo diría: acaso la vida, más que el arte. O el amor, si nos vamos a la foto lejana y nostálgica.

¿Ahora comprenden por qué digo que la magia de las novelas es que uno puede cruzar la ficción con la realidad? Ustedes lo saben. Y también lo sabe Juan Sebastián Cárdenas, el talentoso escritor payanés que nos escribe y nos convoca desde tan lejos.

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