15 de abril de 2018

#terremoto83

Testimonio de un bombero

En el barrio José Hilario López en Popayán habita hace más de 34 años don Jorge González. En la época del terremoto era socorrista y colaboró en muchos aspectos para sobrellevar la tragedia. Finalmente, también él pudo tener su casa en el barrio que lo vio crecer.

Por: Daniela Bravo

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La noche anterior al terremoto estábamos en construcción de la torre del cuartel de bomberos con algunos compañeros. Sabíamos que era Miércoles Santo y que al día siguiente vendría gente a Popayán, entonces estuvimos fundiendo el último piso de la torre hasta la 10 u 11 de la noche. Da la casualidad que al día siguiente en el terremoto fue una de las cosas que se cayó.

El Jueves Santo a las 8:15 de la mañana, yo estaba en el salón comunal del barrio José H. López de arrendo. Estaba cansado, acostado y sucedió el terremoto. De inmediato tenía que ir a los bomberos: por la emergencia no lo pensé dos veces. Eran las 8:30 y llegué allá.

Había unos helicópteros sobrevolando la ciudad, pero estaban muy bajitos. Nosotros corríamos el peligro de que derrumbaran más la ciudad por la vibración de las hélices del helicóptero o que personas que estuvieran medio atrapadas podrían quedar completamente atrapadas por otro derrumbe. Entonces me fui voladito al aeropuerto a pedir el favor de que subieran los helicópteros más alto porque estaban produciendo problemas.

En ese momento pensé en mis niñas y dije: no, yo qué las dejo allá de pronto se da otra replica y les pasa algo. Entonces volví al barrio y me las llevé: como estaban pequeñas las acostaba en la cabina de los carros.

 

Apoyo mutuo

A las dos horas llegó un personal de Girardot. Para ese entonces yo era cabo y con unos compañeros me encargué de organizar una cocina grandota para darles de comer. La verdad, no sabíamos cuánta gente íbamos a necesitar y cuánta gente llegaría. Así empezaron a llegar las delegaciones de Buenaventura, Garzón, Cali, Ipiales, Pasto y Tuluá, entre otras, llegaron personas en ayunas que se montaron a un carro y arrancaron para acá.

La función mía era recibir a toda esa gente, ellos llegaban cansados del viaje y con hambre, pero no era llegar a quejarse aquí sino a trabajar. Otros llegaron enfermos, a que los atendieran y a repartirles, entonces se le ofrecía café, almorzaban y ¡arranquen! Se les distribuía: las necesidades están por aquí y por allá, tener en cuenta que no había energía, agua, ¡no había nada!

 Mi esposa se quedó allá ayudándome día y noche, trabaje y consiga. Con el tiempo, hacer comida para 200 personas, más 100 que éramos acá era muy duro: hacer desayuno, almuerzo y comida no era fácil. Si podíamos dar desayuno, no teníamos para el almuerzo y la gente estaba cansada, entonces no teníamos el momento ni la cantidad preparados para eso, porque ¡nadie se prepara para eso! Entonces ahí es donde funcionaba yo y me reunía con el alcalde, las fuerzas militares, comandantes y les decía: “Yo no tengo comida, no tengo cómo darles a los socorristas”. Ellos me ayudaron: llevé raciones de los militares entonces, a unos se les daba raciones y otros comían lo que se cocinara. De ahí para allá, estuvimos con las mujeres trabajando y luego, como al mes, volví adonde vivíamos.

 

Gente nueva y organización

Popayán era uno antes del terremoto y luego del terremoto pasó a ser otro. Nos conocíamos todos y, como dicen, cada cual echa su historia dependiendo de donde estuvo, pero quedó una ciudad sin agua, sin energía, sin hospitales o colapsando porque nadie pensaba que eso podía ocurrir. A los dos días empezó a llegar gente ecuatoriana, paisas, se encontraba de todo, Popayán ya era otro. Y como se repartían carpas y no se manejaba muy bien las cosas, era hacer cola, forma pleito y así se les daban las carpas. Uno decía yo no conozco a este, pero uno no podía alegar, sólo podía darles carpas. Entonces la gente empezó a organizarse en carpas y utilizar lotes que medio veían vacíos y allá hicieron invasiones grandes, colocaban su carpa y hacían su medio ranchito. La gente ya no salía a trabajar porque se quedaban allá, les llegaba carne, leche, huevos, ropa y los estaba apuntando a diferentes programas, entonces para ellos era mejor quedarse en la carpa jugando parqués.

Da la casualidad, que como me llegaban camionadas de huevos y plátanos se les enviaba a todos los barrios, especialmente a los que estaban llevados, como el Cadillal. Pero en este barrio no pasó nada, eso no quiere decir que no hubiera necesidades, porque tiendas no se encontraban y nadie iba abrir una tienda para que le pegaran su asaltada porque no había nada de luz.

Era una emergencia total. Entonces, dentro de lo que yo manejaba, recomendaba a mi barrio, ayudé en lo que estuvo a mi alcance. Ayudé aquí y a otras partes. Eso en algo se notó y sirvió a raíz del terremoto.

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Así llegó mi casa

Donde estoy era una cancha en la cual se divertían los del barrio jugando futbol. A partir del terremoto decidieron construir para ayudar a las personas. Esto era del Instituto de Crédito Territorial. Ellos exigieron los lotes para construir casas prefabricadas, entonces viendo la oportunidad pedimos solicitudes para que nos dieran una casa. Yo seguía viviendo en el salón comunal un año después. Cuando empezó la construcción ya fueron los de la junta a repartir las casas: esta para Pedro, Juan y esta para don Jorge. Mi esposa llegó y me dijo: cómo le parece que están haciendo unas casas aquí al lado y nos han escogido a nosotros porque usted ha colaborado siempre.

Yo simplemente le dije: pues mija, vaya métase usted a ver qué. Y ella estuvo en las reuniones hasta que aprobaron el formulario. El instituto empezó a limpiar esto porque al lado era monte, nosotros veníamos a ver cómo iba todo. Mi mujer era la que se daba cuenta de las cosas. Luego de 4 o 5 meses hicieron un sorteo para repartir las casas. Ese día llegué de trabajar y me dice mi mujer: “Vea, mijo, que nos tocó la casa 8”. Yo le dije: ¡ah qué rico!, la verdad. A mí no me importaba la una o la otra. Era lo mismo. ¡Vamos a ver!, le dije. Entonces ya la vi y le dije a ella: ¿sabe qué, mija? Yo mañana no voy a trabajar, me voy a tomar unos tragos y mañana más bien voy y le agradezco al doctor Arboleda, que es el gerente del Instituto. ¡Estaba feliz porque nunca había tenido nada!  Me levanté al otro día y fui al instituto, me encontré con el gerente y le agradecí.

Él me preguntó que si me había gustado el lugar y le explique que me gustaba una casa esquinera para tener mi carro, porque siempre he sido mecánico. Él me llevó a su oficina y preguntó por el sorteo de aquella noche, le pasaron la lista y preguntó por dos casas: “¿Esta esquinera de la 15, qué?”. El/la señora no fue, le dijeron. Entonces, el cambió el oficio y me dejó esta casa esquinera.

Esto era no más la casita prefabricada y con latas, el resto era monte y un lugar donde los viciosos se metían. Entonces uno desde acá veía para allá la autopista y veía monte, charcos y quedaba muy peligroso

Tenía una plata y compré un poco de ladrillos y empecé a guardarlos, la loquera de la felicidad y poco a poco hice la casita, le hice patio atrás, hice el garaje atrás y fui pagando mi casita. Viví muy sabroso y junté plata para hacerla en cemento, me conseguí unos maestros de una vereda. Yo llegaba del trabajo a limpiar para que al otro día el trabajo les rindiera. Todo es un sacrificio, todo fue un sacrificio. Poco a poco la fuimos montando, repellamos, colocamos algo de piso. Al final, nos pasamos y así terminé mi casa. Ahora estoy aquí, disfrutándola 34 años después.   

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