13 de mayo de 2018

Homenaje

Abrirse paso entre la estrechez

Desde hace más de veinte años, Ludivia Montilla ha enviado,  en un principio a sus hijos y ahora a su nieto, a vender por el pueblo las rellenas que prepara los lunes. Así ha logrado que algunos de ellos estudien y que todos coman. Crónica sobre una madre campesina y trabajadora.

Por: Fernando Cortez

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Es lunes y a no más de 5 kilómetros camina Ludivia Montilla con la estopa aún vacía hacia el mercado del corregimiento de Altamira, en el municipio de La Vega, al sur del Departamento del Cauca.

Lo primero que hace al llegar es comprar la sangre de res con la que hará las morcillas que vende los lunes puerta a puerta desde El Roble hasta San Vicente.

Ella, una albanense de 67 años, trabaja en esto desde los 47. Vive en una casa grande de bahareque repellada en cemento grueso y habitada hasta hace unos cinco años por 12 hijos –tres mujeres y nueve hombres– que poco a poco se han ido desperdigando por el mundo. El primero en irse fue Arley hace veintidós años, y el último en hacerlo fue Johnny hace tres. Cada uno de los varones tocaba en la vereda las puertas de esterilla o de aluminio:

“¿Va a dejar rellenas, doña Belarmina?”

Ahora es el turno de Felipe, su nieto de 14 años. Es él quien atraviesa el pueblo con el canasto en el brazo cargado de las treinta tiras de embutido de arroz, verduras y sangre cocida, y es él con quien Ludivia se adentra en la casa donde los recuerdos abundan y el dinero escasea.

De regreso a los caminos

Hoy, después de varios meses de no hacerlo, Ludivia vuelve a vender. Fue operada, su recuperación la pasó en casa de su hijo mayor en Popayán y terminó su estadía hace algunos días.

­–Yo por allá no me amaño –dice–. Yo quiero estar en mi casa.

Dos de sus hijos tienen título de bachiller, el resto se ha realizado en las labores del campo

Cada embutido representa la lucha incansable que Ludivia ha librado desde antes de que su esposo falleciera hace nueve años para que los tiempos mejoren.

–Uno ahora vive muy bien en comparación a los tiempos en los que uno se la pasaba comiendo guineo –me cuenta, mientras vemos pasar los carros repletos de gente que va hacia Altamira

En una hoja de papel garabatea: “dos libras de arroz, una de arveja, acelga, cebolla, cilantro y espinaca”. No lo ve, no lo revisa. Puro formalismo. Ya sabe que debe ir donde Rosa por las verduras y por la sangre donde Yeyo. Que después de eso hará el mercado, porque “primero lo primero”, y que James, su hijo, se está demorando para llevar las cosas a casa.

Recuerda el tiempo en los que “éramos pobres”:

–Yo las mandaba con los muchachos, pero había gente que venía a la casa, se sentaba en la cocina y comía con retacadas y café. Yo no les cobraba ninguna de las dos, solo las morcillas.

Y ahí está ahora ella, abriéndose paso de nuevo entre la multitud olorosa a queso de Guachicono y a panela de Santa Juana, menudita y valerosa, pensando en que hoy lunes seguirá luchando por no ser pobre, para que su nieto estudie y para que la gente no le reclame: “¿Qué fue, Lula, que no nos ha traído rellena?”.

Ludivia acompañará hoy la mesa de sus paisanos quizá con tajadas, o con envuelto, pero siempre con la sensación en la boca y en el pecho de que a la vida se le hace frente y se le invita a comer morcilla como la “buena amiga” que es.

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